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Desde Elul Hasta Yom Kipur


Buscando la conexión



En el valle de la muerte

Días de juicio y días de alegría en un campo de concentración

Se percibía en el aire ese temor reverente que se siente al aproximarse Rosh Hashaná y aún reinaba la atmósfera sagrada de Shabat. El grupo de ancianos se había reunido alrededor de la mesa; cada uno intentando buscar consuelo en sus propios pensamientos y calidez en un vaso de té humeante.

Reb Nóaj rompió el silencio: "¡Queridos hermanos!" ¿Saben qué suerte tenemos? En unos pocos días podremos orar libremente a Hashem (D's) en Rosh Hashaná. Hubo una época -pareciera ser una eternidad, pero son sólo algunos años- en que nuestras bocas permanecían selladas por el temor. Teníamos mucho que implorar, muchísimas cosas por las cuales pedir misericordia en el campo de concentración nazi, pero sólo podíamos expresar un murmullo que salía de lo más recóndito de nuestros corazones".

HASSAG. Se le llamaba campo de trabajo, pero era un matadero, ni más, ni menos. Éramos aquellos que quedaban del Ghetto de Chenstochover. Nuestras familias habían sido condenadas a morir. Sólo habíamos sobrevivido nosotros, como miembros desgarrados de sus cuerpos, retorciéndose de dolor, viviendo una vida sin vida.

Debíamos fabricar balas, millones de balas para el poderoso ejército nazi. Y cada vez que sufrían una pérdida o una derrota, los guardias se desquitaban con nosotros, los fabricantes de balas. Nos quedábamos día y noche vigilando las máquinas mientras cada pieza de metal pasaba por siete fases de preparación hasta alcanzar su forma mortal... Una máquina cortaba la hoja de metal en discos pequeños. La otra los perforaba. La siguiente los aplanaba. La cuarta los redondeaba. La quinta pulía el metal. En la sexta fase se introducía la pólvora y finalmente, en la séptima, se unía la punta penetrante al proyectil... En esta línea de montaje, yo era un vínculo, una correa transportadora humana.

Nosotros, los reclusos, también pasábamos en una correa transportadora por siete etapas del infierno, sujetos a agujeros, moldeo, piezas que eran cortadas de nuestro propio ser, abrumados por una carga intolerable, se nos desgarraba la médula de los huesos. Sólo éramos parte de un amplio mecanismo de destrucción: destruíamos y éramos destruidos a la vez.

Rosh Hashaná


Sin embargo, golpeados, hambrientos y diezmados como estábamos, nos encontramos de repente todos unidos en un solo anhelo. Sí, créanme, un anhelo que avivaba nuestra imaginación, una preocupación que consumía nuestra mente: ¿Dónde conseguiríamos un Shofar para Rosh Hashaná? Propusimos muchos planes, pero los descartamos todos. Hubo muchas sugerencias, todas rechazadas. No nos faltaban sueños, pero sí un Shofar.

...¿Una sinagoga? Preparamos un rincón en una de las áreas de almacenamiento. Durante la pausa de mediodía, mientras los demás hacían cola ante el barril de sopa aguachenta, nos amontonábamos en nuestra sinagoga y aplacábamos nuestra sed de poder abrir nuestras almas a D's. Establecimos una guardia para avisarnos en caso de peligro de que los temibles Kapos nos descubrieran. Nunca faltaba peligro.

Otra de las cosas que teníamos de sobra eran los jazanim para conducir las oraciones. ¿Dónde más podríamos haber encontrado tantos hombres capaces de hacer que nuestros corazones se derritiesen con sólo unas pocas palabras susurradas? Teníamos un montón de jazanim calificados... sólo nos faltaba un Shofar.

¡Cuánto implorábamos por tener un Shofar! "¡Tengan misericordia de nosotros, hermanos judíos!", llorábamos. "¡Busquen en las habitaciones de nuestros hogares! ¡Busquen en nuestras sinagogas saqueadas! ¡Busquen entre los restos de las casas de los rabinos!"

¿A quiénes dirigíamos esos "gritos de misericordia"? A aquellos pocos judíos afortunados de nuestro campamento que tenían condición de W.W.J. como wirtschaftlich wertfuller Juden (judíos con habilidades valiosas) tenían talentos especiales y, por ende, disfrutaban de ciertos privilegios; por ejemplo, se les asignaban trabajos en fábricas sin guardias o debían servir a oficiales alemanes de alto rango. Nosotros nos reuníamos en secreto con estos judíos privilegiados y les implorábamos que dedicasen cada minuto libre que tuviesen para buscar un Shofar entre las ruinas del ghetto. Buscaban sin cesar, arriesgando frecuentemente sus vidas, escudriñando entre los escombros. Un grupo en particular estuvo magnífico -el Aufráumungs Kommand— la escuadrilla de limpieza que debía desenterrar los inmensos depósitos de oro que, según los alemanes quienes estaban totalmente convencidos de ello, yacían ocultos en el suelo y las paredes del ghetto abandonado. Así podían buscar un Shofar. Pero todo era en vano.

Sin embargo, en la tarde del segundo día de Rosh Hashaná, cuando ya se había perdido la esperanza de encontrar un Shofar, sucedió un milagro. Uno de los grupos de buscadores volvió al campo y antes de que hiciesen fila para su mísera ración de "sopa", la noticia había ya estallado de sus labios y se había difundido por el campo entero: ¡Tenemos un Shofar!

De una u otra forma, quizás por ese mismo anhelo que todos compartíamos, una multitud de judíos comenzó a reunirse alrededor de la cocina de los W.W.J. Todos parecíamos olvidar el peligro que corríamos al estar allí. Deberíamos haber recordado que los odiados Kapos investigarían sin duda esa concentración poco usual. No nos importaba y todos nos reunimos allí. Y, de repente, ¡se materializó ante nuestros ojos! ¡El Shofar! "¿Quién lo trajo? ¿Quién lo tocará? "No había tiempo para una respuesta. Era ya muy tarde. Apenas quedaba tiempo para prepararse para los Salmos; no era el momento de preguntar "¿quién?" o "¿cómo?"

Nos reunimos nuevamente en la sinagoga. Las palabras de las bendiciones eran un murmullo tembloroso, como el sonido del Shofar, quebradizo y ondulante, un lamento, un sollozo. "...Quién nos mantuvo vivos, nos protegió, y nos permitió llegar a este día... para escuchar la voz del Shofar".

Luego el estruendo del Shofar se elevó hacia el Cielo. Todos permanecimos mudos, escuchando; incluso los Kapos, lacayos de Satanás, quedaron petrificados con el maravilloso y grandioso sonido del Shofar, que cautivó a todos aquellos que estaban en el campo. (Aquí el Rabino Nóaj, el narrador, hizo una pausa.)

¿Y quién creen que encontró el Shofar? Nadie hubiese creído que fue un hombre de facciones toscas, un experto zapatero, honrado por los alemanes con el título de "Schuster Meister" -Maestro Zapatero. Lo conocíamos muy poco como persona, pero sabíamos que era lejos el mejor fabricante de botas y que, por ello, tenía gran éxito entre los oficiales alemanes de alto rango.

¿Quién hubiese imaginado que un simple hombre, cuya vida era tan segura (en comparación a la nuestra) arriesgaría su vida por un Shofar para Rosh Hashaná? Sin embargo, tras los rostros más humildes existen profundas reservas de abnegación, especialmente cuando se trata de Kidush Hashem (Santificación del Nombre de D's).

Todos especulábamos sobre cómo el zapatero había logrado sacar el Shofar. Algunos miembros de la escuadrilla de limpieza supusieron que había aprovechado su condición especial para pedir permiso a los S.S. para buscar materiales especiales para su trabajo en las tiendas saqueadas del ghetto, que estaban muy bien resguardadas. Una vez adentro, era fácil deslizar el Shofar bajo su ropa suelta. Simple pero arriesgado, porque si hubiese sido sorprendido por los guardias, no habría habido mucha pregunta ni menos interés por una respuesta. La sentencia habría sido rápida: una bala en el instante o quizás una tortura prolongada para ser luego colgado públicamente. Pero no lo atraparon.

Incentivado por el éxito de su primera aventura y por el mérito de haber podido ayudar a tantos hermanos a cumplir la Mitzvá sagrada (mandamiento) del shofar, el zapatero decidió robar un Sefer Tora (pergamino de la Tora) de los depósitos de almacenamiento de los alemanes para poder luego introducirlo en secreto a Hassag y celebrar Simjá Tora. ¿Cómo? Nadie sabía, pero esperen, ya prosigo.

Yom Kipur

Aún estábamos bajo el impacto del Shofar y que ya llegaba Yom Kipur. No sentíamos la necesidad de preparamos en forma especial para ese día sagrado. No era problema dejar de comer un día, porque los reclusos de Hassag estaban acostumbrados a ayunar...¿Teshuvá? (Arrepentimiento). Muchos de nosotros se arrepentían diariamente de sus pecados y oraban en nombre de todos los judíos. Algunos habían incluso adquirido el hábito de decir Viduy, confesión formal de Yom Kipur, todos los días. Después de todo, nuestras vidas dependían de los caprichos de los guardias. Uno de los eruditos hizo, medio en broma, la pregunta siguiente:
"¿Necesitamos acaso un Yom Kipur después de un año de ayuno y arrepentimiento?"
Sin embargo, al llegar Yom Kipur, no había cómo equivocarse. No era un día común. Era tan intenso que podía casi sentirse en el aire. Era Yom Kipur, sin duda.

Sucot


Sucot, fiesta en que tanto campesinos como habitantes de las ciudades moran temporalmente en cabañas también fue festejada en Hassag. Descubrimos un rincón que no se usaba entre dos fábricas. Amontonamos madera como almacenándola para formar los muros de la Suca (morada temporal de tos judíos durante la festividad de Sucot.) y pusimos ramas encima para el techo. Entrábamos y salíamos de esta morada temporal con nuestros valiosos mendrugos de pan, disfrutando cada momento de esta preciosa Mitzvá (mandamiento).

Simjá Tora


Tuvimos entonces nuestro Sucot en los momentos robados. Comer en una Suca es una experiencia auténtica. ¿Pero qué pasaría con nuestra próxima fiesta, Simjá Tora (Alegría de la Ley, último día de la fiesta de Sucot en el cual se concluye la lectura anual de la Tora y se celebra con grandes bailes con la Tora, en todas las sinagogas)? No teníamos rollos de la Tora y la alegría era algo desconocido para nosotros en Hassag.

Y más aún, en esa misma fecha, hacía justo un año, habíamos presenciado la destrucción del ghetto de Chenstochover.

Simjá Torá, ¿un día de alegría desenfrenada?
Difícil. Sin embargo, este zapatero que conocíamos tan poco que ni siquiera recuerdo su nombre nos trajo Simjá Tora a Hassag. Así sucedió:

Un día durante Jol HaMoed Sucot se murmuraba un mensaje por el campo: el zapatero se había atrasado en volver del ghetto. Cuando apareció finalmente, no se dirigió directamente hacia la cocina para recibir su generosa porción sino se metió rápidamente a su choza. ¿Qué había pasado? Lo imposible, no, ¡lo increíble, había sucedido por segunda vez en un mes! Había logrado sacar una Sefer Tora de las garras de la temible Gestapo y la había introducido en nuestro campo. ¿Cómo? Simple: la enrolló alrededor de su cuerpo, bajo su túnica y luego entró al campo. ¿De dónde la sacó? Se negó categóricamente a revelarlo.

Una vez más, la escuadrilla de limpieza propuso su teoría: la había encontrado en las tiendas judías resguardadas por los S.S., ahí mismo donde se había procurado el Shofar; pero estaban equivocados. No había sido tan fácil obtener el Séfer Tora. Los S.S. mantenían bajo estrecho control todas las pertenencias judías, y especialmente los pergaminos y otros objetos religiosos, a pesar de su valor intrínseco. Nuestro intrépido zapatero decidió sobornar a uno de los guardias; pero como no era muy solvente en esa época, le ofreció algo que no podría jamás haber soñado comprarse, ¡un par de botas de oficial! (Pareciera que para los alemanes un par de botas artesanales era un lujo especial sólo reservado para oficiales de alto rango. Es por eso que el zapatero tenía una condición tan privilegiada.)

Descubrimos luego que había salvado el Séfer Tora de ser profanado, porque poco después la Gestapo quemó en una gigantesca hoguera todos los pergaminos de la Tora, libros religiosos y varias vestimentas y artículos sacramentales. Este Séfer Tora fue el único artículo sagrado del ghetto que logramos rescatar. El zapatero lo eligió por su tamaño pequeño; así le sería fácil enrollarla alrededor de su cuerpo sin que abultase y ocultarlo sin problemas en el campo.

Nuestro héroe se dirigió entonces a nosotros y preguntó: "¿Quién quiere guardar el Séfer Tora?"

Uno de mis compañeros y yo decidimos asumir la responsabilidad. Sacamos inmediatamente una tabla del techo de una de las chozas de madera donde dormíamos y escondimos los pergaminos en el hueco.

La noticia de que había llegado una Séfer Tora, nos había, por supuesto, dejado a todos exaltados. La noche de Simjá Tora nos reunimos para Hakafot (vuelta, rodeo, baile portando el Séfer Tora propio de la festividad de Simjá Tora), en esa estrecha y miserable choza que llamábamos hogar. Estas Hakafot habrían parecido extrañas en otra situación. El Séfer Tora permaneció oculto en su escondite debajo de la tabla. Pasábamos furtivamente por la choza donde estaba nuestro tesoro sagrado y agachábamos la cabeza y besábamos la tabla tras la cual estaba el pergamino.

Sabíamos que si hubiésemos llevado el Séfer Tora en nuestros brazos como en una Hakafá convencional, el riesgo habría sido demasiado grande. ¡No crean que queríamos proteger nuestras vidas! Claro que si nos hubiesen agarrado con la Tora habría sido una muerte segura, ¿pero qué valían nuestras vidas en ese entonces? ¡Habría sido una buena solución! Pero también habrían destruido el pergamino, ¡no lo permita D's!, y no queríamos arriesgarnos a sufrir esa pérdida.

Y así fue hasta avanzada la noche. Los "bailarines" silenciosos lograban difícilmente contener sus pasos mientras las alegres canciones se dibujaban en sus labios. Una de las canciones resonaba suavemente en nuestros oídos. Era tan importante para nosotros, que no podíamos guardarla dentro. Y al caminar alrededor del pergamino, casi nos ensordecía el silencio de sus acordes:
"¡Alégrense y sean felices en Simjá Tora, porque es (la Tora) nuestra fuerza y nuestra luz...!"

Reb Nóaj levantó la mirada de su vaso de té que ya estaba frío y con los ojos fijos en sus interlocutores dijo:
"¿Creen que inventé esta historia? ¿Han estado alguna vez en el Gerer Bet HaMidrash (Casa de Estudio) de la calle Or Hajayim en Bené Brak? Bueno, allí está el Séfer Tora, en el Arón HaKodesh (Arca Sagrada). Yo lo llevé para allá después de la guerra. La destrucción fue terrible, pero sobrevivimos."

Y. Yejezkielí - Adaptación de Moshé Barkany


Extraído de la revista “El Kolel” con autorización de sus editores.

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