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Vida judía


Una llave al cielo
Por. Rav Shalom Cook



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La mayoría de las historias tienen un comienzo y un final. Pero nuestra historia no tiene final, por lo menos en el plano convencional. Y tiene varios comienzos. Uno de ellos en la preguerra en Polonia. Otro en una de las principales y lujosas calles comerciales en Buenos Aires al otro lado del mundo. Una con un diseñador de vitrinas perdiendo una cita, otra con un trozo de matza. Y otra con un alma .que busca su expresión en un mundo opaco.

 

Sin embargo vamos a empezar en otro lugar. José estaba sentado en una clase y el profesor, que cojeaba notoriamente, estaba explicando en una lección de biología, sobre la interacción de varias plantas y las especies animales. Cuando le cuestionaron con una pregunta, el hizo un comentario provocando que José despierte de su aburrimiento. Este experto científico, indicó que la naturaleza tiene una inteligencia innata para tomar siempre las decisiones correctas. José pensó que si él o ella, o este, o esta, es tan inteligente, entonces ¿cómo puede ser que el hombre que es tanto parte de ella como el elefante y el mosquito, difiera y viva una vida de corrupción, de contaminación y crueldad?

 

Esa fue la segunda ventana que se le abrió a José en su "caja de pensamientos". Mientras esto ocurría, el empezó a buscar e investigar, pero no podía encontrar nada, porque no sabía realmente que estaba buscando.

 

Varios años mas tarde, José fue a estudiar economía y ciencias políticas en la universidad de Buenos Aires, en la misma ciudad donde nació y creció. Sus padres eran judíos, pero eso era todo lo que él sabía. Casi no había otras familias judías en donde el vivía, solo familias de inmigrantes italianos y españoles. El fue circuncidado, y aparte de eso y de comer matzot una vez al año, no tenía contacto alguno con el mundo judío; incluso Yom Kipur le era desconocido. José pensó que estudiando estos temas podría poner cierta estructura y sentido en los conflictos diarios que observaba tan vividamente en Sud-America.

 

Los "hombres sagrados" de esta sociedad hablaban de moralidad, de mantener la fidelidad, y de renunciar al crimen, pero estas doctrinas ideales cesaban cuando regresaban a sus amantes y aceptaban los regalos de sus congregantes, canalizando su versión de la providencia divina para su propio beneficio. Los políticos eran igualmente tan entusiastas preservando la sociedad, cada cual prometiendo combatir la corrupción, la pobreza, los abusos sexuales, todo esto hasta que sus propios intereses le prevenían de cumplir con sus objetivos.

 

José nunca olvidó a ese profesor cojo con esa naturaliza inteligente; tampoco olvidó otro incidente en una clase extra curricular de historia judía, en la cual estaban analizando la partición del Mar Rojo para los judíos recién liberados de la horrenda esclavitud de Egipto. Una vez más impulsado por un cuestionamiento, esta vez por un curioso estudiante preguntando como realmente se partieron las aguas. El profesor le explicó que con el viento correcto, en el tiempo correcto, y con las condiciones de la marea adecuada, el mar podría permitir a 600.000 hombres, además de las mujeres y los niños, atravesarlo, tal vez mojándose los pies, y cruzar al otro lado de una forma segura.

 

Después, cuando todas estas circunstancias se revirtieron, volviendo "a la normalidad", estos pocos milagros no tan milagrosos pero fortuitos, previnieron que el Faraón y sus hordas lleguen a alcanzar a los hijos de Israel, siendo ahogados en el proceso.

 

Esta fue la primer ventana que se abrió en la "caja de pensamientos" de José.

 

Ni las ciencias políticas, ni la economía satisficieron a José; y con el paso del tiempo, él se casó con una esposa comprensiva y juntos tuvieron una hija encantadora.

 

La vida también fue pasando, y sus padres se fueron al otro mundo, así también como su único hermano, y él se encontró a sí mismo solo, privado de todas sus raíces, con su "caja de pensamientos" abierta, pero sin ninguna idea de qué iba o debía encontrar.

 

Había muchas preguntas que hubiera querido realizar a sus padres, pero crecer no le dejó tiempo para esto. Una pregunta que también quedó en su "caja de pensamientos" era sobre ese pedazo cuadrado de matzá que comían una vez al año y que no se podía comer con pan. La importancia de este ritual para su madre y el significado de sus agujeros, nunca pudo descubrirlos, pero él nunca pudo olvidad lo crujiente y versátil de la matzá. El visualizó la historia de su madre de lo que le habían contado.

 

El guardia se puso a cuidar la puerta, era un día helado, salía vapor de la nariz de los caballos, y a cada paso sonaba un crujido en el gélido aire puro. A la distancia, el judío local se dirigía hacia el campamento donde varios cientos de soldados de caballería iban a combatir heroicamente en contra de los tanques y las más modernas armas de artillería del ejército invasor; pero eso no estaba ocurriendo ahora, iba a ocurrir en el futuro, y solo tal vez sucedería. El guardia de centinela le permitió pasar cuando Leizer le entregó su abrigo cuyo forro estaba lleno de cigarrillos. Bajo el pretexto de querer vender su mercancía a los soldados, se las arregló para recoger a los hombres de infantería judía, y otra vez con más sobornos, se las arregló para convencer a la autoridades, apagando su antisemitismo por un solo día, para que éstos soldados pudieran pasar el Shabat con él y su familia y no tengan que profanar su religión. Leizer tuvo una intuición que él y su familia habían adquirido en siglos de progroms, que el desastre para su gente estaba en la puerta, y él todavía tenía una hija soltera, Faige, que había quedado en la casa, y como él sabía debía irse a algún otro lado, donde quiera que sea, y esto debía ser rápidamente. Todos sus otros hermanos estaban casados y tenían sus propias familias, pero ella tenía menos de 18 años, y todavía no podía obtener un pasaporte. La otra dificultad era que no había lugar en el mundo que quisiera recibir niños judíos. Realmente no le importaba a nadie que fueran asesinados mientras no traiga inconvenientes para ellos, salvo que estos principios y estándares sean aflojados por medio de sobornos con zloty, rubros, coronas o marcos. En cada país era lo mismo, eran solamente diferentes palabras para la auto-codicia. Así Feige se encontró en las costas de Sud América, en otro hemisferio, con otra lengua, con otra mentalidad, sola, sus familiares y amigos eran cosas del pasado, y pronta a estar en otro mundo. Si, Feige se convirtió en la madre de José, resistente, sin embargo, triste; optimista, sin embargo desilusionada, olvidando su pasado que se hizo humo, pero preservando una cosa de ese "otro mundo". Las últimas palabras de Leizer a su hija fueron:"Guarda solamente una cosa de nuestra religión, y vas a ver que todo se va a tornar para bien". Ella eligió la matzá, porque con su raciocinio entendió que es donde la religión comenzó en su primer lugar. Ella también acostumbraba a prender velas los viernes al anochecer, pero esto era para recordarse de su madre.

 

José guardaba esto para sí mismo, pero las ventanas abiertas de su "caja" no se cerraban. El sabía que había una cosa que se llamaba sentido, razonando que si su madre se agarró a este pedazo de pan ázimo por todos estos años, entonces tendría que haber un propósito detrás de esto, incluso que le fuera desconocido. Sin embargo ella tendría que haber sabido la razón de por qué prendía velas una vez por semana, y cuando lo hacía se tapaba los ojos, presumiblemente porque ella se avergonzaba de ver la verdad mirándola de frente. El recordó que cuando ella cerraba sus ojos, le hablaba a algo o a alguien. Presumiblemente a Di-s. Bien, si su madre podía hacerlo, él también podría. José se embarcó en un nuevo período de su vida, en el cual acostumbraba a caminar, y durante este tiempo conversaba confortablemente con Su nuevo Descubrimiento. Tú podrías preguntar de qué hablaba José, él solo quería saber donde podría encontrar algo con sentido, pero él no solamente decía estas palabras, él ponía toda su existencia, toda su alma en éste pedido. Algunas personas lo llamarían amor.

 

José tenía un amigo, y así como todos los amigos, él era una persona agradable, que no se entrometía en sus asuntos; era el hijo de otra familia inmigrante, tratando desesperadamente de crear una vida con una sólida base económica. El papá trabajaba, la mamá trabajaba, toda la familia trabajaba, ellos eran italianos, así que teniendo un instinto natural por las creaciones gastronómicas, mantenían un restaurante. Por cuanto que comer y cocinar no siempre producen las mismas emociones en el paladar, Antonio, su amigo, quien trabajaba en la cocina desde el momento que comenzó a caminar, vendió a espaldas de sus padres el establecimiento. A pesar de que él tenía aspiraciones, tenía un alma buena y era extremadamente considerado, y así con el dinero puso un negocio de vitrinas poniendo a su madre como secretaria, a su padre como contador y a sus hermanos ejercitando los talentos italianos como consultores de diseño. José estaba tan excitado con esta nueva empresa porque aquí había alguien encontrando lo que estaba buscando en la vida. Un día Antonio le sugirió a José que podrían encontrarse en uno de los negocios en el cual iba a crear una vitrina extraordinaria. Para este entonces, José había estado conversando con Di´s cerca de un mes, y él estaba pasiblemente esperando alguna respuesta, él no solamente que se sentía muy a gusto, sino que su búsqueda en sí también tenía algunas propiedades tranquilizadoras.

 

El lugar donde se suponía se tenían que encontrar era en el conocido barrio de Recoleta. José normalmente hubiera tomado el transporte público para ir hasta allí, pero por alguna razón eligió tomar su coche. En una forma extraordinaria, fácilmente encontró un lugar para el estacionamiento; fue como si este lugar lo hubiera estado esperando. A solo unos cuantos minutos del lugar donde debían encontrarse. "Nunca hay estacionamientos vacantes en esta calle" él reflexionó. En esa parte del mundo, las estaciones están invertidas, es así como en el comienzo de septiembre, cuando debían encontrase, era primavera; justo antes de la estación de lluvias, y como sus "conversaciones" tuvieron lugar en el invierno Argentino, sintió una inspiración eminente.

 

El llegó a tiempo y esperó pacientemente fuera del negocio. Esperando la tan anticipada innovación de Antonio. En ese tiempo en Buenos Aires habían inmigrantes coreanos, así que no fue una gran sorpresa cuando una señora coreana salió a informarle a José que Antonio había llamado informando que no iba a poder llegar a tiempo. Desilusionado pero no abatido, regresó al coche. No podía dejar de pensar en ese estacionamiento vacío que se iba a desaprovechar porque parecía que había venido en vano. Por alguna extraña razón recordó una conversación rara con su padre, que también al igual que su madre se había escapado de Europa justo antes de cerrarse las puertas.

 

Su padre le dijo que escuchó de su padre que había escuchado de su padre y así sucesivamente, de que los viajes y pasos de los judíos estaban orquestados, y en cualquier situación que se encuentren, siempre hay una razón para estar allí. Su padre fue testigo de esto, porque su propio viaje desde Bialystok a Buenos Aires estaba lleno de episodios que podían ser objeto de otra historia. Recordando vívidamente estas palabras, le dieron un sentido de expectación cuando iba llegando a su vehículo. La calle en ese momento estaba tranquila y él estaba solo mientras sacaba las llaves del auto de su chaqueta. Cuando trataba de extender la mano para insertar la llave en la puerta, alguien le golpeó el codo en la otra dirección, no pudiendo completar la acción. El se volteó y para su sorpresa no había nadie allí. Para asegurarse de que no estaba soñando, repitió la acción, y así nuevamente algo lo previno. Sorpresivamente estaba resignado a lo que estaba sucediendo; al parecer calzaba con el patrón de los acontecimientos del día, todos los eventos salían al revés de lo que esperaba Tal vez, pensó, esta fuerza que no le permitía entrar a su auto se iría a almorzar y mientras tanto él iba a ir a ver las vitrinas.

 

Circuló por esta elegante avenida, y trató de consolidad el lujo que estaba observando con la pobreza del otro extremo de la ciudad. No había ninguna reminiscencia de la opulencia, y así cuando divisó el pequeño y desgastado aviso pegado entre dos boutiques, se sintió obligado a leerlo. No podía creer lo que estaba leyendo. Se trataba de una clase sobre judaísmo que tendría lugar en una sinagoga no muy lejos de allí. Escribió la fecha y el lugar del encuentro en su agenda de bolsillo y sonrió cuando recordó nuevamente el episodio que le había enseñado su padre.

 

Contamos al comienzo de esta historia, que la misma no tiene final, y aunque esto es verdad, contaré brevemente lo que sucedió durante los próximos años.

 

José fue a esa clase, y el Rabino que la dictaba, a pesar de su edad avanzada, tal vez en los 90, leía sin gafas, y su voz parecía como de alguien de 20 años. Expuso parte de la Torá que José no sabía siquiera que existía, y  volvió repetidamente para escuchar más y más lecciones.

 

No toda esta experiencia fue suave como la seda. José siguió buscando durante este tiempo, tratando por diferentes caminos. Un día pensó en visitar un centro de discusiones filosóficas. Sentado alrededor de una gran mesa, con numerosos vasos de café a medio terminar, escuchando sobre todo tipos de temas del pasado y del mundo presente. Ninguno de estos tuvo un efecto en José. El locutor le preguntó a José para qué había venido. José le contestó que estaba buscando algo con sentido para aplicar en su propia vida. Este hombre le dilo que pensaba que debería buscar algo en el contexto religioso, y que este no era el lugar correcto para hacerlo.

 

El continuó yendo a las clases del anciano Rabino, y un día cuando volvió a la casa, su hija que estaba sentada en un sofá, le preguntó a su padre como era que se había transformado en una nueva persona. El sonrió, se acercó a su hija y le susurró al oído que él había encontrado a Di-s, el Creador con el cual el acostumbraba a conversar, y la invitó para la próxima clase. Cuando llegaron el Rabino estaba explicando el episodio de la entrega de la Torá, y describió cómo esta fue entregada delante de 600.000 personas mas las mujeres y los niños. Habían truenos y relámpagos, y una nube pesada en la montaña y el poderoso sonido de un shofar…El sonido del shofar se incrementaba gradualmente, cada vez mas fuerte, Moshé habló con Di-s, y El le respondió con una Voz. Para ese entonces, José y su hija sabían que habían escuchado lo que José estaba esperando. La hija estudió con diligencia, y viajó a Israel para intensificar sus estudios. En Israel conoció a su futuro marido. José y su esposa llegaron a su boda dos años mas tarde, en Bnei Berak, una ciudad religiosa, y cuando entró por primera vez a una Ieshivá para rezar minjá, la oración de la tarde, el contempló hacia atrás los dos años de su transformación. Pensó cómo todo había comenzado con ese extraño fenómeno de la "llave obstinada" que impidió que el volviera a casa en su auto, y el otro acontecimiento con el aviso en la muralla, que contestó todas sus aspiraciones para encontrar la verdad. Pero él también se dio cuenta de que el comienzo no era uno solo. Tal vez fue la matzá que su madre y sus ancestros sostenían en sus manos. Tal vez fue su abuelo coimeando a un oficial que permitió que su madre se escapara. Tal vez fue la bondad de su abuelo, invitando a los soldados judíos a pasar Shabat. Hubieron varios "tal vez", pero una cosa era clara, de que si José nunca se hubiera comprometido a seguir el camino que encontró, el hubiera encontrado nuevos "tal vez". Hoy en día el vive una vida llena de Torá junto a su esposa en Israel, cerca de donde vive la familia de su hija, y la llave que no quería abrir las puestas de auto, abrió las puertas del cielo.




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