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Vida judía


HONRAR A LOS PADRES
Por. Rabino Iosef Bitton



Los efectos del quinto mandamiento

Todos conocemos la importante Mitsvá de honrar a los padres, el quinto de los Diez Mandamientos. Lo que es menos conocido es el contexto histórico en el cual este mandamiento fue establecido. Aprender un poco más al respecto nos ayudará a valorar un poco más lo extraordinario del mismo.

El honor a los padres, a simple vista, puede parecer hoy algo que se sobreentiende.  
Especialmente porque como sucede con muchos otros valores, las ideas judías bíblicas se han transformado con el correr de los siglos en el patrimonio mental y social de gran parte de la humanidad. Vivimos en una civilización que ha sido transformada por la Biblia y como tal damos por sentado el deber de honrar a los padres . Sin embargo, esta obligación es una innovación judía bíblica.  

Veamos.

En nuestro caso especifico, el deber de honrar a los padres en la Torá va mucho mas allá del mero respeto a la autoridad de los padres. Honrarlos significa conferirles una categoría especial de respeto. Pensemos por ejemplo en la obligación de un hijo o hija a ponerse de pie para honrar la mera presencia de sus progenitores. Esto es algo que en la sociedad moderna se reserva para individuos con ciertos cargos asociados al “poder”, por ejemplo, el presidente, un juez, un ministro, etc.   Asimismo, en la antigüedad, en las sociedades contemporáneas al tiempo de la entrega de la Torá, este tipo de honores estaban reservados no para los progenitores sino casi exclusivamente para los guerreros y los “héroes” del campo de batalla. Hombres (¡nunca mujeres!) poderosos y fisicamente fuertes destacados por su destreza militar o por haber derrotado a monstruos con multiples cabezas. 

El llamado a honrar "a los padres" es una innovación radical de la Torá; un corte con las otras culturas y con la tendencia humana de elevar al nivel de héroes a los poderosos que obtuvieron la gloria en la batalla. La revolución Bíblica solidifica la imagen de los padres al demandar honrarlos como si fueran nuestros heroes, y refuerza el vínculo hijos-padres, facilitando el proceso de educación y transmisión.  

Otro elemento que quizás no se valora lo suficiente es que las sociedades de la antigüedad eran estrictamente patriarcales, y en muchas civilizaciones las mujeres eran consideradas como posesiones , y no gozaban de prácticamente ningún derecho.

La Torá, y así lo repiten los Sabios, deja establecido que un hijo debe honrar por igual a su padre y a su madre. La madre no es vista como un apéndice paterno, sino como socia igualitaria en la sociedad familiar. Esto es toda una revolución cultural y de efectos a largo plazo.  Ya que al elevar por igual la posición de ambos progenitores, un niño judío se entrena desde una tierna edad a apreciar a la mujer. Lo cual influirá, en un futuro, incluso en la forma que él verá a su propia esposa. Ya que existe una relación directa entre el respeto que un hijo tiene por su madre de chico y el respeto que tendrá por su esposa cuando se case.

Respetar a los padres va mucho mas allá de lo instintivo y básico.  
Es el valor fundamental que crea los sólidos cimientos de una buena familia judía.

 

Honrar a los padres, cuando ya no están

Los Sabios explicaron que el mandamiento de honrar a los padres continua más allá de esta vida. 

Esta idea, en primer lugar, nos ayuda a comprender un poco mejor la diferencia entre dos obligaciones Bíblicas que parecen similares: respetar y honrar a los padres. "Respetar" consiste básicamente en obedecer y no contrariar a los padres. Esto, evidentemente, no se puede llevar a cabo cuando nuestros padres ya no están con vida.  La segunda Mitsvá, sin embargo, la que se refiere al honor a los padres, se puede manifestar también luego que nuestros padres fallecen honrando su memoria.

Uno de los honores más respetados en el pueblo judío, independientemente de los diferentes niveles religiosos, es la recitación del Kaddish por parte de los hijos del fallecido. El texto del Kaddish no contiene ninguna alusión directa al fallecido o a la muerte, pero es una de las plegarias más elevadas de alabanza a Dios. ¿Por qué? Porque en el Kaddish declaramos que nuestra posibilidad de reconocer y apreciar Su grandeza, Su sabiduría, y todo lo que HaShem hace por nosotros, etc. es limitada. Y que en consecuencia nuestras alabanzas siempre serán insuficientes.  Esta profunda reflexión (que intenté resumir en muy pocas palabras) hace que el Kaddish sea considerado filosóficamente una plegaria muy especial. Tanto es así que aunque en el Kaddish no se menciona específicamente el Nombre Divino, sólo puede ser recitado en presencia de un Minyán (10 hombres judíos, mayores de 13 años).  Recitar el Kaddish, inspirando a la congregación a participar en esta singular alabanza, es considerado un honor que la milenaria tradición judía confiere a los que están de duelo, para honrar así la memoria de sus seres queridos.

El Kaddish por los padres se recita todos los días, prácticamente durante un año a partir del fallecimiento.  Luego del año, los hijos recitarán el Kaddish durante la semana del aniversario del fallecimiento de los padres. Esta conmemoración se llama en hebreo “hazkará”, y es conocido también como yohtrtzait, es decir, el día del aniversario del fallecimiento del padre o la madre, que los hijos conmemoran durante el resto de sus vida. La costumbre Ashkenazí es también recitar el Yizkor, una oración recordatoria recitada en las festividades mayores, y de la que solo participan aquellos miembros de la comunidad cuyos padres ya no están con vida.

Hay otras maneras de honrar la memoria de nuestros padres. 

Estudiar Torá, difundir la Torá, organizar o auspiciar la realización de clases de Torá, etc. se considera también una forma de honrar la memoria de los padres. Y por eso muchas veces se promocionan libros, clases de Torá, etc. “leiluy nishmat” en memoria (lit. por la elevación del alma) de nuestros seres queridos.  A diferencia del Kaddish, que solo lo recitan los hijos varones, estas obras de bien pueden y deben ser realizadas por los hijos y las hijas de los fallecidos.

Sin duda, el honor más básico a la memoria de nuestros padres se relaciona con el modo que llevamos adelante nuestras vidas. Cuanto más significativas y dignas sean nuestras vidas, mayor será el honor que se atribuirá a nuestros padres (y viceversa).   Pensemos por ejemplo en actos extraordinarios de integridad, obras de caridad, asistencia social, ayuda a los huérfanos, viudas, enfermos, etc. Cuando una persona actúa noblemente, inspirado en el ejemplo de sus padres, no es raro escuchar frases como: “Yo conocí a su padre, y veo que su hijo está siguiendo sus pasos”; “Digna hija de su padre”, “Si su madre viviera ¡que orgullosa estaría de él!”. 

El buen nombre de los hijos y las acciones de bien practicadas por los hijos, representan sin duda la forma más natural de honrar la memoria de los padres ya fallecidos. 


RAB YOSEF BITTON
Manhattan Beach, NY.

 

 




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