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Janucá


Bravura y rebelión
Por. Rabino Mordejai Herbst.



Existe una diferencia sustancial entre bravura y fuerza. Mientras la fuerza es expresión de poder físico, la bravura es el producto de una capacidad espiritual determinada.

Por lo tanto, la fuerza puede ser medida cuantitativamente, y ser patrimonio de muchos; en tanto la bravura, el heroísmo, constituye el privilegio de una minoría selecta.

Es, por ello, característico que en la oración "Al hanisim" (De los milagros), que se recita en Januca, se hable también de la bravura ("Al hag'vurot"), y no de la fuerza (Al hakoaj), pues la bravura pudo ser demostrada por pocos contra muchos, por débiles contra poderosos, gracias al poder espiritual de que estaban imbuidos.

Hablando en términos de fuerza, sería imposible que un puñado de hombres venciese a un ejército numeroso y perfectamente pertrechado, pues no cabe duda que la fuerza del último sería mayor, pero cuando se trata de heroísmo, es posible una rebelión de débiles contra poderosos pues el factor que actúa en ese caso es de otra índole.

En síntesis, la rebelión de los Macabeos que dio origen a la festividad de Januca fue una lucha entre la fuerza y la bravura, o lo que es lo mismo, entre el poder y el espíritu.

Mientras la fuerza física no siempre resulta vencedora, el espíritu es mucho más potente, pues trasciende las fronteras de tiempo y espacio.

Recuerdo haber leído en un libro de una gran personalidad judía, una explicación sumamente original, de por que Isaac quería más a Esau, mientras Rebeca tenía mayor preferencia por Jacob. Dice el erudito: Se trataba aquí de dos puntos de vista diferentes, en cuanto al problema de transmitir los ideales del judaísmo para perpetuarlos. Cuando Isaac se hallaba sobre el ara, sintió el filo del cuchillo sobre su garganta, y por eso sostenía que solo aquel que sepa defender a punta de lanza la dignidad judía, ocuparía con honor su lugar y sería el sucesor adecuado para continuar la elevada institución del patriarcado. Esau poseía cualidades que lo señalaban para esa función privilegiada, mientras Jacob no podría cumplirla satisfactoriamente, debido a su carácter tranquilo y apacible, y se vería imposibilitado de hacer frente a los enemigos.

Rebeca entendió la cosa de otra manera: Según sus convicciones, los ideales sólo podían defenderse con nobleza de espíritu y agudo juicio, y no con la fuerza. Esau era dueño de una fuerza física excepcional, pero ¿que pasaría en caso de toparse con otros más aguerridos que él? Entonces ya no le serviría de nada su poder, pues sería derrotado por una simple razón matemática: diez son más que uno.

En cambio el espíritu siempre sale airoso de todas las pruebas, ya que es superior a cualquier factor numérico, e inmune a la acción de cualquier fuerza.

Esa es la causa por la cual nuestros sabios no dieron tanta importancia a la victoria de los Macabeos en el campo de batalla, sino al milagro que se operó en el óleo de las lámparas, que simbolizan la luz espiritual, contrariamente a la fuerza física.

Algunos trataron de distinguir en la palabra Januca, las letras del termino "Jinuj" (educación), en el sentido de que se educa a la joven generación de acuerdo con los ideales del judaísmo, para que pueda hacer frente a las fuerzas que se le opongan en su trayectoria.

En efecto, la fiesta de Januca tiene como principal destinataria a la joven generación. En primer lugar, el milagro de Januca ocurrió gracias a los jóvenes (los hijos del sacerdote Matatías), quienes oyeron o, mejor dicho, sintieron el grito de la sangre. A ello se debió la resonante victoria sobre los griegos, que constituye un aspecto del milagro a que nos referimos.

Pero su faz principal fue la perfecta comprensión entre los miembros de las distintas generaciones, ya que todos se hallaban unidos e identificados con el ideal del judaismo.

Cuando un ideal común hace de las partes un todo, no existe poderío que se le pueda oponer; no en vano dice el refrán que "la unión hace la fuerza".

Es costumbre que el jefe de la familia y los integrantes de ésta, enciendan las velas de Januca; y mejor aun si cada uno de los niños participa de la ceremonia encendiendo una vela. También las mujeres están incluidas en el precepto del encendido de las luminarias de Januca, lo cual significa que todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, se hallan aunados por los mismos ideales y en los corazones de todos arde la llama imperecedera del judaísmo.

Otra de las costumbres es encender las velas mientras los niños están despiertos, pues si ellos no presencian la ceremonia, esta pierde todo su significado. Las luminarias de Januca están destinadas, principalmente, a mantener despierta en su interior la conciencia de su espíritu judío, pues si éste quedara adormecido, ¿que futuro nos aguarda?

Antiguamente se encendían las velas al aire libre, para cumplir con el precepto de "proclamar la grandiosidad del milagro" a los cuatro vientos. La intención era que los enemigos del pueblo judío viesen con sus propios ojos que la llama del judaísmo se mantiene viva. Posteriormente se abolió la costumbre para evitar actos de provocación por parte de los propios enemigos, y se siguió efectuando la ceremonia en el seno del hogar.

Cuando los enemigos del judaísmo acechaban afuera, era necesario ahuyentarlos haciéndoles ver la luz de las luminarias; pero ahora, que no nos faltan enemigos internos como la asimilación y la indiferencia por la tradición de nuestro pueblo, es imperioso encender las velas en la propia casa, comenzando por la familia para luego desembotar la conciencia de toda la colectividad. Es un proceder muy desacertado querer caldear el aire de la calle, mientras en casa reina el frío.

Si fomentamos en el hogar la virtud "de la bravura", llegaremos indefectiblemente a la concreción "de los milagros". Esto lo comprobamos en todo momento a través de la juventud israelí, que se nutre de las fuentes ancestrales del judaísmo, y efectivamente, repetidas veces logró producir verdaderos milagros para admiración del mundo entero.

Cuando queremos proclamar el milagro que Dios hizo con nuestros antepasados, no olvidemos que ante todo debemos identificarnos nosotros con los ideales que llevaron a su concreción.

Antes de encender las velas para la gente de la calle, debemos hacerlo para nosotros mismos y en nuestros hogares. Cuando así suceda, la luz que irradien nuestros candiles iluminará todo a nuestro alrededor, para que todo el orbe conozca la grandeza "de los milagros" y de nuestra bravura espiritual.





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