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Para reflexionar


¿Genio de las finanzas?
Por. Rav Yehuda Levobits z"l




Un genio de las finanzas y un imbécil en filosofía de vida

COMPARTIENDO EL MISMO CEREBRO

El Astuto Hombre de Negocios:
Ganando Dinero: Exitoso; en su Vida: un Fracasado


Rabí Eljanan Vasserman (Rosh Ieshivá [Director de la Ieshivá] en Baranovich, 1876-1941, asesinado por los nazis), en su escrito sobre la fe, hizo un penetrante análisis de la objetividad humana, y llegó a la siguiente conclusión:


“El esquema de valores de una persona no es, obligadamente, una estructura lógica, resultado de una fría reflexión. Muy frecuentemente es el producto de una línea de razonamiento que no sigue la dirección correcta, sino que se inclina –en forma encubierta- hacia el lado de los deseos...“

Si consideramos cómo las personas establecen los valores con que se conducirán a la luz de esa afirmación, veremos cómo queda invalidada la premisa, comúnmente aceptada, según la cual, 'el intelecto del ser humano es el que gobierna sus acciones y evalúa su filosofía de vida, esto es, el conjunto de concepciones que lo guían y del que no se apartará por ningún tipo de consideración, sea material o de otro tipo'. Pues, ¿que puede ser más importante que su 'filosofía de vida'? Dado que con ella fija sus objetivos y valores, ¿qué puede ser más importante? Acaso, ¿no todas sus acciones y logros tienen esa base? ¡El alma misma y la eternidad están en juego! Al igual que su instrucción, carrera, ética, conducta, el tipo de pareja que buscará, la forma en que educará a sus hijos, sus prioridades y el uso de su tiempo. Sin establecer un conjunto de valores pleno de significado, se podría acabar como muchos que merecen el siguiente epitafio:


“Aquí yace otro tonto que pasó por este mundo entre los años 1933-2008. Utilizó sus 27.000 días para nada que no fuera comer, dormir, perseguir placeres y hacer plata. Trajo hijos al mundo y les dio todo, menos la sabiduría necesaria para vivir una vida llena de significado. Lamentan su desaparición, tanto su familia como sus socios comerciales, que lo necesitaban para su propio beneficio. Echado de menos por otros pocos. D-os se apiade de esta patética alma”.


¿Puede una variedad de deseos físicos robarle a una persona su más preciada posesión, su filosofía de vida? ¡Pareciera más allá de la comprensión! Si cuando se trata de asuntos materiales, ¡¿qué magnate no traza un frío y cuidadoso curso de acción?! No olvidará, ni por un momento, que si toma la decisión equivocada puede perder su fortuna. Buscará la orientación de abogados, asesores y especialistas, no dejará una sola posibilidad sin explorar, si es que podría llegar a beneficiarlo. ¿Puede uno llegar a pensar, que algún extravagante capricho lo pueda desviar de la senda de la cautela y la racionabilidad, llevando a cabo una transacción sin sentido que pudiera arruinarlo? ¡Por supuesto que no! Los apetitos terrenales, con todo su poderoso atractivo, no pueden hacer que deje de lado su riqueza y posición de poder. El apego que siente hacia esos apreciados bienes supera cualquier tentación contraproducente.


Pero, la vida misma, con seguridad, vale más que la riqueza o el estatus. La prueba es que cuando la salud de una persona falla, pagará y hará lo que fuera para conservarla. Y si todos consideran a la vida como su máxima prioridad, ¿qué puede ser más importante que establecer un sistema de valores que la llene de significado?


Si los placeres del cuerpo no pueden neutralizar los deseos de riqueza, honor y poder, ¿cómo pueden infiltrarse tan a fondo en los esfuerzos por llevar una vida plena de contenido? ¿Cómo pueden retorcer la mente hasta hacerla abrazar alguna ideología absurda e infantil? Si bien se trata de cuestiones desconcertantes, es importante hallar respuestas, porque se trata de una paradoja que nos rodea. Por dondequiera que nos volvamos, allí está.


El Colosal Poder del Deseo


Rabí Eljanan Vasserman nos enseñó dónde se encuentra la equivocación cuando se trata de descubrir la verdad al afirmar lo citado más arriba. Y paradójicamente, los deseos menos importantes pueden influir sobre la mayor inteligencia, incluso la de un genio. Bajo su influjo, la persona diseña una filosofía que librará de obstáculos el camino hacia el logro de sus deseos, sin tener en cuenta el daño espiritual involucrado. En el mundo real de las adquisiciones materiales y del prestigio, sin embargo, la seducción de los apetitos es mínima. En ese campo hace falta una enorme tentación para desplazar a una persona siquiera un centímetro en dirección al rumbo equivocado.


Y, justamente, ¿cuales son aquellas tentaciones lo suficientemente poderosas como para evitar que alguien cumpla las significativas y ciertas leyes de la Torá? Algunas veces, tan sólo, no poder comer en el restaurante chino local. O, para ella, no poder vestir lo que impone el último grito de la (no siempre muy recatada) moda. O la molestia de no poder manejar el auto, o apagar la luz en Shabat –nuestro día de descanso según la Torá-. Tan irracional como pueda parecer, éstos y una multitud de otros intranscendentes motivos son suficientes como para desviarlo a uno del camino de la verdad. La transformación en la forma de pensar tiene lugar de forma subrepticia, oculta, de modo tal que no se puede ver el origen del proceso. Uno puede pensar que ha desarrollado valores que son el producto de un impecable razonamiento, y se convierte en un experto a la hora de proveer argumentos y pruebas que lo respalden. Y no se tiene idea de que rastreando los verdaderos motivos llegaremos al mordisco de ayer a la deliciosa McDonaldburger, o a algo igualmente intrascendente.


El efecto que las tentaciones físicas tienen sobre el sistema de valores de la persona es tan fuerte por dos motivos:


I) Placer inmediato e intenso: Satisfacer los apetitos del cuerpo produce un inmediato e intenso placer. Por el otro lado, los beneficios espirituales son más difíciles de lograr, y generalmente la recompensa no es instantánea. Un hombre es susceptible a las provocaciones de la tentación, la que le susurra suavemente en el oído: “ven tras de mí y vive una vida de goce eufórico y gratificaciones inmediatas, sin el agobio de reglas y restricciones”. Estos atractivos físicos compiten con los impalpables del espíritu, los que no pueden verse ni tocarse. Éstos pueden ser percibidos, solamente, por una mente receptiva y un corazón entendedor. Las adquisiciones espirituales requieren preparación y esfuerzo, las físicas no. Dado que se trata de un difícil desafío, no sorprende que las personas sucumban. Los únicos poseedores de un magnífico poder de resistencia son aquellos que llegaron a un nivel de conocimiento de Torá y a una comprensión de la misma tan profundo que obtienen de sus logros espirituales una intensa euforia. Ellos sienten el placer que da el estudio de la Torá y la práctica de las mitzvot -preceptos- en un grado no menor al que disfrutarían tomando sol en la playa de una exuberante isla tropical, comiendo un jugoso pedazo de carne azada, o teniendo un gran acierto en el mercado de acciones. Pero se llega a degustar de aquellos deleites después de un estudio serio y dedicado, y un arduo trabajo para remoldear el carácter.


Lo dicho anteriormente también nos permite comprender por qué los placeres del cuerpo no pueden llevar a los hombres a actuar a la ligera cuando se trata de sus intereses comerciales. Allí la batalla no es entre fuerzas parejas, porque si bien ambos lados ofrecen placer inmediato, no lo hacen en la misma medida. Por un lado tenemos todo tipo de tentaciones terrenales: el encanto de poder, sensualidad, pereza, alcohol, narcóticos. Caer en uno de ellos es suficiente para arruinar los negocios. Por el otro lado están la riqueza o la fuente de vida y el estatus. El dinero es un bien muy estimado. Para el mundo implica que quien lo posee es exitoso y brillante. Puede comprar los servicios, cerebros y talentos de los personajes más ilustres. Tenemos que admitir que las ventajas del dinero están por encima de todos los goces mencionados más arriba juntos. Entonces, ¡¿qué persona en su sano juicio correría el riesgo de perder en una apuesta la fuente que le brinda poder y prestigio a chorros, para ganar unas migajas de lo mismo?! ¿Se justifica poner en peligro la fuente de todos los placeres y oportunidades en la vida para conseguir una miserable porción de la misma sustancia empaquetada de forma más seductora? ¿Es una lucha pareja? ¿Quién renunciaría a un millón para obtener diez mil? De vez en cuando aparece un tonto que lo hace pero es muy raro.


Ésta es una sólida prueba de que conclusiones filosóficas opuestas a la verdad no surgen de un razonamiento errado. No hay otra explicación para la paradoja del inteligente hombre de negocios, el más perspicaz y agudo a la hora de los negocios, pero ilógico e insensato cuando se trata de estructurar valores para su vida.


Cuando aborda el tema de Judaísmo, el mismo hombre propondrá en forma vigorosa perspectivas que él elaboró con la absoluta convicción de que está en lo correcto. Cualquiera que lo oiga se sorprenderá tanto que llegará a exclamar: “¿Lo que me has dicho, era en serio? ¡Porque si manejas tus negocios con la misma lógica quebrarías en una semana!”.


De la misma manera, si este hombre encarara sus obligaciones espirituales con el modo alerta de razonar e infatigables esfuerzos y les otorgara el mismo respeto que le da toda operación comercial, sin dudas llegaría a convertirse en un gran erudito, en un Gaón (un erudito del más alto rango).


Se trata del doble estándar típico del razonamiento del hombre ––una actitud para los negocios y una diferente para las cuestiones del espíritu– a la que se refirió el rey Salomón cuando señaló en Mishlei (Proverbios 2:4,5): “Si la buscas (a la Torá) como si fuera plata, y tratas de encontrarla como si fuera un tesoro oculto, entonces entenderás qué es 'Irat Hashem' ('temor' a D´os, vale decir, que en la vida hay premio y castigo) y encontrarás el conocimiento de D´os”. En otras palabras, si usas el mismo razonamiento incisivo y esfuerzo para hacerte de Torá y verdades auténticas, como lo haces en los negocios, no serás tan ignorante y pobre espiritualmente!


II) Las tentaciones físicas desbalancean el desafío de la vida:
Hay una segunda y más importante razón por la cual la tentación puede vencer a los intereses espirituales de la persona, en tanto que el sentido común retiene el control en lo que al logro de bienes materiales se refiere.


El único propósito del hombre en el mundo es cumplir la voluntad de su Creador. Para que no sea forzado, sino que elija servirLo, D-os creó en la persona dos fuerzas opuestas. Una de éstas es su alma Divina cuyas facultades están unidas a las del Creador. La otra fuerza es su cuerpo terreno con sus impulsos y deseos. Este conflicto está balanceado solamente si la tentación tiene la suficiente potencia como para neutralizar a la inteligencia. (Si así no fuera, elegir lo correcto no sería ya un esfuerzo y la creación de la persona, en consecuencia, carecería de sentido). Es la voluntad de D-os que la persona libre esta batalla vigorosamente todos lo días de su vida y que, finalmente, al surgir victorioso goce de una recompensa eterna.


Rabí Eljanán
mostró todavía más, cómo es posible ignorar o distorsionar las verdades, propias del sentido común, de la Torá. El error proviene de las demandas de nuestro cuerpo que retuercen nuestro pensamiento hacia ese fin, entorpeciendo nuestros grandes esfuerzos por lo espiritual. ¿Cómo se puede llegar a cambiar el alma, eterna, por un cuerpo transitorio, que terminará en una fosa?¿Quién renunciaría a saber cómo efectuar cada movimiento en forma juiciosa a cambio de un estado de duda y confusión?¿Quién trocaría logros espirituales que lo acompañarán por siempre, por riquezas y placeres que no traerán ningún bien cuando fallezca? ¿Quién tiraría por la borda sus días empleándolos en antojos pasajeros, como si fueran diarios, destinados a terminar en el basurero, en lugar de tratarlos como se lo hace con las páginas de un libro clásico valioso, el que es devuelto con todo respeto y cuidado a los estantes de la biblioteca de la eternidad?


Volvamos ahora a la enigmática observación que hicimos antes y analicémosla más profundamente. ¿Por qué el razonamiento superficial que aplicamos en lo referido a nuestro sistema de valores, a nuestra filosofía de vida, no se extiende a nuestros emprendimientos comerciales? Entonces dijimos que la persona estaría perdiendo más placeres de los que estaría ganando. Pero hay otra razón, el 'instinto del mal' no se entromete en nuestros intereses comerciales. ¿Qué ganaría él si un hombre fuera persuadido de no sumergirse en su trabajo? En realidad, la dificultad que hay en elegir el curso de vida correcto se compone de la preocupación del hombre por su trabajo. Su tiempo y mente están tan ocupados con sus negocios que no tiene ni paz ni tiempo libre para dedicarse a cuestiones espirituales. Para logar el mismo fin el 'instinto del mal' utiliza la estrategia inversa: en cuestiones del espíritu, las tentaciones alejan a la persona de la búsqueda de metas más elevadas amplificando los beneficios y las necesidades del mundo material. Pero en lo concerniente a lo material ¡lo hace trabajar sin descanso, para evitar que tenga la posibilidad de pensar y, quizás hacer algo en relación a sus anhelos espirituales!

 

¿Cuándo la persona está libre de la tentación?


Vayamos un paso más adelante. ¿En qué momento la tentación física deja de ser un obstáculo para el judío observante? ¿Cuándo está lo suficientemente convencido de las verdades de la Torá? ¿Cuándo ha vivido aferrado a esos principios muchos años? La suposición de que la Torá brinda una defensa impenetrable contra los poderosos impulsos del cuerpo y el ego es, simplemente, falsa.


Hay un concepto equivocado –y difundido fuera del mundo de la Torá– según el cual los judíos religiosos disfrutan de una inmunidad mágica contra la debilidad de 'carne' y los defectos del carácter. Con frecuencia escuchará decir: “Si ese es religioso, ¿cómo pudo haber hecho algo semejante? ¿Ves? ¡Los que cumplen la Torá no son diferentes al resto!”


Por supuesto las flaquezas de carácter de una persona no son fallas de la Torá, son los defectos innatos de esa persona, a pesar de la Torá. Era muy haragán, muy ignorante, o muy indisciplinado para cumplir cabalmente las instrucciones de la Torá a fin de sobreponerse a sus imperfecciones. En realidad, la evidencia debiera llevar a la gente a la conclusión opuesta. Si no fuera por la evidencia purificadora de la Torá, este judío observante, que no llegó a la pauta requerida y, digamos, llevó a cabo una transacción ilícita, hubiera sido mucho peor. Podría haber llegado a ser un embaucador. Es cierto, todavía tiene un gran camino por recorrer, para convertirse en lo que Torá demanda de él, pero a nada se llega automáticamente. Solamente después de emplear su fuerza de voluntad y proponerse realizar su mejor esfuerzo, la Torá lo ayuda a lograr cosas que, en general, le hubieran resultado imposibles sin ella. Si él trabaja para readecuarse en aquellas áreas en las que sabe que tiene puntos débiles, entonces la Torá lo ayudará en el reacondicionamiento. Pero si no usa fuerza de voluntad y Torá para superar sus deficiencias, no se puede, por cierto, culpar a la Torá. En lugar de darle crédito a la Torá por cada cualidad positiva que tal persona tiene, la gente tiene la tendencia a imputar a la Torá todos los rasgos negativos que acumuló, rasgos en lo que la Torá no tiene parte. Esa gente se parece mucho a las moscas, las que cuando ven una manzana media podrida, siempre acudirán y se concentrarán en las partes echadas a perder, ignorando las buenas.


Incluso el que ha llegado al nivel de ser considerado un maduro y experimentado 'erudito' en Torá, que fue educado para amar la forma de vida de la Torá desde joven, debe estar constantemente en guardia contra los peligros. Aunque su alma no haya sido manchada por las huecas preocupaciones de nuestro mundo, no puede despojarse de los rasgos negativos innatos y de los impulsos inherentes al temperamento humano. Combatir estos impulsos, estar en guardia, y no sucumbir ante ellos es una tarea que dura toda la vida, hasta que el último segundo se acaba.


Nuestros Sabios nos enseñan que el versículo “... y pondrán estas palabras sobre vuestros corazones...” nos insinúa que ...


...“estas palabras mías (dice la Torá) incluyen todas las curas”





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