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Shavuot Rezos


La Haftará de Shavuot




Introducción

Para la lectura de la haftará de la fiesta de Shavuot ha sido escogida una sección del libro del profeta Iejezkel (Ezequiel) 1:1-28 y luego se finaliza con el versículo 3:12. Para el segundo día de la fiesta (en la Diáspora), la sección escogida pertenece al profeta Jabakuk 2:20 - 3:19, incluido en el libro de Teré Asar (los doce profetas, que por ser sus libros de pequeñas dimensiones han sido recopilados en uno).

 

Comentario

Para la lectura de la haftará del primer día de la fiesta de Shavuot fue elegida una sección del comienzo del libro del profeta Iejezkel (siglo V a.e.c.) que es conocida como la profecía que habla sobre la "merkabá" - la carroza celestial. Esta haftará fue elegida para ser leída en Shavuot, pues así como en su profecía Iejezkel tuvo "visiones de D'os", en el día de Shavuot el pueblo de Israel también tuvo "visiones de la Divinidad" frente al monte Sinai cuando D'os les entregó la Torá (Kaf Hajaim 494:27).

"A los treinta años, en el cuarto (mes), en el quinto (día) del mes, yo estaba en la diáspora, cerca del río Kebar, y se abrieron los cielos y percibí visiones de D'os. En el (día) cinco del mes, en el año quinto del exilio del rey Ioiajín. Se le reveló la palabra de D'os a Iejezkel hijo de Buzí el Cohen, en la tierra de los caldeos sobre el río Kebar, y fue sobre él allí la profecía de D'os…" (1:1-3).

Pero dice el Rav Hirsch que incluso estudiando sólo el primer versículo de nuestra haftará podemos comprender por qué este capítulo ha sido escogido para leerse en el día de la entrega de la Torá. En este primer versículo el profeta Iejezkel nos recuerda que tan sólo habían transcurrido treinta años desde la renovación del gran pacto en los días del rey Ioshiahu cuando él recibió su profecía, y de todas formas el profeta ya se encontraba en la diáspora, cerca del río Kebar.

En el libro de Melajim II (II Reyes) desde el capítulo 21 se nos relata cómo la Torá había sido olvidada por completo entre los círculos más selectos de la nación y de la mayoría del pueblo, aquella mayoría que siempre había ido a ciegas detrás de sus líderes. Sólo una pequeña parte del pueblo que no estaba influenciada por la situación política y social todavía estaban aferrados a la Torá.

Menashé, el malvado rey de Iehudá, había asumido el trono después del fallecimiento de su padre, el piadoso rey Jizkiahu (siglo VI a.e.c.). Menashé reinó durante 55 años y su reinado estuvo caracterizado por la maldad que albergaba su corazón. Él construyó altares de idolatría en todo el país, e incluso en el Templo de Jerusalem.

Después de Menashé, durante dos años reinó su hijo Amón, quien siguió los malvados caminos de su padre, y después de que fuera asesinado por su gente, fue sucedido por su hijo Ioshiahu. En aquel tiempo Jilkiahu era el Sumo Sacerdote que controlaba el servicio en el Templo.

En los primeros diez años de su reinado, Ioshiahu fue tan malvado como su abuelo Menashé. Pero repentinamente hubo un cambio de rumbo. Un libro de la Torá que Moshé Rabenu había escrito personalmente hace muchos años, y que había sido escondido para que no sea quemado por el malvado rey Ajaz (bisabuelo del rey Ioshiahu) así como quemó otros rollos de la Torá, fue encontrado por Jilkiahu el Sumo Sacerdote en el Templo de Jerusalem. Entonces Jilkiahu aprovechó la oportunidad y le hizo llegar "un libro" al rey Ioshiahu. Al leerlo, el rey se dió cuenta de que ese no era simplemente "un libro", sino un libro de la Torá, y su corazón se llenó de remordimiento al ver hasta qué punto el nivel moral y espiritual del pueblo había caído a causa de la maldad de su padre, el rey Amón, y su abuelo, el rey Menashé.

Es así que el rey Ioshiahu decidió convocar a los ancianos de Iehudá y Jerusalem y a todo el pueblo, y leyó delante de ellos el libro de la Torá que había sido encontrado. Luego concertó un pacto delante de D'os donde se comprometía a cuidar todo lo que estaba escrito en la Torá, destruyendo toda la idolatría de su reinado.

Y en nuestra haftará, treinta años después, a pesar de la renovación de aquel gran pacto, el profeta ya se encontraba en la diáspora, cerca del río Kebar.

El Rav Mendel Hirsch dice que en esta haftará que es leída en el día de la entrega de la Torá, nosotros recordamos que en aquellas generaciones la separación y el alejamiento del pueblo de Israel de la Torá fue tan grande que la Torá fue olvidada entre los altos círculos del poder, incluso en el reino de Iehudá. Ella fue olvidada hasta tal punto que pudieron llegar a decir que Jilkiahu otra vez "encontró" un libro de la Torá para ellos.

Además, al leer nuestra haftará nosotros recordamos que aquella elevación que logró el pueblo en los días de Ioshiahu mediante la concertación de ese pacto no tuvo continuidad, y por ende no pudo impedir la catástrofe de la destrucción del reino y del Templo. Y aún más, la destrucción ya había venido pues los fuertes del pueblo ya habían sido llevados a Babilonia junto con el rey Iehoiajín, quien es recordado aquí, en el versículo 2, con el nombre de Ioiajín: "En el (día) cinco del mes, en el año quinto del exilio del rey Ioiajín".

Es por eso que la noticia que proviene de la oscuridad nos emociona mucho más; su voz es más fuerte y alienta la esperanza: "A los treinta años, en el cuarto (mes), en el quinto (día) del mes, yo estaba en la diáspora, cerca del río Kebar, y se abrieron los cielos y percibí visiones de D'os". Los cielos se abrieron incluso en la diáspora, cerca del río Kebar, lejos de la tierra de santidad.

Nuestra haftará nos enseña que D'os está cerca nuestro en cualquier lugar que nos encontremos. En la medida que cumplamos las mitzvot de la Torá seremos merecedores de recibir la bendición que D'os nos enviará dondequiera que estuviéremos. El hecho de que hasta ahora estuvimos alejados de D'os, y por ende, D'os de nosotros, no debe desalentarnos.

Esta es la idea que deben comprender quienes todavía están lejos de la tierra que D'os nos aseguró, después de que hayan recibido una vez más la Torá, leyendo en ella la revelación de D'os en el monte Sinai.




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