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Torá y ciencia


¿Que pasaria si no lloviera?
Por. Rabino Iosef Bitton



EL SÉPTIMO MANDAMIENTO: No cometerás adulterio.

El séptimo mandamiento: "No cometerás adulterio", es decir, la prohibición de tener relaciones íntimas con cualquier otra persona que no sea el esposo o la esposa.

La verdad es que hay mucho que hablar sobre este mandamiento, así que BH vamos a dedicarle más de una entrega.

Aclaremos primero que la visión judía de la sexualidad, a diferencia de otras religiones, es sumamente positiva. Nuestros Sabios explicaron que nuestra conducta en general nos debe llevar a parecernos a Dios: así como Él es compasivo, justo y generoso, nosotros también debemos ser compasivos, justos, generosos, etc.  Esta "imitación de Dios" que nos propone la Torá alcanza su máximo grado cuando marido y mujer se convierten en "creadores" de una nueva vida. La procreación es el acto que más nos permite parecernos a HaShem, el Creador.  

Además, lo sexual tiene que ver con alcanzar nuestra plenitud física y emocional. Cuando la Torá describe por primera vez la sexualidad dice: "Y el hombre... se apegará a su mujer (esto es un eufemismo para describir la relación sexual) y serán una sola carne (Genesis 2:24)".  De aquí que hombre o mujer son vistos en el judaísmo como la mitad de un ser humano (pelag gufá). Un individuo alcanza su totalidad sólo cuando se casa.  Y es en el acto sexual donde esta plenitud llega a su máxima expresión.

También es muy interesante observar que la primera vez que la Torá describe el acto sexual dice: "Y Adam CONOCIÓ a Eva su mujer" (Gen. 4:1).  Esta palabra, "conocer", asociada con lo sexual, NO  funciona aquí como un eufemismo. Se podría decir que para el judaísmo el órgano sexual más importante es... el cerebro.  "Conocer" a la otra persona, conocerse, compartir el mismo objetivo, es una condición sine qua non para la intimidad sexual. Esto es, debe existir una conciencia común entre hombre y mujer y un compromiso mutuo y formal de ambas partes para crear y mantener una familia, esto es: el matrimonio.

Tan importante y poderosa es la sexualidad que debe ser regulada, ya que se puede corromper. El pasado Shabbat leímos en la Perashá de Noaj que la violencia y el abuso sexual generalizado fueron los primeros síntomas de la degradación moral de la generación del diluvio, donde el sexo había dejado de ser un acto que acercará a lo Divino. Ya no tenía que ver con el amor o la sagrado, sino exclusivamente con la búsqueda sin escrúpulos de satisfacer un instinto hormonal, como los animales.   

La sexualidad es un acto sagrado, pero también es vulnerable y corruptible.  Una ilustración trivial para entender mejor este concepto. El vino es un elemento muy importante en la liturgia judía. Lo usamos para realizar el Quiddush (santificar el Shabbat), en la ceremonia de casamientos (santificar nuestro compromiso), en un Berit Milá, en el Seder de Pésaj, etc.  El vino es un elemento asociado con la santidad o santificación, la alegría y la celebración.  Pero cuando nos excedemos, o cuando el alcohol se usa en otros marcos, esa asociación con la santidad (quedushá) desaparece. Y el alcohol puede llegar a ser terrible y destructivo. Como leímos que ocurrió con Noaj: el alcohol en exceso lo llevó a perder sus escrúpulos, su conciencia y su decencia.
 
Con la sexualidad ocurre lo mismo (¡multiplicado por 100!).  La sexualidad tiene su marco adecuado: el matrimonio. Dentro del matrimonio, la sexualidad es un acto de santidad, que nos permite imitar al Creador y que nos acerca más que ningún otro acto a la persona que más queremos.

Pero en el caso de adulterio, cuando el sexo ocurre fuera del matrimonio, es destructivo (en el mundo moderno, en la mayoría de los casos de divorcio, la infidelidad juega un papel fundamental y representa por lo general la última línea roja que se ha cruzado).  La infidelidad nos hace perder nuestra conciencia, nuestra decencia y nuestra familia.  Nos aleja, más que ningún otro acto, de HaShem y de las persona que más queremos.

¿Cómo renovar la pasión en el matrimonio?
תניא, היה רבי מאיר אומר מפני מה אמרה תורה נדה לשבעה? מפני שרגיל בה וקץ בה אמרה תורה תהא טמאה שבעה ימים כדי שתהא חביבה על בעלה כשעת כניסתה לחופה.   נדה ל"א, ע"א

Anteriormente comenzamos a explicar el séptimo mandamiento: "No cometerás adulterio".  La Torá nos enseña que para reforzar la fidelidad no alcanza sólo con "tener en cuenta" este mandamiento.  Nuestro compromiso a la fidelidad conyugal se consolida con una actitud especifica hacia la sexualidad. En primer lugar, conociendo la naturaleza de la sexualidad en el matrimonio. En segundo lugar teniendo una conducta apropiada hacia las personas del otro sexo. Y en tercer lugar ejerciendo un control sobre nuestros pensamientos y nuestros ojos. B'H, hablaremos sobre cada uno de estos 3 puntos a continuación.

Comencemos por el principio, la naturaleza de la sexualidad en el matrimonio.

Una de las Mitsvot más importantes en la familia judía es Taharat haMishpajá (o Niddá),  que se suele traducir por "pureza familiar."  En el matrimonio judío las relaciones intimas están limitadas durante aproximadamente 12 días el mes. Los días excluidos se relacionan con el ciclo de la mujer y siete días adicionales.   Cuando los Sabios del Talmud explicaron la lógica de esta regulación dijeron que al cabo de estos días sin contacto físico, marido y mujer se reencuentran íntimamente y "sienten lo mismo que sintieron la noche de bodas".   En otras palabras, este periodo de separación, lejos de afectar el deseo sexual, lo renueva y lo incrementa.  Evitando así caer en uno de los mayores problemas del matrimonio moderno: el aburrimiento sexual. 
Este "aburrimiento" tiene que ver con la teórica potencialidad ilimitada de la intimidad sexual y es parte de la "naturaleza" de un matrimonio donde las sexualidad no está regulada. El síndrome de la "rutina sexual" es uno de los factores que más influyen en la búsqueda de la novedad sexual, que puede llevar al adulterio. Por su propia naturaleza, el pico de la atracción sexual ocurre cerca del casamiento. Pero con el paso de los años (y NO me estoy refiriendo a un problema de edad...), la atracción física hacia la propia esposa no aumenta sino que casi inevitablemente disminuye. La intimidad sexual matrimonial comienza a tornarse menos intensa, monótona y demasiado predecible.  Todo esto hace que la pasión progresivamente disminuya...  Este es un fenómeno que es muy bien conocido por sicólogos y sexólogos.

Hace casi 2000 años atrás (en texto original hebreo lo citamos arriba) Ribbí Meir explicó que el periodo mensual de separación física en una pareja judía hace que, el marido por ejemplo, comience a "extrañar" a su esposa, y su atracción física hacia ella crezca cada vez más. A medida que se acerca el día del Mikvé (la inmersión ritual que concluye los días sin intimidad sexual) su deseo se renueva. Y cuando su mujer llega del Mikvé, Ribbí Meir afirma que marido y mujer, incluso muchos años después de casados,  se reencontrarán con la misma pasión que sintieron en su noche de bodas. Este ciclo, que se repite cada mes (excepto  cuando la mujer está embarazada) evita la rutina sexual y renueva la pasión en el matrimonio.

Vamos a entenderlo mejor: imaginemos a un joven judío que está en su habitación solo con su esposa a quien quiere y a la cual se siente atraído. Y sin que medie ente la pareja nada más que esta abstracta Mitsvá de Taharat haMishapajá, el joven puede decirse a sí mismo "Ahora NO".  Su deseo por su propia esposa, ¿disminuirá o se acrecentará?   Su mujer, como explica Ribbí Meir, se transforma en el "objeto" exclusivo de su deseo, ya que lo prohibido atrae.

Durante esos días de separación de la mujer que ama, el marido ni siquiera puede pensar en otra mujer que no sea su propia esposa.

Además, en estas circunstancias y durante estos días el joven esposo judío pasa por un gran entrenamiento en cuanto a su capacidad para controlar su propia sexualidad. Lo cual es absolutamente esencial para no caer en una atracción fatal que derive en el adulterio...   

Algo más. El periodo de separación física también promueve un nivel de comunicación entre marido y mujer muy profundo, que va más allá de lo sexual. En esos días sin actividad sexual, y desde el comienzo del matrimonio, marido y mujer tienen que comunicarse afectivamente, pero en un plano que bien podríamos llamar "platónico".  En el judaísmo, el  nivel más alto al que una pareja debe aspirar es el nivel de "amistad" (re'ut), el cual acompañara a la pareja durante el resto de su vida y en todas las circunstancias. Incluso  en esos años cuando la pasión hormonal disminuye notablemente  (en la sociedad moderna cada vez son más las parejas que se  divorcian después de los 50. Según el Huffington Post, en 2010 en EEUU, 1 de cada 4 parejas que se divorciaron pertenecían a este grupo.). Contrariamente al deseo sexual biológico, la amistad entre marido y mujer, se debe intensificar con el correr de los años y es la mayor garantía de fidelidad y solidez de un matrimonio.   Este profundo nivel en el cual mi esposa es también mi mejor amiga, se desarrolla intensamente en esos días sin intimidad sexual.  

¿Conoce usted, querido lector, algún otro método o técnica sexual que produzca estos resultados?

 

Iyjud, protegiendo la fidelidad conjugal.
Ayer escribimos sobre el séptimo mandamiento: "No cometerás adulterio" y explicamos cómo la Mitsvá de Taharat haMishpajá ayuda a mantener y fortalecer la atracción entre marido y mujer.
 
Hoy comenzaremos a ver otro aspecto de la actitud judía hacia la sexualidad. Hay leyes y códigos de conducta que tienen como uno de sus objetivos fundamentales salvaguardar la fidelidad conjugal.   Una de estas importantes reglas  se llama Iyjud, o aislamiento.

Leemos en el libro de Shemuel II, capítulo 13,  acerca de un joven llamado Amnón, hijo del rey David. Amnón estaba obsesionado con Tamar, también hija de David, pero de madre diferente. Amnón fingió estar enfermo, se encerró en su cuarto y le pidió a su padre David que le pidiera a Tamar prepararle algo para comer.  Cuando Tamar llegó, Amnón hizo que todos los presentes salieran de su cuarto y pidió que Tamar le diera de comer de su mano. Cuando llegó Tamar, Amnón, por la fuerza, abusó de ella.   Esto afectó al Rey David, quien se sintió en parte responsable por no haber evitado lo ocurrido. Junto con su Corte de Justicia (דוד המלך ובית דינו) establecieron, o según la mayoría de las opiniones, "extendieron" esta ley  de Iyjud (גזרו על ייחוד פנויה, aclaremos que la Cortes de Justicia judías tienen el derecho de establecer nuevas regulaciones, como la Corte Suprema en los países el mundo moderno).    

La ley de Iyjud (ייחוד , se pronuncia "ijud") establece que un hombre judío no debe estar a solas en un cuarto cerrado con una mujer que no sea su esposa (o su madre, o su hija, etc).  

Esta regla se enmarca dentro de la categoría de guedarim o siyaguim , es decir,  "vallados o barreras de contención Halájicas" que evitan el riesgo de caer en una prohibición mayor. 

Un vallado es lo que establece un guardabosque, cuando erige una cerca unos pasos antes de un precipicio, para que los que visitan el lugar no se acerquen demasiado, y por distracción o por lo atractivo del paisaje, se caigan.
 
Hay muchos ejemplos de este tipo de vallados en la sociedad moderna. A una persona que sufre de adicción al alcohol y se quiere rehabilitar se le aconseja no frecuentar bares, ni fiestas donde se bebe, ni salir con amigos que beben alcohol. Todos estas restricciones adicionales son "vallas" necesarias para que quien quiere recuperarse de su adicción se proteja de sí mismo, y de la tentación que puede llegar a ser irresistible. Es mucho más fácil resistirse a entrar a un bar, que resistirse a tomar alcohol, una vez que uno tiene una copa en la mano....
 
Los Jajamim consideraron que el instinto sexual es tan poderoso que uno no debería confiar sólo en su sentido común y su decencia (אין אפוטרופוס לעריות). Sino que deben existir normas adicionales, vallados, a fin de evitar enfrentar un escenario potencialmente inadecaudo.  La regla del Iyjud tiene ese cometido: evitar un mal mayor.  Y si bien la fidelidad  es fundamentalmente un tema de valores y moralidad, si un hombre respetase al pie de la letra las leyes de Iyjud, la posibilidad de cometer adulterio, especialmente sin premeditación, disminuiría drásticamente.  La ley de Iyjud establece que un hombre y una mujer deben evitar recluirse o permanecer solos en una habitación u oficina que esté trabada o cerrada con llave.   La presencia de otras personas en ese recinto, o incluso el hecho que el lugar o la oficina donde están, sea accesible desde afuera, evita o disminuye significativamente la posibilidad de cualquier tipo de tentación, acoso o abuso sexual.  

El concepto de Iyjud, es hoy, creo yo, más aceptado que nunca.
 
En los aeropuertos de EEUU si alguien que pasa por los controles de seguridad lleva algo inusual debajo de sus ropas, tendrá que ser escoltado a una oficina cerrada, donde se le ordenará sacarse la ropa. Pero todo ese tiempo, desde que entra hasta que sale, estará acompañado siempre no por uno, sino por "dos" oficiales de su mismo género. Así se evita que pueda suceder algo inadecuado. Es como que el concepto de Iyjud, lejos de haber pasado de moda, cada vez se entiende mejor y se aplica para evitar situaciones potencialmente indebidas.
 
Recuerdo que hace unos años participé en un congreso de rabinos organizado por la Orthodox Union (OU) y en una de las charlas, un prestigioso abogado nos recomendó a los rabinos presentes que siempre que atendamos a una persona dejemos la puerta de nuestra oficina entreabierta o por lo menos sin llave, como una forma de prevención general. Nos contó que en los Estados Unidos hay una enorme conciencia sobre este tema y que muchísimos profesionales judíos y no judíos, médicos, dentistas, psicólogos han establecido pautas similares, evitando aislarse con un paciente o un cliente a solas en un cuarto cerrado, para prevenir situaciones inapropiadas, casos o denuncias de abuso sexual.
 
Hace unos años atrás un rabino norteamericano tuvo una audiencia con el Papa anterior, Benedicto. Era en el tiempo en que la Iglesia de Boston había recibido cientos de denuncias de abuso sexual, pedofilia, etc.   Este rabino le sugirió al Papa que la iglesia adoptase la ley judía de Iyjud, y la estableciera como política eclesiástica: que ningún cura o sacerdote se pueda reunir a solas con un alumno, niña o niño, en un recinto cerrado. Y que siguiendo esta simple regla se reducirían al mínimo los problemas que tanto daño habían causado a cientos o miles de menores.

No sé lo que pasó al final, y si el Papa siguió o no siguió este consejo, pero pude apreciar, una vez más, la infinita sabiduría de nuestra Torá y nuestros Sabios que hace miles de años establecieron leyes que recién hoy la humanidad llega a valorar, apreciar e imitar.

 

 




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