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Vida judía


ENTENDER CUÁLES SON LAS NECESIDADES DE TU CÓNYUGE
Por. Rav Salomón Michan



Imaginemos lo siguiente: Un hombre se casa con una mujer que casi no necesita comer: toma algo ligerito en la mañana y eso le basta para todo el día. Para su cena también le alcanza con algo mínimo. Esa señora tendrá mucha dificultad para entender la necesidad de su marido de comer como come; tal vez piense que esa necesidad es una locura, “¿por qué come tanto…?”, se cuestionaría. Sin embargo, la persona no puede medir las necesidades de su compañero basándose en las propias. No debe descalificarlas por ser para ella algo insignificante.

Lo mismo sucede en el matrimonio. El hombre tiene sus necesidades y la mujer las propias. El hombre requiere de calor y cariño. También necesita ser respetado, es parte de su naturaleza requerir honor. Si no obtiene eso, lo demandará; si no lo recibe en casa, lo obtendrá en otra parte porque ésa es su naturaleza. Si la mujer no necesita ese tipo de honor, no significa que esas necesidades son inválidas.

Lo opuesto también es cierto: el hombre debe entender cuáles son las necesidades de su cónyuge. La mujer requiere reconocimiento, al igual que cariño y comprensión. Lo mejor que se pueden regalar es tiempo juntos.

En resumen, todos tenemos necesidades; nuestro trabajo debe ser ver qué necesitan nuestros parientes más cercanos —cónyuge e hijos— y dárselo, y no dar lo que nosotros necesitamos, sino lo que ellos necesitan. No seamos como la mujer que come poco y da poco a su esposo.

COMPARTIR EL PLACER DE LA MESA DEL SHABAT
Cierta vez, el Rab Meír Shapira de Lublín (quien instauró el estudio del Daf Hayomí) llegó de visita a la ciudad de Radín; allí vivía Rab Israel Meír Hacohén, el famoso Jafetz Jaim.

Al enterarse de la llegada del ilustre visitante, fue a saludarlo de inmediato y lo invitó a pasar Shabat en su casa. Inicialmente Rab Shapira no quiso aceptar, pero ante la insistencia del Jafetz Jaim, éste accedió, poniendo una condición: por recato, la mesa solo debía ser para caballeros.

El Jafetz Jaim, al escuchar el pedido del anfitrión, cambió de parecer y dijo:
—Si mi esposa, que tanto se esmera para atenderme y pasa toda la semana trabajando para que podamos celebrar el Shabat disfrutando juntos en familia, no puede compartir la mesa que preparó, entonces lamentablemente debo retirar mi invitación.

No hay duda de que si el Jafetz Jaim hubiera consultado con su mujer qué debía hacer, ella seguramente hubiera aceptado gustosa ceder su lugar para que en su casa comiera el ilustre rabino. Sin embargo, su esposo no dudó en responder con decisión.

Si el Jafetz Jaim, quien sabía perfectamente cuán grande era el honor de recibir al ilustre invitado, y sabiendo que eso no afectaría en lo más mínimo su matrimonio, optó por honrar a su esposa con el cariño que lo caracterizaba, cuanto más entonces debemos cuidarnos en cada acción de no lastimar u ofender a nuestras esposas o maridos.

El libro “Orjot Habait” dedica todo un capítulo a las conductas y enseñanzas del Jafetz Jaim en el tema de la armonía en el hogar y la familia.

Luego de la historia precedentemente relatada, trae el testimonio del Rab Mordejai Menajem Shwab, quien cuenta que el Jafetz Jaim, a pesar de haber sido humilde y austero a la hora de gastar el dinero en cosas superfluas e innecesarias, solía decir que, en aras de salvaguardar la paz en el matrimonio, correspondía ser de mano abierta y generoso con los pedidos de la esposa, aunque el dinero se gastara en cosas que aparentemente eran innecesarias. Es más, siempre recomendaba tener en casa una alcancía para emergencias con un rótulo que diga: “Caja de shalom bait — paz en el hogar”.

Para darnos una clara idea de cómo se debe cuidar el respeto en bien de la concordia, veamos la siguiente historia relatada por el mismo Jafetz Jaim:

En su juventud, durante la festividad de Januká, se paró frente la ventana del Rab Najumke Varodna para ver cómo éste realizaba la mitzvá del encendido de las luminarias.

Extrañamente pasaba el tiempo indicado y el Rab no encendía la janukiá. Luego de que pasara más de una hora, el Jafetz Jaim decidió averiguar qué sucedía. Ingresó a la casa del Rabino, y con vergüenza y respeto le preguntó:
—¿Sucedió algo? Solamente quiero saber para aprender: ¿Por qué aún no ha encendido la janukiá?

El Rab sonrió y le pidió:
—Siéntate, que te lo explicaré. La ley indica que si hubiese escasez de aceite en una casa y hubiese que optar entre encender una vela para Shabat o la luminaria de Januká, se debe priorizar la del Shabat, ya que de esa luz se nutre la paz en el matrimonio. Esto significa que, por un hogar en armonía, nuestros Sabios dispusieron que se puede dejar de encender la janukiá. Ahora bien, en mi caso, gracias a Dios no falta el aceite, pero la que aún no está en casa es mi esposa; ella trabaja mucho para que yo pueda dedicarme a estudiar Torá, y regresa en un rato más. En este caso, no dejaremos de encender las velas, sólo que lo haremos más tarde (según la ley, si no se encendió en el horario preferible, se las puede encender durante toda la noche). ¿No te parece que ella merece no perderse la mitzvá de encender, por lo que corresponde esperarla?

AYUDAR A LA ESPOSA EN LA CASA
El Talmud dice: “En los días de Yom Tob se debe subir a la Torá cinco personas como mínimo (a diferencia de Shabat, que mínimo son siete), ya que hay mucho trabajo en las casas para preparar la comida”.

El Gaón Yabetz preguntó: ¿Acaso la comida del hogar depende del hombre? ¡Los hombres deben rezar en la sinagoga, las mujeres no!
La respuesta es: cocinar es parte de las labores de la mujer, pero el hombre debe permanecer en la casa para ayudar con los niños, y es por eso que sólo suben cinco personas, para que el hombre ayude en casa.

En el libro “Toledot Yaacob” se cuenta que cuando uno de los alumnos del Rab Yaacob Israel Kanievski llegó para que su maestro le diera instrucción en el estudio, el Rab lo atendió con cariño, enseñándole muchos secretos para el buen aprendizaje. Antes de que se fuera le indicó:
—¡No te olvides de ayudar a tu mujer en casa! ¡Siempre debes ofrecerle tu colaboración!
El sorprendido alumno le dijo:
—¡Maestro, mi mujer es temerosa de Dios y es muy feliz de que yo estudie Torá!
Pero Rab Yaacob le respondió: ¡Ese es su deber, pero no te exime del tuyo, que es colaborar con su trabajo!
La recomendación del Rab fue clara y sencilla: ¡Colabora en casa, así tu mujer te estimulará a que sigas estudiando más tiempo!

CÓMO DEBE SER EL COMPORTAMIENTO EN LA CASA
Cuenta Rab Itzjak Zilvernshtein que recibió una pregunta muy interesante. La respuesta no era tan importante, sino la enseñanza que transmitía la pregunta:

Una familia con varios hijos vivía en Israel. El hombre de la casa pedía a su esposa que pusiera platos desechables en Shabat, ya que la familia era numerosa y no tenían sirvienta para que lavara la vajilla. Así que el hombre, pensando en su esposa, le pidió que pusiera cubiertos de plástico para Shabat. La mujer no aceptaba eso, ya que le parecía que así no se daba el respeto y el honor debidos al día sagrado.

Después de mucho discutir, fueron con Rab Itzjak Zilvernshtein para que les ayudara a llegar a una conclusión.
Dijo Rab Zilvernshtein:
—Vean el amor que se tienen uno al otro. Tú piensas en ella; aunque no es lo más cómodo comer con cubiertos de plástico, para evitar hacerla trabajar. Y tú, mujer, no estás dispuesta a aceptar eso, ya que el honor que se merecen Shabat y tu esposo está representado en comer en una vajilla honorable.
Vemos aquí cómo debe ser el comportamiento en la casa: que el hombre piense en ella y la mujer en él.

Se cuenta que Rab Aharón Leb Shteinman, uno de los más grandes rabinos de su generación, atendía a su esposa de una manera increíble. Muchas veces le llevaba la comida a la cama cuando ella se sentía mal y se preocupaba mucho de que comiera bien.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Éste es un principio básico de la Torá” (Rabí Akibá)

 




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