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Vida judía


LA PAREJA DEBE SER PARTE DE UNO
Por. Rav Salomón Michan



En hebreo hay tres lenguajes diferentes para referirse a personas “queridas”:

1. Yedid. 2. Jaber. 3. Reim.

En la berajá de la boda, utilizamos la palabra reim, como está escrito: “Saméaj tesamaj, reim ahubim”, “¡Alégrense, amigos queridos!”.

¿Por qué en la berajá está mencionada la palabra reim?

La diferencia entre esos tres lenguajes es que yedid se refiere a un amigo lejano; jaber es un amigo más cercano, con el que hay más confianza; y la palabra reim es aquella persona sin la que no puedes hacer nada.

Ésa es la base del matrimonio: que el hombre no pueda vivir sin su esposa y la mujer no pueda vivir sin su marido.

La Torá nos enseña que desde el día de la boda el matrimonio debe ser: “no poder vivir sin la pareja”.

Ésa es la alegría más grande del matrimonio: la pareja debe ser parte de uno mismo.

Dice el Talmud que la mujer fue sacada del costado del hombre. Otra opinión afirma que Dios quiso crearlos juntos; que el hombre y la mujer estuvieran pegados uno al otro, para separarlos luego.

Según la segunda opinión, pregunta el Gaón de Vilna: “¿Qué necesidad crearlos juntos, si al final los iba a separar? ¡Los hubiera creado separados desde el principio!”. A lo cual contesta: Dios quiere enseñarnos que el hombre y la mujer, en cuerpo son dos, pero en alma son uno.

Muchas veces decidimos no hablar con nuestra esposa por periodos largos. La pregunta es: ¿Cómo puedes dejar de hablarte a ti mismo? Puedes no hablar a tu amigo si te peleas con él; pero si reflexionas, te darás cuenta de que tu esposa es parte de ti. Fueron creados juntos. No es posible dejar de hablarse a uno mismo.

UNA HISTORIA DE AMOR REAL

Muchos hombres sabios y justos vivían en Jerusalem a comienzos del siglo XX. Esto incluía a las personas “simples”, como zapateros o sastres. Uno de ellos era Rab Yaacob Valinsky. Al igual que sus vecinos, vivía en la total pobreza. Era común que hasta los pequeños fueran a dormir de noche sin haber ingerido siquiera una comida sólida en el día.

Rab Yaacob estaba débil, postrado en su cama, resultado de sus años, sumado a la malnutrición debilitante.

Llamó a su esposa, quien de inmediato acudió para asistirlo: “Por favor, prepárame un plato de sopa de cereal”.

Sin saber de dónde sacaría los insumos para cocinar un cereal para su marido, pero deseosa de cumplir con su pedido, salió de la casa para conseguirlos. La comida escaseaba en aquellos días, pero, ¿quién sabía?, quizás sería la última comida nutritiva que él llegaría a comer.

Fue al mercado y compró la mejor harina que podía pagar; fue de un vecino al otro pidiendo prestado un poquito de este u otro ingrediente para poder cocinar el cereal.

Al fin, y por primera vez en meses, sintió el aroma de rica comida cocinándose en su cocina. Apenas estuvo terminada, acercó el plato a su marido.

Los ojos de Rab Yaacob se iluminaron al ver el plato. Una y otra vez, agradeció profundamente a su esposa, pero sin tocar la comida.

Al fin le dijo: “Gracias por el cereal. Ahora te pido que te lo comas”.

La esposa lo miró atónita. Rab Yaacob respiró con dificultad y le dijo:

—Sé que no voy a vivir mucho tiempo más y pronto no estaré aquí para exhortarte a que te cuides. Por eso, antes de irme, quería asegurarme de que prepararías un plato de comida digno de ti. Si te hubiera dicho que lo hicieras para ti misma, sé que no lo hubieras tomado en serio. Ahora, que ya está hecho, por favor, cómelo.

Pocas horas más tarde, Rab Yaacob Valinsky ya no estaba en este mundo. Sin embargo, la preocupación y el cuidado que demostró hasta en sus últimos momentos, siguen siendo una enseñanza eterna.

¿DÓNDE ESTÁ LA RABANIT?

Cuando Rab Shemuel Shapira consiguió publicar su primer libro, una inmensa emoción lo embargaba, y para festejarlo congregó a todos sus allegados.

En la sala de su humilde casa se amontonaban grandes paquetes con los nuevos libros; el ambiente olía a tinta fresca de los manuales recién impresos. Había llegado el gran momento. El Rab tomó un libro en sus manos, pero no lo abrió.

La gente sorprendida le preguntó:

—¿Qué espera para hacerlo?

Él, con suma humildad, respondió:

—A mi esposa. Esta obra no se realizó sólo con mi trabajo. Aquí hay muchísima dedicación y esfuerzo de ella. El libro es de los dos, por eso corresponde que el libro lo abramos por primera vez juntos.

Y así lo hicieron: la esposa se paró a su lado y juntos abrieron aquel libro tan preciado.

“Para tener un buen matrimonio, hay que enamorarse muchas veces… siempre de la misma persona”

___________________

Maséjet Ketubot 8a.

Maséjet Ketubot 8a. Ver Rabenu Bajyé, Bereshit 2:18.

“One shining moment”, de R. Yechiel Spero, Artscroll/Mesorah.

Rab David Pinto, “Pájad David”, 325, Matot-Masé.

 

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