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Vida judía


Lo importante es lo que valoras, no lo que haces:
Por. Rav Salomón Michan



Uno de los temas en lo que tal vez fallamos mucha gente es valorar lo que hacemos. Dijo una vez un Jajam: “Es más importante lo que valoras, a lo que haces”. Vamos a tratar de expresar esto por medio de explicaciones y relatos.
 

Valorar una palabra de Torá:

Dicen los Jajamim: “Si todo el mundo se hubiera creado únicamente para que un yehudí conteste una vez Baruj Hu Ubaruj Shemó, hubiera valido la pena”. Esto significa que valdría la pena 6,000 años de existencia del mundo, incluyendo miles de millones de personas en todas las generaciones; la creación de los planetas, las estrellas, el sol; todas las construcciones gigantes, edificios, diversiones, guerras, ejércitos, etc., sólo para que un yehudí pueda contestar cuatro palabras: “Baruj Hu Ubaruj Shemó”. Con esto, Hashem estaría contento con todo lo que hizo.
Explican los Jajamim que la persona que contesta 1000 veces “Baruj Hu Ubaruj Shemó”, vale lo mismo que si contesta un “Amén”; la persona que contesta 1000 veces “Amén”, vale lo mismo como si contesta una vez “Baruj Hashem Hameboraj Leolam Vaed”; y si contesta 1000 veces “Baruj Hashem Hameboraj Leolam Vaed”, vale lo mismo que un “Amén Yehé Shemé Rabá Mebaraj”; y el que contesta 1000 veces “Amén Yehé Shemé Rabá Mebaraj”, vale lo mismo si una persona estudia una sola palabra de Torá.
Por lo general, cuando estudiamos Torá y nos preguntan: ¿qué haces? Contestamos: “Aquí, nada, estudiando Torá”. Eso es un error grave, pues si tuviéramos consciencia de lo que realmente estamos haciendo, no responderíamos así, sino contestaríamos que estamos manteniendo al mundo.
Necesitamos valorar lo que hacemos. Si todo el mundo se creó para que un yehudí pueda contestar una vez “Baruj Hu Ubaruj Shemó”, y una sola palabra de Torá vale mucho más que eso, cuánto debemos estar contentos y orgullosos de lo que estamos haciendo: “Por la gente que cumple una mitzvá, vale la pena volver a construir el mundo por ella.” Debemos valorar lo que hacemos y no pensar que lo que hacemos no vale a los ojos de Hashem.
 

Sólo una mitzvá:

Dice la Mishná: “Ratzá Hakadosh Baruj Hu lezakot et Israel, lefijaj, irbá lahem Torá umitzvot”, “Quiso Hashem dar méritos al pueblo de Israel, por eso les aumentó Torá y mitzvot”.[1]
Cualquiera pensaría que si Hashem quiere ayudarnos, sería más fácil disminuirnos mitzvot para cumplir fácilmente la Torá, en lugar de darnos 613 mitzvot; con unas 10 o 20 mitzvot hubiera sido más sencillo quedar bien con Hashem.
Dice el Rambam algo tremendo; estas son sus palabras: “Cuando se cumple una de las 613 mitzvot adecuadamente y no se combina con ninguna mala intención, sino la hace únicamente para cumplir con amor la voluntad de Hashem, merecerá tener el Olam Habá”.[2]
Según esto, si sólo cumplimos una mitzvá adecuadamente, como Hashem quiere, tendremos Olam Habá; las 613 mitzvot no son problema, sino son 613 oportunidades para adquirir Olam Habá.
De aquí podemos valorar lo que vale una sola mitzvá: ¡el Olam Habá!
 

¿Cuál fue el mérito de Kimjit?:

Cuenta la Guemará[3] que había una mujer, llamada Kimjit, que tuvo el gran honor de tener 7 hijos Cohanim Guedolim. Para entender la grandeza de los hijos de Kimjit, vamos a explicar qué es un Cohén Gadol. El Cohén Gadol era la única persona del mundo que podía entrar al lugar más sagrado del Bet Hamikdash en el día más sagrado del año (Yom Kipur), a la hora más sagrada (Séder Haabodá): el Kodesh Hakodashim. Kimjit tuvo el mérito de tener siete hijos con esa grandeza.
La Guemará relata que los Jajamim preguntaron a Kimjit cuál había sido el mérito de tener a hijos tan elevados espiritualmente.
Kimjit contestó: “Nunca en mi vida las paredes de mi casa vieron mi cabello descubierto”; es decir, era recatada en extremo. Al escuchar esto, los Jajamim dijeron a Kimjit: “Muchas mujeres así se cuidan y no tuvieron ese mérito.” La Guemará finaliza aquí este relato y no explica más. Vamos a explicar realmente por qué muchas mujeres así hacían y sólo Kimjit tuvo el mérito.
Dicen los Jajamim que Kimjit se ganó ese mérito (de tener siete hijos Cohanim Guedolim) ya que valoraba lo que hacía. Seguramente muchas mujeres se cuidaban, pero no valoraban lo que hacían como Kimjit. ¿De dónde sabemos que Kimjit valoraba lo que hacía? De lo que ella misma contestó: “Tuve siete 7 hijos Cohanim Guedolim debido a que nunca en mi vida las paredes de mi casa vieron mi cabello descubierto”; si ella atribuyó a eso lo que hizo, es que lo valoraba.
 

El que da una moneda de tzedaká para que se cure su hijo:

Dice la Guemará así: “Ahomer sela zo letzedaká bishbil sheijiye benó, haré ze tzadik Gamur”, “El que da una moneda a la tzedaká para que se cure su hijo es un tzadik completo”.[4] Sobre esto, podemos explicar lo siguiente: no es la cantidad de dinero lo que cura a un hijo, ya que una moneda es muy poco, sino el hecho que valora la mitzvá; es decir, incluso que sólo sea una moneda de poco valor, la persona que la dona piensa que por ese mérito va a salvar la vida de su hijo. Al hacerlo, está dando un valor muy grande a la mitzvá de tzedaká, y ese valor es el capaz de salvar la vida de su hijo. A esa persona se le llama tzadik completo.
Igualmente pasa cuando la gente dice Tehilim por un enfermo, si dice Tehilim con toda el alma, vale mucho más, a diferencia de si lo dice sin emoción.
 

La persona que lo valora, lo vale; la persona que no lo valora, no lo vale:

Cuentan una historia sobre “qué es y cómo valorar algo”.[5]
Hubo una vez una persona muy pobre que fue con su Rab para pedirle un consejo y una berajá para salir adelante económicamente y casar a su hija, ya que le la boda le costaría 1000 monedas. El Rab le dijo: “Toma esta moneda y el primer negocio que se te presente, lo tomas; así podrás casar a tu hija”. Este hombre confiaba mucho en su Rab y aceptó, aunque era difícil creer que con sólo una moneda podría casar a su hija.
Cuando salió de casa del Rab, no supo qué hacer con una sola moneda, pero confiado, continuó su camino. Al ir caminando, se encontró con un grupo de hombres de negocios haciendo transacciones de cientos de miles de monedas. Al pasar junto a ellos, quiso hacer un negocio. Al ver al pobre, percibieron su pobreza y quisieron burlarse de él un rato. Le preguntaron: “¿qué vienes hacer aquí?”. Les contestó el pobre: “Estoy aquí para hacer negocios con ustedes”. Éstos pensaron que tal vez sí tenía dinero y le preguntaron: “¿Cuánto dinero tienes? A lo que el pobre contestó: “Sólo una moneda.” El grupo de hombres se burlaron de él, y uno de ellos le dijo: “Si quiere hacer negocios con nosotros, adelante, te vendo mi Olam Habá por la moneda que tienes.” El pobre recordó lo que su Rab le había dicho: Toma esta moneda y el primer negocio que se te presente, lo tomas; así podrás casar a tu hija; así que aceptó la transacción. El hombre rico le vendió su Olam Habá por la moneda. Firmaron el contrato y el grupo de hombres ricos no dejaban de burlarse del pobre.
Al llegar el hombre rico a su casa, le contó a su esposa cómo se habían burlado del pobre y de que había vendido su Olam Habá por una moneda. Al escuchar eso, su esposa dijo: “¿Vendiste tu Olam Habá?” ¡Yo no quiero estar casada con una persona que no tiene Olam Habá! El hombre trató de explicar que el “negocio” era broma, pero empezó a poner nervioso cuando su esposa dijo que no aceptaría lo que había hecho hasta que fuera con el pobre para retractarse del negocio y romper el contrato de compra–venta.
El hombre buscó al pobre. Cuando lo encontró, le dijo que quería cancelar el “negocio” que habían hecho. El pobre no aceptó. Pero el hombre le ofreció dinero a cambio de romper el contrato que habían firmado. El pobre no aceptó de ninguna manera, y le contestó que lo único que aceptaba era el valor suficiente para poder casar a su hija, así como el Rab le había prometido. El hombre se desconcertó por lo que le estaba pidiendo el pobre, pero no le quedaba otra opción más que aceptar y pagarle suficiente dinero para casarla. El hombre pidió al pobre que lo llevara con su Rab para hablar con él. Al llegar con el Rab, le dijo: “Mire rabino, yo soy un hombre de negocios y sé como hacer un buen negocio. Se debe comprar barato y vender más caro. Quiero que me diga cuánto vale mi Olam Habá, ya que lo vendí por una moneda y luego lo compré por mil monedas”. El Rab contestó: “Lo que compras, tiene el valor que le des; si no lo valoras, no vale; si realmente lo valoras, vale mucho”.
De esta historia podemos aprender que según el valor que le damos a algo, es el precio correcto y real. Es posible que un mismo objeto, una misma cosa, una misma comida, un mismo Amén, valgan diferente para cada persona, ya que su valor depende de cuanto lo quiere y qué tanto se esfuerza para obtenerlo.
 

Cada quien le pone valor a su mitzvá:

Dice una mishná en Pirké Abot: “Hay que cumplir cualquier mitzvá, ya sean las sencillas como las complicadas, ya que no se sabe el pago de las mitzvot. Debemos evaluar lo que se pierde en no hacer una mitzvá, contra lo que se gana en hacerla, y lo que se gana al hacer una aberá contra lo que se pierde.”[6]
Pregunta Rab Pinjas Orwitz: Si no se sabe el pago de las mitzvot, ¿cómo podemos calcular “lo que se pierde en no hacer una mitzvá, contra lo que se gana en hacerla…?”. Y responde según lo que explica la Guemará:[7] “Una persona se adelantó y le hizo shejitá al animal de un compañero, cumpliendo además la mitzvá de tapar la sangre.”[8] Rabán Gamliel ordenó que le pagaran 10 monedas de oro al dueño por haberle negado la mitzvá de tapar la sangre.
Aparentemente esto no se entiende: ¿quién decidió que la mitzvá de tapar la sangre vale 10 monedas de oro? Rabán Gamliel no indicó 10 monedas de oro porque ése fuera su valor, sino había dicho cualquier cantidad para esperar una respuesta del quien robó la mitzvá. Al ver que el hombre aceptaba pagar ese monto, se dio cuenta que la mitzvá valía para él 10 monedas de oro; y si no hubiera aceptado, Rabán Gamliel hubiera rebajado el precio, y el valor que hubiera aceptado era el valor de la mitzvá ante sus ojos.
Esto es lo que dice la Mishná: “Hay que cumplir cualquier mitzvá, ya sean las sencillas como las complicadas, ya que no se sabe el pago de las mitzvot.” Las mitzvot no tienen un valor específico, ya que cada quien le pone el valor a lo que hace.
Si es así, ¿cuál será el pago a la gente que cumple mitzvot? La respuesta es lo que dice la Mishná: “Debemos evaluar lo que se pierde en no hacer una mitzvá, contra lo que se gana en hacerla, y lo que se gana al hacer una aberá contra lo que se pierde”; es decir, el valor que le pone cada persona a un acto es el mismo valor que recibirá como pago de Hashem.
Por ejemplo, si alguien profanó Shabat (jas veshalom) y da un donativo de 100 dólares para “remediar su error”, quiere decir que su Shabat tiene un valor de 100 dólares. Si paga eso por profanar, el pago por cuidarlo también será de 100 dólares.[9]
 

Cuando la Berajá del Jajam se valora, vale:

Llegaron dos personas, cada una por aparte, con el Rab Israel Abujatzira, para pedirles una Berajá para que puedan tener hijos.
Después de 1 año, a uno de los 2 le nació un hijo y al otro no.
Le preguntaron al Jajam por qué la Berajá sí le recayó a uno y al otro no.
Les contestó el Jajam: Cuando les di la Berajá, uno de los 2, fue inmediatamente a la tienda de bebés a comprar la cuna, la ropita, la carreola, etc., por cuanto que él confió en mi Berajá, le sirvió; pero ya que el otro hombre no confió en la Berajá y pensó que sólo eran palabras, no le sirvió la Berajá.
 

La Mitzvá de Jalitzá valía 5000 dólares, hasta que le reclamó su hermano:

 
Había una persona que se salvó de la Shoa y después de la guerra, se fue a vivir a Paris y ahí se casó con una mujer.
Después de un año, este hombre murió, pero antes que muera, le alcanzó decir a su esposa que tenía un hermano que vivía lejos y por cuanto que no pudieron tener hijos juntos, el hermano tenía la obligación de cumplir con la Mitzvá de Jalitzá.
La mujer fue con el Jazón Ish para que le ayude cómo encontrar al hermano de su esposo que había fallecido.
El Jazón Ish le dijo que regrese al otro día.
Al otro día, le mujer llegó con el Jazón Ish, y el Jazón Ish le dijo que el hermano de su esposo, vivía en Nueva Zelanda y que tenía que ir a buscarlo allá.
Ella viajó hacia allá e inmediatamente fue al Bet Din para encontrar a su cuñado. Después de una gran investigación, encontraron al hombre, pero como era un hombre alejado de la Torá y Mitzvot, se negó en ir al Bet Din para hablar con la mujer.
Después de hablar mucho con él y que la mujer le había ofrecido 5000 dólares para que venga, el hombre aceptó a realizar la Jalitzá.
Al otro día, llegó este hombre al Bet Din para realizar el acto de Jalitzá, pero con la sorpresa que se estaba negando rotundamente en cobrar esos 5000 dólares que había ofrecido la mujer.
Cuando le preguntaron el motivo de por qué se negó; él explicó que esa noche que había pasado, su hermano había venido en un sueño y le había reclamado: ¿Cómo no te da vergüenza? Te están dando del cielo una oportunidad de cumplir con una Mitzvá y tú la vendes por unos centavos.
De aquí aprendemos cuán grande es una Mitzvá. Y esto directamente lo está contando una persona que ya estaba en el mundo venidero.
 

Hasta dónde valorar el Shabat:

Escuche una historia realmente increíble y sorprendente a cerca de lo que es valorar Shabat.
En Lakewood estudia un abrej importante, nieto del gran Rab Avigdor Miller de Estados Unidos. Contó esta historia que sucedió con él mismo y su abuelo.
Rab Avigdor Miller estuvo en el hospital 2 veces en su vida; la primera vez pudo salir con buena salud; la segunda vez ya no salió con vida.
La primera vez que estuvo en el hospital llegó su nieto a visitarlo y se encontró con que su abuelo lloraba y no había nada ni nadie que pudiera consolarlo. Le preguntó a su abuelo: “¿Por qué lloras, abuelo?”. Rab Miller contestó: “Tengo miedo de irme al guehinam”. El nieto no entendió, ya que su abuelo era un gran tzadik y estaba seguro de que se iría directamente al Olam Habá. Volvió a preguntarle: “¿Por qué lloras, abuelo? Pero Rab Avigdor volvió a contestar: “Tengo miedo de irme al guehinam.” El nieto siguió preguntando: “¿Por qué te irías al guehinam, abuelo? Rab Avigdor contestó: “Porque todos mis hijos cuidan Shabat”. El nieto pensó que no había escuchado bien y siguió preguntando: Porque todos tus hijos cuidan Shabat, ¿te irás al guehinam?, Y Rab Avigdor volvió a contestar lo mismo: “Sí, es correcto; tengo miedo de irme al guehinam porque todos mis hijos cuidan Shabat.” El nieto pensó que su abuelo ya no estaba lúcido y lo dejó tranquilo.
Cuando Rab Miller salió del hospital, el nieto le dijo: “Abuelo, en el hospital te pregunté el motivo del por qué llorabas y me contestaste algo irrazonable, favor de explícamelo”. Rab Avigdor le contó lo siguiente: “A principios del siglo pasado, vivía en Estados Unidos y la situación económica era muy difícil, especialmente para los yehudim, ya que aquel que quería encontrar un empleo tenía que trabajar en Shabat, y si no aceptaba, no le daban trabajo. Tú sabes que yo tenía muchos hijos y lo único que le rezaba a Hashem era que por lo menos uno de mis hijos cuidara Shabat. Hashem escuchó mis tefilot y tuve el mérito de que todos mis hijos cuidaron Shabat.” Continuó el Rab diciendo: “Ya que todos mis hijos cuidan Shabat, mi Olam Habá ya me lo pagaron en este mundo; tengo miedo de irme al guehinam.
Rab Avigdor Miller nos dejó una enseñanza para toda la vida: si realmente valoramos el Shabat, podemos sentir como si disfrutáramos el Olam Habá en este mundo. No sólo aplica con Shabat, sino con todas las mitzvot. Mientras más valoramos algo, más vale y más nos esforzamos por ese algo.
Así también es con la Tefilá. Mientras más confiemos que sirve, la valoramos más; y cuando más la valoremos, tiene más fuerza; y mientras más fuerza tenga, más alto llega.
 

¿Cuánto vale su Minián de Arbit?

Esta es la historia de una persona que siempre se esforzaba por cumplir la halajá de hacer Tefilá con minián.
Desde que lo había decidido, nunca se había perdido la oportunidad de hacer tefilá con minián. Un día se recostó para tomar un breve descanso, pero inexplicablemente se quedó dormido… Cuando despertó y miró la hora, comprobó que eran las dos de la madrugada. En pocos segundos estaba en la calle, pues no había rezado arbit. Paró un taxi y le pidió que lo llevara, sin pérdida de tiempo, hasta el Kótel, con la esperanza de encontrar allí un minián… Pero no había nadie… ¿Qué podía hacer?
En Éretz Israel hay muchos baté kenesiot, llamados shtiblaj, donde acude mucha gente para formar un minián tras otro hasta altas horas de la noche.
Sin perder tiempo, se dirigió a uno de ellos, llamado Zijrón Moshé, pensando que quizá allí encontraría un minián. Al entrar, miró ansioso hacia todos lados, pero la única persona que quedaba era el señor de la limpieza. Aunque ya sabía cual sería la respuesta, le preguntó de todas formas:
-¿No hay minián ahora?
-N… no; ya es tarde, a esta hora no hay nadie.
Desesperado corrió a la calle, con la idea de parar a quienes pasaran para pedirles que entraran a formar un minián… pero no había nadie; a esa hora estaban todos durmiendo… Pensaba y pensaba… ¿Qué podía hacer? Parado en medio de la calle y con el corazón oprimido, rogaba a Hashem que lo ayudara. Mientras estaba absorto en sus pensamientos, pasó un taxi frente a él. ¡Se le ocurrió una idea! Corrió al teléfono más cercano, tomó la guía telefónica y buscó una agencia de taxis.
-Agencia de taxis, buenas noches.
-Buenas noches, necesito que me envíe nueve taxis a esta dirección…, pero tenga en cuenta que todos los conductores deben ser judíos.
Dio la dirección del Bet Hakenéset, y una vez confirmada la reserva se dirigió ahí para esperar a que llegaran.
Pronto empezaron a llegar, uno tras otro, los nueve taxis. Los conductores preguntaron por los pasajeros, pero el yehudí los invitó a pasar al interior del Bet Hakenéset. Una vez allí, comenzó a explicarles el motivo de su llamado, tratando de convencerlos de lo importante que era para él cumplir con la mitzvá de hacer tefilá con minián, pues nunca en su vida se había perdido esa mitzvá, y ahora había surgido un contratiempo; se había quedado dormido. Siguió diciendo que estaba dispuesto a pagar lo necesario para remediar la situación; les explicó fervorosamente cómo se abren las puertas del Cielo cuando se unen diez hombres para rezar al Creador, y como sus ruegos llegan directamente al Trono Celestial. Concluyendo, les dijo:
-Empiecen a cronometrar el tiempo. Voy a pagarles lo que marquen sus relojes.
-Mire que le va a salir muy caro.
-No importa, ya les dije que estoy dispuesto a pagarlo.
Los taxistas se encogieron de hombros, si él estaba dispuesto a pagarles, no veían motivo alguno para negarse.
Dispuestos, comenzaron a hacer tefilá con gran fuerza y emoción por las palabras que decían, sumadas a la explicación que les había transmitido el hombre con tanta convicción e ímpetu que habían terminado por conmoverlos.
Cuando finalizó la tefilá, el hombre agradeció a Hashem por todas las bondades que le prodigaba.
Para cumplir con su compromiso, se acercó a uno de los taxistas para pagarle, pero éste se negó, pues sus palabras le habían tocado el corazón, y con su actitud lo había conmovido; sólo un tzadik podía sacrificarse tanto por una mitzvá. El taxista se encargó de convencer a cada uno de sus compañeros de no cobrarle a una persona de tal categoría, tan especial… Finalmente ninguno de ellos aceptó recibir pago.
Vamos a hacernos la siguiente pregunta: ¿Cuánto vale un minián de éste hombre? En el cielo, este hombre recibirá un pago tremendo por su minián; y no sólo por el minián de esa noche, sino por todos los minianim de su vida, ya que él mismo le puso el valor a su minián.
 

Esta moneda es tuya con la condición de que me des a mí la recompensa eterna que tú recibirás después de lo que hiciste esta tarde:

 
Hay una historia que cuenta el Rab Pesaj Krohn sobre un niño quien creció hace algunos anos en Jerusalem. El era de una familia muy pobre. Un día de Shabat el estaba saliendo por la Puerta de Jaffa, en una sección de la ciudad densamente poblada por árabes. El estaba en su camino hacia el Muro de los Lamentos cuando se encontró con una moneda de oro en la calle. El no se atrevió a tomarla, ya que no tocaría dinero en Shabat. El sabía que esa moneda podría ser usada para alimentar a su hambrienta familia por dos semanas. El decidió poner su pie encima de la moneda hasta que terminara el Shabat y entonces la tomaría. No hace falta decir que esta era una hazaña admirable para un niño de poca edad. Después de estar parado allí por más de una hora, un niño árabe lo vio y le pregunto por qué estaba parado allí como una estatua. Como el niño árabe insistía en recibir una respuesta, el niño Judío empezó a explicar. Mientras tanto el niño árabe se dio cuenta que había algo debajo del pie del niño, el niño árabe inmediatamente empujo al niño hacia un lado, agarro la moneda y corrió. Sintiéndose muy mal, el niño regreso a la sinagoga.
 
El Rabino se dio cuenta de que el niño no era el mismo de siempre y se le acerco invitándolo a participar en la Seuda Shlishi , la tercera comida del Shabat. El niño le contó toda la historia al Rabino. El le dijo al muchacho que debiera reunirse con todos en la mesa por ahora y que después de Shabat se reuniera con él en su casa. Más tarde el Rabino busco en su cajón, y sacó una moneda idéntica y le dijo al niño. “Esta moneda es tuya con la condición de que me des a mi la recompensa eterna que tu recibirás después de lo que hiciste esta tarde. Después de escuchar la oferta y entendiendo el valor del hecho, el niño rechazo. El dijo “si este es el valor del hecho entonces no esta a la venta”. El Rabino se agacho sobre el niño y le beso la frente. Con gran sabiduría, el Rabino le enseño al niño el valor de una Mitzvá y esa lección permaneció con el por todos los anos venideros.
El Rebe de Cheernoblyler Rabbi Najum Twersky (1840-1936) era el Rabino del cuento.
 
 
Que Hashem nos ayude a val or ar lo que hacemos; ya que todo yehudí hace algo bueno. Si lo bueno que hace lo val or a, Hashem lo val or a también y lo beneficia según el val or que la persona le puso a su mitzvá, Amén.
 

 


[1] Macot 23b.
[2] Rambam en el Pirush Hamishnayot de esa misma Mitzvá.
[3] Yomá 47a.
[4] Pesajim 8a.
[5] Sefer Jasidim Ki Tetzé.
[6] Perek 2 Mishná 1.
[7] Julin 87a.
[8] Al hacer Shejitá, es Mitzvá tapar la sangre del animal.
[9] Mishel Abot Jelek 1 hoja 219.

 




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