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Entendiendo


La Enseñanza de la Mesa Judía
Por. Mijael Polaj




Basado en un texto del Rabino Mordejai Herbst

En el judaísmo, la santificación de la vida humana en todos sus aspectos es algo primordial; no sólo los acontecimientos solemnes, sino que lo que puede considerarse banal tiene su razón de ser.
Tomemos por ejemplo el acto de la alimentación: en realidad no es más que una función biológica natural, común a todo el reino animal del que formamos parte. Pero he aquí que hasta en el acto de comer, distingue el judaísmo al hombre de la bestia, asignándole una serie de peculiaridades que le son exclusivas.

Cuando un animal salvaje se encuentra hambriento, devorará lo primero que encuentre a su paso. También el ser humano hambriento se mostrará impaciente y nervioso. La ley judía que nos enseñaron nuestros sabios, educa al hombre a controlarse, a dominar sus instintos en forma humana y no irracional.

Cuando un judío se dispone a comer, debe antes verificar si esta comida es Casher, vale decir permitida. Después debe asegurarse que no ha comido alimentos de carne poco tiempo antes, si va a ingerir alimentos lácteos. Antes de comer dice la bendición correspondiente y si ingiere pan debe lavarse las manos agradeciéndole al Creador por los alimentos que El le ha otorgado. En una palabra, en el caso de la bestia, el instinto es su dueño y señor, en el caso del hombre y del judío en particular, este debe dominar al instinto.

Esa característica hace diferir a la voluntad de instinto. La voluntad debe sojuzgarse al instinto, y así es como el judío aprende, precisamente a través de esa función biológica de la alimentación, a ejercer un autodominio y un autocontrol. Esta capacidad se proyecta luego a los demás ámbitos de la vida, construyendo un verdadero y eficaz proceso autoeducativo.

La meza judía se a comparado con un altar, poseyendo precisamente la santidad del ara en que en los tiempos del Templo de Jerusalém se ofrecían los sacrificios a Di-s. Lo que encontramos en la Meza diaria actual se encuentra representado en el altar; encontramos la sal, que es un símbolo de pureza por ser indefinidamente estable e imperecedera. Así deben ser nuestras acciones, puras y cristalinas, sin mácula ni yerro.

Las piedras que se ocuparon para la construcción del altar debían ser enteras, no podían ser cortadas con instrumentos de fierro. Durante el Bircat Hamazón, la bendición después de las comidas, durante los días de semana escondemos los cuchillos o los cubrimos. Esto se debe a que el altar fue instituido para prolongar la vida del hombre, mientras que el metal, del que se fabrican las armas esta destinado a cercenarla. El Kidush que recitamos en Shabat y la fiestas simboliza también la santificación de la meza y sus comensales.

En el Templo de Jerusalem las ofrendas elevaban espiritualmente a los que ofrecían los sacrificios, de la misma forma en nuestros hogares, durante las comidas se acostumbra comentar temas de la Torá para elevar el nivel espiritual de los comensales como nos enseñan nuestros sabios en Pirke Avot (III-4), pues de lo contrario es como si se ingiriesen sacrificios de cadáveres en esa meza.

Los alimentos presentes en una meza judía que se precie de tal, están también santificados en cierto modo. El severo mandamiento de la Torá, “la sangre no comerás por que la sangre es el alma” (Deuterenomio,XII-23), nos enseña a respetar aun el alma de un animal. (aparte de tener prohibido comer la sangre de los animales, hay un mandamiento especial sobre la sangre de ciertos animales de enterrarla o cubrirla) Debemos resaltar también el mandamiento de alimentar a nuestros animales antes de sentarnos a comer.

Un pensador expresó con mucho acierto que el hombre se satura de lo que come, y se consustancia con ello, puesto que entra a formar parte de su carne y sangre, por lo tanto es fácil comprender la razón de los numerosos preceptos alimenticios que preconiza el judaísmo. Sólo nos es permitido comer animales puros, rumiantes tranquilos y pacientes, y aves que no sean de rapiña, puesto que se convierten biológicamente en parte orgánica de nuestro cuerpo y alma.

Todo este sistema conduce a un refinamiento del ser humano, a la adopción de buenos modales como corresponde a la gente civilizada. Pregunta la Guemará: ¿qué puede importar a Di-s de que forma se faenó el animal? Y responde inmediatamente: “para ennoblecer al hombre, inculcándole principios humanitarios.”




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