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Desde Elul Hasta Yom Kipur


Instroinspección
Por. Rabino Mordejai Herbst.



ROSH HASHANA. LA FIESTA DEL RETORNO AL JUDAISMO


El hombre goza, como se sabe, del derecho a la libre elección de sus actos, lo cual denominamos libre albedrío.

Al respecto afirma la Torá sin lugar a equívoco: "He aquí que yo doy delante de vosotros hoy la bendición y la maldición; la bendición si oyereis los mandamientos del Eterno, vuestro Dios, que yo os encomiendo hoy" (Deuteronomio, XI-26).

Ya al ser creado el primer hombre. Adán, fue sometido a la prueba del libre albedrío mediante la orden divina de no probar los frutos del Árbol del Bien y del Mal, se le dio a elegir entre la vida y la perdición.

A diferencia de otros pueblos y culturas, entendemos nosotros que el hombre no vive sujeto a la predestinación determinista.

El judaísmo es partidario acérrimo del libre albedrío en el hombre. Otras civilizaciones del mundo - las de Oriente y la griega, en especial - sostuvieron que el ser humano, como arte integrante e inseparable de la naturaleza, está ligado a sus leyes inmutables y no puede decidir nada por sí mismo en el curso de su existencia. Esto ciertamente se verifica en cuanto a su constitución corporal orgánica. Como toda criatura perteneciente al mundo de los seres vivos, el hombre está supeditado en su faz física, a ciertas leyes de la naturaleza que lo rigen biológicamente. Pero en lo concerniente a su mundo espiritual - intelectual, afectivo y volitivo -, nadie puede imponerle normas de conducta - salvo él mismo. Nadie más que él está facultado para discernir, en lo que atañe a su propia vida, entre el bien y el mal.

Esta es la diferencia esencial entre el hombre (animal racional) y la bestia, desprovista de la capacidad de raciocinio. El irracional obedece únicamente a sus instintos y a las leyes biológicas naturales; no se puede decir que maneja su vida ni que es dueño de sus actos. En cambio el hombre, además de prever a sus menesteres físicos, dirige también sus pasiones, pensamientos y estados anímicos.

Por eso la persona humana puede retomar el camino del bien cuando ha incurrido en pecado. Por ello dicen nuestros Libros Sagrados que el arrepentimiento fue creado antes todavía que el mundo, para que el hombre pudiera purificarse y ennoblecerse constantemente. Si no existiese el arrepentimiento, el mundo no subsistiría, se habría acumulado tal cantidad de maleza y degradación espiritual, que la humanidad habría sucumbido sin remedio. Por eso el arrepentimiento constituye una especie de tamiz, que separa lo bueno de lo indeseable.

Hemos dicho que el hombre goza de libre albedrío; por eso tiene que responder por sus actos, y es inútil acusar a los demás, a las circunstancias o a determinada situación por las propias faltas. Sólo el retorno voluntario, obediente igualmente al libre albedrío, puede atemperar el rigor del pecado.

El docto autor de la exégesis "Jidusche Harim", explica porqué mucha gente derrama abundantes lágrimas y redobla su pesar al decir el versículo: "El hombre está hecho de polvo y su fin es el polvo" (incorporado a los rezos de Rosh Hashaná y lom Kipur y de las ceremonias de inhumación). Se plantea el lógico interrogante:-¿Si el ser humano está" hecho - como lo atestigua el Génesis (III-19) - de polvo, y al polvo retorna, ¿cuál es el motivo de tanta aflicción? Si originariamente hubiese sido de oro, digamos, y su fin fuese el polvo, habría un verdadero motivo para apenarse. Al respecto discurre el erudito, que el peor de los dramas consiste justamente en que el hombre surge del polvo, y no se enaltece en lo mas mínimo; sino que vuelve al polvo del que fue creado, como dijo el Altísimo a Adán: "Porque polvo eres tu, y al polvo tornaras" (Génesis, III-19).

Es realmente doloroso que así sea, cuando el hombre tiene como función primordial perfeccionarse y elevarse en su esencia, y no quedar estancado en su condición original.

Es interesante poner de relieve un pequeño detalle lingüístico: en las Escrituras se hace referencia al "toro de un día"; vale decir que desde el día de su nacimiento, este animal se denomina "toro". En todo el curso de su existencia sigue con el mismo nombre, como tal vive y como tal muere. En lo que concierne al hombre, la situación es totalmente distinta; el ser humano evoluciona constantemente. Al nacer se llama neonato o lactante, después - bebe o rorro, sucesivamente: niño, adolescente, muchacho, adulto, anciano. Tal es así que el hombre no cesa de evolucionar, y su desarrollo es ininterrumpido - hasta que la máquina se detiene para siempre.

Algo semejante ocurre con el sentimiento de contrición y arrepentimiento que todo judío debe albergar. Lo fundamental es que esto se practique cuando todavía hay tiempo, porque al postergar el retorno por el buen camino indefinidamente, puede suceder lo imprevisible y entonces será demasiado tarde.

Así dijo el profeta Isaías: "Requerid al Eterno mientras sea hallado, llamadle mientras está cercano" (Isaías, XV-6).

Como ilustración a este tema, viene muy a propósito lo que se cuenta de cierto apóstata; una vez este individuo enfermó gravemente en vísperas de lom Kipur. Cuando sus allegados fueron a visitarlo lo encontraron llorando amargamente. Le preguntaron, entonces, porque lloraba, siendo inconcebible que se doliera por la proximidad del Día de la Expiación, hereje como era. El hombre respondió airado que él, lógicamente, no era persona que se conmoviera por la vecindad de tal o cual día. Lo único que le preocupaba era que si moría justamente aquella noche, se vería obligado a ayunar en lom Kipur contra su voluntad - cosa que hasta entonces nunca había hecho...

Por eso lo esencial en el judaísmo es no retrasarse; la contrición debe verificarse en vida; no en vísperas o después de exhalado el último suspiro. "Requerid al Eterno mientras sea hallado"...

Nadie puede negar que todo judío es devoto y probo en su interior, y ama su religión. Alguien preguntó cierta vez porqué el pueblo judío declaro "haremos y escucharemos" (Éxodo, XXIV-7), al recibir los Diez Mandamientos. Todos saben que los judíos son un pueblo inteligente, pero es que la Ley de Dios está hecho a su medida, y ellos lo advirtieron instintivamente.

Rosh Hashaná, los Días Solemnes (lamim Noraim), restituyen al judío a su raigambre original, a su genuino judaísmo que está sólidamente afirmado en su interior, en el corazón y en el alma, pero que se empaña a veces por la tosquedad del trajín diario.

Los Días Solemnes, en consecuencia, vienen a quitar el polvo del alma judía, a pulirla y engalanarla; entonces la persona se renueva plenamente y vuelve a sus fuentes.

Un pensador moderno expresó en cierta ocasión que nuestra mente es como un cementerio de días fenecidos. Por lo tanto debemos procurar que cada uno de esos sepulcros ostente una decorosa lápida; es decir, que los días transcurridos en nuestra vida dejen en nosotros un buen recuerdo.

Por eso decimos en los oficios religiosos de lom Kipur y Rosh Hashaná: "¡Escucha nuestra voz oh. Eterno, nuestro Dios!" Como si dijéramos: Escucha lo que sentimos en nuestro interior; pues la voz es el lenguaje del mundo subjetivo del hombre. Por medio de ella exterioriza sus pensamientos, su afectividad y, emotividad - es el lenguaje de la 'psique’. Como el judío es interiormente bueno y temeroso de Dios, da rienda suelta a sus sentimientos y pasiones en los Días Solemnes, elevando su voz al Todopoderoso y descubriendo de esa manera las intimidades de su alma.

Por lo tanto, cuando llegan los Días Solemnes en que se toca el "shofar", es fundamental que los sonidos emitidos por este primitivo instrumento sean auténticos. Es sabido que el "shofar" no tiene sonido propio, sino que produce el sonido según se sople por el. El "shofar" debe reproducir, en consecuencia, nuestra voz interior; manifestar expresiva e inequívocamente nuestra adhesión eterna al judaísmo; en ese momento tenemos la oportunidad de volver por el camino recto de la tradición judía. Este afán se manifiesta por medio de la contrición - privada y colectiva -, reconociendo nuestras faltas y arrepintiéndonos de ellas.

Entonces el Creador escuchará nuestras plegarias, y a nuestro ruego: "¡Escucha nuestra voz oh, Eterno!", nos responderá sin lugar a dudas el tan ansiado: "Perdonaré como tu pides".





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