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Vida judía


Una ventana a la eternidad
Por. Rav Yosef Meyer Medresh z



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"…Y la zarza estaba en llamas, y la zarza no se consumía…" ( Éxodo 2:3)

El Maestro, el Alumno y la Eternidad

           Los rayos del sol entraban por la ventana anunciando un nuevo día. Dado que hoy no tenia que trabajar decidí salir a caminar a fin de aprovechar el hermoso clima. Mientras me vestía noté que habían dos mensajes en la contestadora: el primero era de un amigo para felicitarme por mi cumpleaños número veintiséis y el otro del vidriero, que me avisaba que el marco de mi titulo esta listo. Es increíble, ¡ya han pasado dos años desde que me recibí de contador público!. Termine de prepararme y salí.

 Luego de caminar un rato empecé a sentir hambre, así que decidí buscar un lugar para comer. Frené en la esquina para comenzar mi búsqueda, cuando visualice, no muy lejos, la cafetería del Club Israelita.

 Decidí entrar para verla por dentro. El ambiente se veía agradable y las velas que adornaban el lugar me hicieron sentir una gran nostalgia de mi infancia; la misma atracción e inspiración que sentía cuando mi abuela encendía los viernes por la noche dos velas antes de que fuera Shabat; el mismo sabor de las exquisitas comidas que se servían en honor a ese día empezaron a jugar en mi paladar. Mi abuela siempre me decía: “David, estas costumbres están basadas en misterios y secretos muy antiguos, derivados de un Ser y una Sabiduría Superior”. Aunque no comprendía, sentía una inmensa alegría y emoción cada vez que escuchaba estas palabras.

 Otros de los momentos que también me conmovían era la noche de Yom Kipur donde el ambiente en la Sinagoga era solemne y sagrado. Cuando el Jazán comenzaba a entonar la melodía del Kol Nidré, las lagrimas comenzaban a brotar de los ojos de los anciano, jóvenes y niños, yo cerraba los ojos tratando de contener las mías pero nunca funcionaba. Una vez que el Jazán terminaba la oración secaba mis ojos y contemplaba emocionado las velas en aceite que decoraban toda la Sinagoga. El rabino de la comunidad solía poner dos velas junto al arca de la Tora, estas eran las más grandes de todas; en conjunto las velas se veían majestuosas e iluminaban todo el lugar.

Esto me llevó a recordar lo que mi maestro de quinto grado nos había enseñado:

Moshé (Moisés), el más grande de los profetas, que redimió al pueblo judío de la esclavitud de Egipto y recibió la Tora directamente de Dios, corrió en una ocasión al desierto a buscar una oveja que se le había extraviado. A mitad del camino, Dios se le reveló en una zarza ardiente. La Tora nos explica que aunque ésta estaba en llamas, no se consumía. Esa zarza representa a nuestro pueblo y el fuego son todos los sufrimientos que hemos padecido desde la época de nuestro patriarca Abraham. Nada ha podido consumir o acabar con nuestro pueblo, que es eterno”, explicaba el maestro. Más aún, puesto que Dios está asociado con el pueblo judío, éste es, en realidad, la Eternidad misma”.

 Sentí un ligero toque sobre mi hombro, que me hizo volver a la realidad; era el mozo que se encontraba parado a mi lado indicándome que había una mesa vacía junto a la ventana.

 Sígame por acá señor- índico el mozo.

 Lo seguí inmediatamente. Una vez sentado me pregunto:

 ¿Que desea ordenar señor?

 Un café con dos tostados -respondí rápidamente. Mientras el mozo se alejaba observe que sobre la mesa se encontraba una revista con temas referentes a la comunidad judía. Decidí hojearla. Al llegar a la sección de literatura me detuve en un pequeño ensayo el cual citaba las mismas palabras que mi maestro me había enseñado hace mas de quince años atrás “el pueblo judío, éste es, en realidad, la Eternidad misma”. Mi corazón comenzó a palpitar cada vez más fuerte. Seguí leyendo el resto del artículo:

 "¿Qué es un judío? (…) El judío representa una clase de criatura peculiar de la que todos los gobernantes y todas las naciones, ya sea en conjunto o por separado, han abusado y a la que todos han atormentado, pisoteado y masacrado…, y a pesar de todo eso, todavía sigue vivo. (…) El judío es ese ser sagrado que ha bajado el fuego eterno de los cielos y, por su intermedio, ha iluminado el mundo entero. (…) El judío representa el emblema de la eternidad. Es aquel a quien ni la masacre, ni las torturas milenarias pudieron destruir; aquel a quien ni el fuego, ni la espada, ni la Inquisición pudieron borrar de la faz de la tierra. El primero en presentar los oráculos de Dios, el que durante tanto tiempo ha sido el guardián de la profecía y la ha transmitido al resto del mundo. Una nación como esta no puede ser destruida. El judío es eterno como lo es la Eternidad misma".

 Cuando termine de leerlo vi que fue escrito por León Tolstoy, uno de los mas grandes escritores clásicos rusos. Quede asombrado ya que siempre había pensado que estas ideas pertenecían a un pensador judío.

 El mozo vino con mi orden, comí rápidamente y pagué. De regreso a casa comencé a sentir una gran necesidad de investigar que había detrás de la existencia de la nación judía, mi pueblo, el pueblo eterno.

 En realidad qué sabía yo de judaísmo. Mi educación judía se limitaba a seis años de primaria en la escuela de la comunidad judía donde aprendí a leer y escribir hebreo, un poco de historia del pueblo judío, así como varias costumbres judías: Shabat, la festividad de Pesaj, Rosh Hashana, Yom Kipur y nada más.

 Pero, ¿por dónde empezar a investigar?. Según había leído en la revista, la festividad de Purim estaba cerca. Si bien no tenía mucha idea de lo que se trataba, era una buena oportunidad para acercarme a la sinagoga, con lo cual decidí asistir a ella en esta festividad.

El día de Purim llegó. Al ingresar a la sinagoga empecé a sentir el clima festivo. Tome asiento en el fondo del salón. El rabino pidió silencio y comenzó a hablar: 

"Las pruebas que Dios nos pone son, en realidad, las que dan significado a nuestra vida y a nuestra existencia… Tenemos que ser conscientes de dónde estamos parados, para así saber hacia dónde nos dirigimos”.

"Somos la última generación antes de la llegada del Mashiaj. A pesar de eso, el mundo está inmerso en una tremenda oscuridad. Tan solo un 15% del pueblo judío tiene conocimientos sobre el judaísmo, y el porcentaje de los que lo llevan a la práctica es menor aún. Estamos viviendo un "holocausto espiritual” y sus consecuencias son más profundas que las del holocausto físico que aniquiló a una tercera parte de nuestro pueblo hace mas de 60 años. Hay países en que la asimilación afecta a más del 50% de los judíos, como Estados Unidos, Bretaña, Francia, Argentina, Chile y Brasil. Y como declaro Rab Hai Gaón: "El pueblo judío se constituye como tal, sólo mediante su Tora".

 

La causa principal de esta situación es la ignorancia, la falta de educación judía. Y esto no significa meramente saber hebreo o visitar la Tierra de Israel, sino tener nociones, aunque sean básicas, de la Tora, la cual ha constituido por 3300 años la luz de la humanidad, y es la única base de nuestra existencia.

 

En lugar de eso, las tinieblas se abaten sobre nuestro pueblo y hay una corriente constante de judíos que abandonan nuestras creencias para unirse en matrimonio con personas de otros pueblos, convirtiéndose así en víctimas de este “holocausto silencioso”.

 

Pero ya dijo el Profeta Amós en nombre de Dios:

“He aquí que vendrán días - dice Dios - en los cuales mandaré hambre sobre la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar la palabra de Dios".

 

Esta profecía se está cumpliendo ante nuestros ojos. Jóvenes y adultos que estaban completamente apartados del judaísmo, al sentir el vacío espiritual en el cual vive nuestra sociedad - tan llena de materialismo - se han despertado con un hambre y una sed inmensas de conocer la esencia del pueblo judío, y han comenzado a retornar a sus raíces, y a irradiar luz y esperanza sobre la existencia eterna de nuestro pueblo.

 

Como dijo el Profeta Malají (Malaquías):

"Y retornará el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres”.

 Estas palabras me hicieron reflexionar más sobre el judaísmo.

 Al culminar servicio religioso, me acerqué al Rabino y le comenté acerca de mis inquietudes y del interés que tenía en conversar con alguien que supiera explicarme los conceptos del judaísmo y su significado. El Rabino se alegró al saber que sus palabras habían removido algo dentro de mí. “Puedes venir cuando gustes a mis charlas”, dijo entusiasmado. Me informo los horarios y a partir de allí comencé a asistir regularmente.

 Al final de una de ellas, se acerco y me dijo que dado que mi interés iba en aumento, sería bueno que me tomara un tiempo para así poder estudiar en profundidad. De hecho el conocía a un Rabino en la Tierra de Israel el cual podría ayudarme.

 Durante días la idea de viajar dio vueltas por mi mente, hasta que finalmente decidí tomarme un tiempo para poder calmar mis inquietudes. Llame al Rabino para contarle mi decisión e inmediatamente comencé con los preparativos del viaje. Presentía que este dejaría una huella marcada en mi vida. Compré el pasaje sabiendo que había llegado el momento de convertirme en un alumno en búsqueda del significado de la vida.

 A medida que me acercaba a mi destino, mi corazón latía con intensidad y un torbellino de sentimientos invadio mi alma. Recien llegado a Israel, me puse en contacto con el Rabino que se convertiria en mi maestro y acordamos una cita para vernos al dia siguiente.

 Esa noche la ansiedad no me dejaba dormir. A medida que me acercaba al momento del encuentro sentia que Dios me había dado una oportunidad valiosa y única de abrir… una ventana a la Eternidad.

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Biografía del autor:

El Rav Yosef Meyer Medresh z"l nació en México, donde cursó sus estudios en la escuela Yavne. A la edad de 16 años viajó a Israel para estudiar en las Yeshivot de Mir y Knéset Jiskyahu. En los estudios generales tuvo maestría en Ciencias de Computación y en Administración de Empresas de la Universidad Iberoamericana y de Long Island University, respectivamente. Formó una familia de 5 hijos con su esposa Shoshana, fijando su residencia en Jerusalem. Dictaba conferencias periódicamente sobre Fundamentos de Historia y Filosofía Judías en distintos seminarios para estudiantes hispano-parlantes. Escribió varios libros en español y en hebreo, como "La última jugada", explicaciones sobre varios tratados de la Mishná y un Compendio de temas relacionados con el Beit Hamikdash. Falleció trágicamente en Jerusalem el día 30 de noviembre del 2010. Que sea su recuerdo una bendición.




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