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¡Una Torá Eterna!
Por. Rav Simón Chocrón



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Nuestro gran sabio Maimónides, después de analizar profundamente el conjunto de la literatura judía, dedujo que eran trece los principios que constituyen el corazón del judaísmo. Es por ello que los enunció de manera clara y concisa en los famosos “Trece principios de fé.

Analizaremos el noveno principio:

Yo creo con plena fe que la Torá nunca será cambiada y que ninguna otra será jamás entregada por el Creador.

NOVENO PRINCIPIO.

Texto de Maimónides:

El noveno Principio trata de la permanencia de la Torá.

La Torá de Moisés proviene únicamente de D'os y a ella no se le puede añadir ni quitar nada, tanto de la Torá escrita como de la oral. La Torá dice al respecto: "No añadiréis a ello ni quitaréis nada" (Devarim/Deuteronomio 13:1). Esto lo he explicado ya detalladamente en la introducción a este comentario de la Mishná.

COMENTARIOS.

Muchos judíos en la actualidad tienen la impresión de que los mandamientos de la Torá ya no tienen vigencia. Argumentan que los tiempos han cambiado; la ciencia y la tecnología se desarrollan constantemente, mientras que los preceptos divinos no evolucionan. También objetan que muchos de los mandamientos divinos eran tal vez útiles para épocas más antiguas, pero no para una vida moderna tan avanzada.

 

Para abordar esta cuestión, analicemos las tres categorías de preceptos de que consta la Torá.

1.   En primer lugar tenemos los "preceptos racionales", que son aquellos cuya utilidad es evidente. Estos son los llamados mishpatim de los que nuestros sabios dicen que aunque la Torá no los hubiera ordenado serían dignos    de    respetarse.    En    esta    categoría    entran prohibiciones como el asesinato, el robo, el engaño, etc. así como la obligación de salvar al prójimo de un peligro, de respetar a los padres, etc. Estas leyes son indispensables para que pueda darse una vida social armoniosa, por lo cual, el intelecto humano no pone en duda su necesidad.

2.   Después tenemos los mandamientos denominados edot que significa "testimonios". Tal como el nombre indica, estos  preceptos  vienen  a  atestiguar  acontecimientos milagrosos donde la Mano de la Providencia se reveló durante la historia del pueblo judío. De esta categoría forman parte la celebración del Pesa], en la que se conmemora la salida de Egipto, los Tefilín que, además de servir de recuerdo diario de esta liberación, son un testimonio de la creencia en un D'os único, así como también la fiesta de Sukot, en recuerdo de la protección sobrenatural de que disfrutó el pueblo tras aquel éxodo, entre otros muchos preceptos. Estos mandamientos no podemos incluirlos en la categoría anterior ya que, al cumplirlos, no podemos evidenciar su utilidad en el plano  social  o moral.  Pero,  de  cualquier modo,  el intelecto no los rechaza dada su importancia en la perpetuación del pueblo como tal y en la conservación de los valores fundamentales del judaísmo.

3. La tercera categoría es la más difícil de comprender. Se trata de los Jukim, decretos. Estos preceptos carecen de toda explicación lógica aparente ya que su utilidad nos es desconocida. ¿Cuál es la utilidad, por ejemplo, de no comer ciertos alimentos o de no mezclar la carne con lo lácteo? ¿Por qué las leyes de pureza familiar obligan a la mujer a sumergirse en las aguas de un mikvé tras su período menstrual? ¿Por qué no se permite afeitarse con cuchilla?, etc.

Sin lugar a dudas, este tipo de mandamientos son los más difíciles de respetar ya que, cuanto menos se comprende el por qué de un precepto, más difícil resulta su cumplimiento. El Talmud dice que son precisamente este tipo de preceptos los que el instinto del mal - yetser hará - y las naciones del mundo tratan de refutar. De hecho, cuando un judío es cuestionado por un gentil acerca de la validez del judaísmo, los ataques más fuertes giran en torno a esta clase de preceptos. A estas objeciones se suman, en la Era Moderna, las diversas observaciones que se hacen sobre otros preceptos que en apariencia están desfasados, cuya razón de ser parece inválida para la época actual.

Antes de citar lo que el Talmud dice al respecto, pongamos el siguiente ejemplo: Un profesor de filosofía de la universidad de Oxford anunció a sus amigos que, después de mucho buscar, encontró al fin la mujer de su vida. Todos, curiosos por conocer quien tuvo la suerte de haber sido elegida como mujer de este gran sabio, fueron a conocerla. La decepción fue total. la candidata era la hija del jefe de una tribu de las más primitivas del África negra. A pesar de todo, el profesor llevó a cabo su deseo y se casó con ella. Pocos días después de la boda, la mujer -con lágrimas en los ojos- fue a quejarse ante el que los presentó: "Mi marido y yo nos sentamos a hablar y no entiendo casi nada de lo que dice". El hombre, sonriendo, le contestó "¿te extraña que no comprendas lo que dice tu marido? Eso es completamente natural, lo sorprendente es que consigáis entenderse uno al otro y podáis vivir corno pareja."

Asimismo podemos decirle a D'os: "¡No entiendo tus preceptos!" Sin embargo no debería sorprendernos no entender el por qué de varios de Sus preceptos sino el hecho de que se haya relacionado con nosotros, relación que llegó a su máxima expresión con la revelación divina en el Sinaí.

Si realmente tuviéramos la posibilidad de comprender la razón más profunda de cada precepto de la Torá, es decir todo lo que se oculta detrás de cada mandamiento divino ¿acaso no sería esto una prueba de que se trata de preceptos humanos y no divinos? La propia definición de "preceptos de D'os" implica que un humano no puede llegar a una comprensión absoluta de los mismos. Es más, el hecho de que un mandamiento divino no ofrezca ninguna explicación racional aparente, hace que su cumplimiento tenga el valor de un acto de confianza particular: esto refleja que uno está dispuesto a cumplir la voluntad divina a pesar de que la razón y la finalidad de tal mandamiento no le sean comprensibles; situamos a D'os por encima del entendimiento humano.

Esto es lo que dicen nuestros sabios acerca de los decretos carentes de explicación lógica: "Mis decretos guardaréis ...Yo soy D'os: Un decreto he impuesto y no tienes derecho a dudar sobre ello".(Tanjumá Jukat, 8).

¿Significa esto que no hemos de intentar comprender las razones y las finalidades de los preceptos? Todo lo contrario. Maimónides escribe en su Mishné Torá que, aunque los decretos llamados Jukim son puramente órdenes, uno debe tratar al máximo de encontrar razones que den explicación lógica a cada decreto (Jok) ya que, en realidad, no existe un decreto que no tenga sus razones. La prueba de ello -dice Maimónides- es que el Talmud dice, acerca del Rey Salomón que conocía las razones de cada mandamiento a excepción del precepto de la "vaca bermeja".

Es natural tratar de comprender el porqué de cada mandamiento siempre y cuando no se diga: "lo que no entiendo no lo cumplo". A decir verdad, en la vida diaria no actuamos conforme a la regla "lo que no entiendo no lo hago". Por ejemplo, a pesar de no entender cómo los antibióticos curan la pulmonía no por eso dejamos de tomarlos hasta que dediquemos unos años a estudiar medicina y comprender cómo los microbios son atacados por el medicamento. Lo esencial es saber que el tratamiento cura. Igualmente, con respecto a los mandamientos, uno no debería dejar de observar un mandamiento a pesar de no comprender sus razones. ¿Qué es lo que uno sí ha de saber antes de observar un precepto? Que quien prescribió tales preceptos es de confianza; que conoce lo que es bueno para mí. En otras palabras: la motivación principal para seguir las instrucciones de la Torá ha de ser el conocimiento de quién dio dichas instrucciones y no la comprensión de las mismas. El saber que quien ordenó tales instrucciones es el Creador del hombre y que por tanto conoce perfectamente cuáles son las acciones necesarias para que éste obtenga su perfección, debería ser motivo suficiente para ponerlas en práctica.

Por supuesto, quien conoce el porqué de un mandamiento lo cumple con más entusiasmo, alegría y plenitud que quien lo desconoce. De hecho, la misma Torá desea que se cumplan sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, por lo cual el estudio de las razones de los preceptos es algo necesario y de gran importancia. No en vano, sabios de todas las épocas han escrito mucho sobre este profundo tema: Maimónides, el Radbaz, Rabí Aharón Halevi, autor del Sefer Hajinuj, Rabí Shimshon R. Hirsh y otros muchos hasta nuestros días.

De cualquier modo, de todos los comentaristas de todas las épocas que han tratado de explicar los preceptos no hay siquiera uno que haya dicho que su explicación abarca todas las razones de los preceptos.

Tomemos un ejemplo muy claro: uno de los preceptos de la Torá nos enseña que la mujer se considera nidá, del comienzo de su ciclo menstrual hasta que se sumerja en las aguas de un mikvé. Durante este período, las relaciones conyugales y todo contacto físico está prohibido. El Talmud [Nidá, 31] cita que la Torá obligó al hombre a separarse cada mes de su mujer durante unos días para renovar constantemente el lazo que los une y que la rutina no provoque el rechazo mutuo. Usando la terminología del Talmud: "para que la mujer vuelva a agradar a su marido como el día de la boda". Preguntémonos ahora: si esta es toda la razón de la separación mensual ¿Por qué entonces una mujer que estuvo separada de su marido desde meses atrás sigue estando prohibida a su cónyuge mientras no se haya sumergido en las aguas de un mikvé?

Es evidente que la idea citada por el Talmud acerca de esta separación es una de las razones de este mandamiento, pero no la única. Con mucha más razón, aquellos que no ven en este mandamiento más que una medida preventiva para evitar enfermedades de la matriz, no podrán dar explicación alguna sobre las múltiples leyes concernientes al proceso de purificación de la mujer. Tomemos como ejemplo la ley que dice que, si al sumergirse en las aguas del mikvé un solo cabello quedó fuera, la inmersión es inválida y la mujer sigue estando prohibida hasta que vuelva a sumergirse completamente. Si el objetivo de este mandamiento fuera un consejo preventivo, esta ley carece de todo sentido.

La realidad es que cada precepto divino tiene múltiples razones. Nuestros sabios nos revelaron algunas de ellas pero aún existen otras muchas profundas, como escribe Rabí Jaim Volozzin en su Nefesh hajallim [Sec.l, Cap.22] que incluso a Moisés no le fueron reveladas las razones de los preceptos en toda su profundidad.

Es por ello que, aunque debemos comprender el porqué de los preceptos divinos, debemos conocer nuestras limitaciones y no llegar a conclusiones del tipo "este precepto ya no es relevante en la época moderna".

No hay ningún precepto en la Torá que carezca de razones profundas, y sólo Quien los decretó las conoce realmente. D'os, que está por encima del tiempo, conocía de antemano los cambios y avances del mundo en el futuro. Si hubiera un momento de la historia en que uno de los preceptos dejara de ser relevante, lo hubiera anunciado en Su Torá, [Cierto es que hay preceptos que no se practican actualmente, como los relacionados al Templo (sacrificios, primicias bikurim, etc.) pero no porque hayan dejado de ser relevantes, sino porque carecen las condiciones necesarias para llevarlos a cabo. De hecho, cuando se reconstruya el Templo, estos preceptos volverán a cumplirse].

Tomemos como ejemplo el precepto del Sábado. Hay quienes no ven en el Sábado más que un día de descanso semanal o, en otras palabras, el "domingo judío". Según esta idea, no comprenden e incluso consideran ridículo que en la actualidad se prohíba prender fuego o encender la luz eléctrica. En la antigüedad, cuando los judíos estaban en el desierto, donde la obtención del fuego requería un gran esfuerzo ya que había que frotar dos piedras hasta obtener una llama, esta acción era prohibida para descansar un día. Pero en la actualidad, que obtener fuego es algo tan sencillo...

Reflexionemos y observaremos que esta prohibición [así como los demás "trabajos" prohibidos en Sábado] no tiene nada que ver con el esfuerzo que costaba, en aquella época, la obtención de fuego. Es cierto que en el desierto era difícil hacer fuego, pero quien tenga ciertos conocimientos de historia sabe que, precisamente en aquella época -dada la dificultad-, se solía conservar un fuego permanente en el campamento. Siendo así: ¿cuál era entonces el problema de prender fuego a partir de otro ya existente? Además, ¿se puede comprender que por trabajar en el día de descanso, la Torá penalice con la muerte, castigo que ni siquiera a un ladrón se le da?

Con toda seguridad, las razones que se ocultan detrás de este precepto son mucho más profundas que la de un simple día de descanso. Tomemos por ejemplo la explicación de un gran Rabino y pensador, Rabí Shimshon Rafael Hirsh (siglo XIX). En una de sus numerosas obras explica cómo los 39 trabajos prohibidos en Sábado nos enseña que no somos los "dueños" del mundo. Durante los días de la semana nos sentimos dueños del mundo y dominamos la naturaleza. Llega el Sábado y se nos quita este poder: hemos de "devolver" el mundo a su verdadero dueño. Cualquier acción relacionada con creación está prohibida, por más pequeña que parezca: así, por ejemplo, se prohíbe escribir incluso una letra, prender un fósforo o exprimir una uva. La prohibición de realizar tales acciones, que nada tienen que ver con hacer esfuerzo, viene a recordarle al hombre Quién creó la materia, las fuerzas y las leyes de la Naturaleza que tiene a su disposición.

Veamos ahora: según esta explicación del Rab Hirsh: ¿alguien puede poner en cuestión que el Sábado concierne también a nuestra época? En ninguna época de la historia el hombre se ha sentido tan dueño del mundo como en la actual. El desarrollo de la maquinaria posibilita a cualquiera hacer lo que cien caballos juntos son incapaces de hacer. El tiempo casi no limita: lo que hace unas décadas requería horas para cocinarse hoy día se hace en unos minutos. Nos comunicamos con otro sin fronteras, sin necesidad siquiera de un cable; no hablemos del Internet. La tecnología moderna proporciona al ser humano un dominio tan grande sobre el mundo, que las limitaciones que impone el mandamiento del Sábado ponen al hombre moderno en su sitio.

Así como el Sábado, del que hemos visto uno de sus profundos aspectos, cada precepto divino tiene sus razones especiales. Sólo en el plano espiritual se pueden encontrar las verdaderas causas de cada precepto. Y por consiguiente, pretender eliminar o "reformar" algún precepto divino argumentando razones que no salen del ámbito material, sólo puede conducir a error.

"Yo creo con plena fe que la Torá nunca será cambiada..."

Texto extraído del libro "Yo Creo" con autorización del autor.

El libro se puede adquirir en Israel llamando al 02- 6448942 y en España 952372934




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