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La dieta del Rey David
Por. Zalman A. Hilsenrad



Antes que el Rey David de Israel ascendiera al trono, mientras cuidaba ovejas como el hijo menor de "Yishai" de Betlejem, tenía un amigo de aproximadamente su misma edad, quien también era un pastor. Pasaron muchos años felices juntos hasta que la Divina Providencia en la forma más inesperada cambió el destino de David y lo condujo desde los rebaños de ovejas hasta el palacio real del Rey Saúl. Mató al gigante Goliat, tocó el arpa para calmar el agitado espíritu del rey, llegó a ser el yerno de él y, eventualmente, fue seleccionado por "HaShem" para inaugurar la inmortal Dinastía de David.

Barzilai, el amigo de David en sus días de pastor, permaneció junto a los rebaños. Viviendo su vida tranquila y sin muchas tensiones en su aldea, el vehementemente siguió la distinguida carrera de su amigo, sus grandes actos de valor, los cuales lo impulsaron cada vez más alto, hasta llegar a ser el poderoso monarca de Jerusalem.

El Día llegó, cuando Barzilai, sintió una profunda añoranza de ver al amigo de su juventud en su gloria real. Era un anciano el que finalmente vino a Jerusalem a visitar al anciano rey con el cual él había pasado los más felices años de su juventud.

Meras palabras son inadecuadas para describir la profunda mutua alegría que acompañó a los dos antiguos amigos cuando se encontraron, David cordialmente invitó a Barzilai a pasar el resto de sus años con él en la corte real. Pero Barzilai no aceptó esta invitación.
Demasiado acostumbrado estaba a la calmada y serena vida en los hermosos campos de la amada tierra de Yehudá.

Cuando David vio que él no podía convencer a su amigo de que se quedara en su palacio, le preguntó si había, por lo menos, un deseo que él pudiera satisfacer, como recuerdo del cariño.

"El Sagrado, Bendito Sea Su Nombre, me ha bendecido con más que suficiente riqueza", le respondió Barzilai. "Lo que Él me ayudó a acumular, más que satisfará a mis hijos y aún a mis nietos. Por lo tanto, no hay nada en el reino material que yo pueda pedir a mi rey. Pero sí tengo un deseo. Comamos y bebamos nuevamente juntos, así como lo hicimos en nuestra juventud mientras las ovejas pastaban. Si tú pudieras otorgarme este único deseo, es decir, que me invites una vez más a la mesa real".

"¿Eso es todo?", preguntó el Rey David. "Tu deseo será satisfecho inmediatamente. Durante el resto de tu estadía en Jerusalem, tú estarás invitado diariamente a la mesa real".

Por tres días Barzilai comió en la elegante mesa real. Cuando él vino a despedirse del rey, le preguntó David: "¿Estás ahora satisfecho, mi amigo?".

"¡Cómo puedo estar satisfecho", contestó Barzilai, "cuando mi deseo todavía no se ha cumplido! Yo no te pedí que se me alimentara en la mesa real. Lo que yo pedí fue para nosotros -tú y yo- comer juntos como una vez lo hicimos y este deseo no fue concedido. Verdad que tú siempre te sentaste a la cabeza de la mesa real, y fuiste amable para sentarme al lado tuyo. Pero nunca te vi tomar un bocado de la deliciosa comida, ni un sorbo del fino vino que estaba a tu lado. Nunca comí contigo".

"Mi querido amigo", le contestó el Rey David, "tú no puedes comer conmigo, porque yo no ofrecería mi comida ni al más bajo de mis sirvientes, y especialmente a un viejo y leal amigo como tú. Sin embargo, para remover cualquier sombra de duda sobre lo que yo te cuento es verdad. Déjame mostrarte mi comida diaria".

Y diciendo esto, el rey condujo a su amigo a la pieza contigua. Había una simple mesa sobre la cual había un platillo medio lleno de agua y cerca un pedazo de pan duro.

"¿Sabes que hay en ese platito? Esas son las lágrimas que yo derramo día y noche. Las junto y unto mi pan en ellas. Eso es todo lo que como. (Mis lágrimas han sido mi pan día y noche: Tehilim - Salmos XLII:4). ¿Por qué? El camino desde los rebaños de ovejas hasta el trono real no es tan fácil ni simple como te pueda parecer, mi amigo. En cada paso hay sangre y lágrimas. Y cuando uno asciende al trono, lo cual muchos envidian y aspiran, uno enfrenta constante tentación; está plagado por cada concebible pasión y ambición, completamente diferente a la quieta y pacífica vida de los rebaños a los cuales tú estás retornando.

"Para el mundo y sus codiciosos y ásperos ojos, yo soy el poderoso rey. Pero para que el halago al cual estoy constantemente sometido no maree mis ojos y me cause —el cielo lo prohíba- olvidar mi ningún valor y mi inevitable destinado fin, yo paso mucho tiempo solo en esta pieza cada día. A nadie, excepto a ti, he contado este secreto, y lo revelé a ti solo para responder por qué no comparto mi comida contigo. Por causa del mundo no quisiera que injustamente fuera culpable de hacerte creer que yo cometo un grave pecado. Y quizá tu tranquila vida en tu hermosa tierra de Yehudá te entregará aún mayor verdadera felicidad".


El presente artículo fue extraído de la revista "El Kolel" con autorización de sus editores




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