La experiencia diaria nos da
la impresión de una separación muy marcada y profunda entre
la sociedad observante de la religión y la cultura occidental moderna.
Las discrepancias tienen su origen en los diferentes puntos de vista acerca
de los valores universales y cuestiones existenciales, valores que se
manifiestan en su aplicación práctica a la vida cotidiana.
Un caso particular e importante
de esta discordia es la polémica, aparentemente inevitable, entre
la ciencia y la religión. La ciencia y la tecnología, junto
con la libertad de opinión y credo, son el símbolo y el orgullo
de la sociedad occidental moderna. Los desarrollos tecnológicos,
un producto directo del avance en la ciencia, transformaron por completo
nuestra forma de vivir. Calificamos de anticuada, o primitiva, a toda
idea o actitud que ignora o se opone a la verdad científica.
La religión, para muchos,
se asocia a la restricción de pensamiento. La investigación
y el cuestionamiento, herramientas fundamentales de la ciencia, se ven
limitadas, y a veces condenadas por la fe religiosa. El caso de Galileo,
que se vio obligado a abjurar ante la Inquisición, es un ejemplo
extremo de esta estrechez.
Muchos ven en la religión
la sublimación de los valores morales y una fuente de inspiración.
Estos, por lo general, distinguen entre los valores universales difundidos
por la religión y su interpretación o aplicación práctica.
Esto, no obstante, es una adopción parcial de la religión, puesto
que la religión de por sí no se limita a las ideas sino también
a los actos derivados de ellas.
Debemos aclarar que existen
muchas diferencias, ideológicas y prácticas, entre las numerosas
religiones. No pretendemos, ni deseamos en este artículo, tratar
de las religiones en general, sino del caso particular de la religión
judía, la cual, como miembros del pueblo judío, merece nuestra
máxima atención.
El Judaísmo
y la Investigación
Es sumamente importante mencionar
la relación tradicional y recíproca que hubo en todos los tiempos
entre los eruditos judíos y la investigación de la naturaleza.
Decenas de nombres judíos ilustran a través de los siglos el
estudio profundo de los fenómenos naturales. Muchos consideraron
este estudio como una “Mitzvá”, una obligación que tiene
todo judío de comprender cuanto más la sabiduría del Creador.
Sabios que abarcaban todas
las ciencias podemos encontrar en todas las épocas y en todos los
lugares de la diáspora judía. Nombraremos aunque sea a algunos
de los más destacados.
Ya el gran amoraíta (sabio
judío) Shmuel de Babilonia (año 230) era famoso por su conocimiento
en medicina y astronomía.
El gran sabio Ibn Sina de Bujara
(980-1037) fue reconocido a la edad de 20 años en todo el mundo como
el mayor letrado de su época. Su famosa obra “El Canon de la Medicina”
sirvió como texto de estudio durante 600 años. Redactó
16 libros de medicina, 11 de astronomía y ciencias, 68 de teología
y cuatro obras poéticas.
La diáspora judeo-española
se destacó por su gran número de letrados en todas las ciencias,
entre ellos, Shlomo Ibn Gvirol (1022-1058), conocido filósofo, astrónomo,
científico y poeta; Avraham Ibn Ezra (1100), lingüista, matemático,
astrólogo y poeta; Maimónides (1135-1204), el gran comentarista,
filósofo, médico, matemático y astrónomo; Yehuda Ibn
Matca (1245), filósofo y enciclopedista; Yosef Ibn Caspi de Provenza
(1300) – filósofo y lingüista; Shmuel Ibn Vacar (1340), médico
del rey de Castilla; Don Isac Abarbanel (1437-1508), comentarista, filósofo,
médico y gran estadista, sirvió como tesorero de Alfonso V rey
de Portugal, luego como consejero de los reyes católicos Fernando
II de Aragón e Isabel I de Castilla hasta la expulsión de España,
y por último como consejero de los reyes de Nápoles; Tam Ibn
Ijya (1470-1542), médico de Solimán El Magnífico de Turquía.
Después de la expulsión
hispana, los eruditos judíos comienzan a destacarse en otros lugares
del planeta, como por ejemplo, Yehonatan Aibshitz de Polonia (1690-1764),
filósofo, astrónomo y científico; el Gaon de Vilna (Lituania,
1720-1797), gran genio de todas las épocas, experto en todas las
ciencias; Ijya Aviach de Yemen (1873-1934), astrónomo y médico.
Hasta podemos encontrar ejemplos
más contemporáneos. Tal es el caso del gran Rabino Avraham Isaías
Karelitz (1878-1953), conocido por “Jazón Ish” (el título de
su obra), quién, nacido en Lituania, se asentó en Israel en
la ciudad de Benei Brak. El gran rabino Karelitz ejerció como dirigente
y autoridad mundial de las congregaciones judías. Junto a su erudición
rabínica era experto en astronomía, matemática, medicina
y botánica.
¿Estado de Guerra?
La primer cuestión que
debemos aclarar es si las doctrinas científicas y religiosas se oponen
por esencia. En otras palabras, la persona que acepta la fe religiosa…
¿debe obligatoriamente renunciar a investigar ciertas áreas de la
ciencia? ¿Debe el científico considerar la religión como a su
proclamado enemigo?
Las verdades científicas
y religiosas, no solo no se contradicen sino que además se complementan,
pues ambas se ocupan de cuestiones diferentes. La ciencia es descriptiva.
El científico analiza los factores que participan en cierto fenómeno
y busca una fórmula, o ley, que lo describa.
Tomemos, por ejemplo, la ley
de gravedad. Los científicos estudiaron la caída de los cuerpos
(Galileo) y el movimiento de los planetas en sus órbitas (Kepler).
Finalmente, Newton formuló la ley de gravitación universal,
determinó los factores participantes (las masas y la distancia relativa)
y estimó la magnitud de la constante universal de gravitación
(G). Enrique Cavendish determinó por medición la magnitud de
la constante G (1798) y el Instituto Nacional Americano de Standards (ANSI)
definió en 1942 su valor actual.
La ciencia describe los fenómenos
observados, sus causas y sus consecuencias, pero no el objetivo de dichos
fenómenos. La ciencia puede llegar a conocer las consecuencias de
los fenómenos. Es así que se pudieron lanzar satélites
al espacio. La ciencia no pretende explicar el objeto de la gravedad,
así como no se puede explicar en el laboratorio el objeto de la escritura
jeroglífica.
La explicaciones ofrecidas,
a menudo por los mismos científicos, no son de carácter científico
sino filosófico. Los argumentos científicos-filosóficos
son suposiciones y no se consideran ciencia, es decir, conocimiento.
La religión enseña
acerca de la relación entre la naturaleza y el Creador. Cada fenómeno,
cada ley, cada cosa y cada individuo tienen su objetivo en la creación.
Si observamos, por ejemplo, un libro, distinguimos su forma, sus dimensiones,
el sistema de imprenta, el tipo de caracteres, etc. Todo esto pertenece
al análisis científico del libro. La idea transmitida por intermedio
del libro, es decir, su objetivo, no pertenece a la ciencia. Las ideas
son el producto, o creación, de una inteligencia y como tales pueden
ser comprendidas y analizadas únicamente por otra inteligencia semejante.
Las ideas, los valores morales,
el arte y el sentido de la estética trascienden los límites
del mundo material y, por consiguiente, de la ciencia.
Para concluir este punto, citaremos
a algunos científicos famosos.
El Prof. Efraim Katzir en su
libro “En Medio de la Revolución Científica”, explica que la
ciencia no está en posición de calificar cuestiones morales:
“Desde la perspectiva de la ciencia, los problemas morales más
simples no tienen significado”. Hay todo un mundo de valores, pero
“la verdad científica es técnica y está desprovista
de valores”. El individuo que acepta sólo lo “científico”
pierde el sentido de su propia existencia: “si no se conoce la esencia
de la bondad y la misericordia, la rectitud, la decencia…se ignora el
significado de la vida”.
También Albert Einstein
escribió sobre la relación y dependencia recíproca entre
la religión y la ciencia. La religión “es aquella que fija
la meta” pues es la fuente de “la aspiración hacia la verdad
y la comprensión”. La ciencia, por su parte, determina “qué
recursos contribuirán al logro de las metas”. La búsqueda
de la verdad es el valor moral que guía al “verdadero científico”
en su investigación.
A Einstein la vida “parecería
totalmente vacía sin la persecución del objetivo”. Es éste
el objetivo metafísico “que es inalcanzable en la investigación
científica”, decía el gran científico judío.
Hay quienes creen que la ciencia
puede explicarlo todo. Lo que no se entiende hoy, algún día
la ciencia lo explicará. En este sentido, el notable físico
Max Planck aclara el error: “Las realidades concebibles de la naturaleza
no pueden ser completamente descubiertas por ninguna rama de la ciencia”.
Es un proceso, por definición, interminable: “vemos en todos los
adelantos científicos modernos que la solución de un problema
sólo quita el velo al misterio de otro”. La investigación
científica nos proporciona los detalles de los fenómenos, más
la comprensión de estos “es esencialmente metafísica”.
El Enfrentamiento
sin Frente
De acuerdo con lo dicho anteriormente,
no debería haber discusión alguna entre la ciencia y la religión.
A pesar de eso, hay varios desacuerdos famosos entre la religión
y la ciencia.
Intentemos de resumir las mayores
áreas de disidencia: la edad del mundo (geología); la evolución
de las especies (biología y bioquímica); el origen del universo
(cosmogonía); la crítica de la Biblia (lingüística)
y la historia hebrea (historia y arqueología).
Es fácil deducir que todas
las discrepancias entre la ciencia y la religión están limitadas
a las ramas de la ciencia que estudian el pasado. Son estudios de una
naturaleza histórica y como tales, no pertenecen a las ciencias exactas.
Este punto vale una aclaración. Un detective puede hacer uso de las
técnicas más avanzadas y de los mejores laboratorios para investigar
cierto caso. A pesar de esto, sus conclusiones acerca del desencadenamiento
de los hechos son el producto de un esfuerzo intelectual, de la experiencia
o, simplemente, de la intuición.
No hay un sólo ejemplo
de discordia entre la religión y la ciencia acerca de leyes naturales
o de hechos observables empíricamente. Casos como los de Copérnico
y Galileo, que fueron perseguidos por la Iglesia, no existieron, ni existen
actualmente, en la religión judía.
Todas las disidencias mencionadas
anteriormente tienen otra cualidad en común: son todas teorías
científicas no comprobadas. En este artículo tendremos que limitarnos
a algunos ejemplos para justificar lo dicho anteriormente. Un estudio
exhaustivo del tema requeriría todo un libro.
La Edad del Mundo
Cuando se trata de la edad
de mundo, la idea común es que los científicos determinaron
por intermedio de mediciones la edad de restos antiguos, ya sea fósiles
o capas geológicas. Pero la realidad es muy diferente.
Un buen ejemplo es el uso del
isótopo radiactivo del carbono, el C14, para determinar
la edad de los fósiles. El límite superior de medición
con este elemento es de 40.000 años, que equivale a siete veces la
“media vida” del elemento (valor físico de los elementos radiactivos
que determina el tiempo necesario para la transmutación de la mitad
de una masa dada). Con todo, la medición de miles de hallazgos con
C14 no muestran señal de vida más allá de los
7.000 años. (Whitelaw, Libby y Holmes en varias publicaciones).
Considerando los errores por
extrapolación incluidos en los cálculos, estas cifras están
de acuerdo con la fe judía, pero no lo están con la teoría
de la evolución. A este respecto escribe el profesor Baro: “Cuando
la cronometría del carbono 14 apoya las teorías la escribimos
dentro del texto, cuando las contradicen la anotamos al pie del artículo,
y cuando es totalmente diferente, la omitimos.”
Si las mediciones directas
no dan los resultados “correctos”, ¿en qué se basa la suposición
de que los dinosaurios vivieron hace 135 millones de años? Pues,
en este caso, al no haber medición directa, se usa un método
de deducción indirecto: la edad de los restos fósiles corresponde
a la edad del estrato geológico en el cual fueron hallados.
Aquí cabe, por supuesto,
la pregunta: ¿en qué se basa la cronometría de las capas geológicas?
Hay muchos datos sorprendentes respecto a los métodos utilizados
por la estratigrafía, uno de los cuales es el llamado “razonamiento
circular”: la edad relativa de los estratos se deriva de los restos fósiles
hallados en dicha capa, de los cuales conocemos su edad por los estratos
en donde fueron encontrados…
Para empeorar más la situación,
la idea de que los restos fósiles apoyaban la teoría de la evolución
sufrió una gran sacudida. Junto a las dificultades de cronometría
mencionadas anteriormente, se sumó la dificultad de que no se han
encontrado formas intermedias (como entre los anfibios y los mamíferos
o entre el mono y el hombre, el eslabón perdido). Cálculos estadísticos
demuestran que probablemente dichas formas jamás existieron.
En el congreso de paleontólogos
que se llevó a cabo en Chicago en el año 1980 se admitió
oficialmente la dificultad que ofrecen los fósiles a la teoría
de la evolución. El Prof. Gould, de la universidad de Harvard, llamó
a esto “el secreto profesional de los paleontólogos”.
La Evolución
La teoría de la evolución,
que se nos presenta tan clara y pulida en los libros de estudio y en las
enciclopedias, es en efecto una idea sumamente cuestionada y problemática
en las obras originales de los investigadores.
Presentaremos aquí una
selección de citas notables para darnos una idea de cuán “científica”
es la teoría.
El destacado genetista August
Weisman admite que la selección natural no es un fenómeno observable
empíricamente: “Nunca podremos determinar, por medio de la observación,
la investigación o el experimento, el proceso de la creación
de una nueva especie por la selección natural en la lucha por la
existencia”.
Por su parte, el evolucionista
Michael Denton afirma de que la suposición de un caldo orgánico
prebiótico carece de todo apoyo geológico: “se adviene como
una sacudida el darse cuenta de que no hay absolutamente una (sola) evidencia
positiva de su existencia”.
D. E. Hull publicó en
la prestigiosa revista científica Nature un artículo
donde explica que la idea de compuestos complejos formados espontáneamente
en base a elementos más simples (idea fundamental de la evolución)
está negada por las leyes de la termodinámica, la física
atómica y la mecánica cuántica. Su conclusión es muy
pesimista: “La conclusión de estos argumentos presenta el más
serio obstáculo, si no fatal, a la teoría de la generación
espontánea”.
H. S. Lipson , hablando de
la aparición espontánea de la vida a partir de materia orgánica
abiótica, llega a la misma conclusión: “La generación
espontánea de células contradice la segunda ley de la termodinámica”.
Simpson y Bech explican el
razonamiento que fundamentan las leyes de la termodinámica: “Una
aportación incontrolada de energía no es suficiente para producir
un sistema ordenado. Para ello hacen falta un sistema de información
y una capacidad que sepa cómo utilizar esa energía.”
Una torta de cumpleaños,
un objeto infinitamente más simple que una célula, no se hace
“por accidente”. Debe haber una conciencia que controla y ordena el proceso
de preparación de la torta.
En una revista científica
de I.B.M. se analiza la transición de vida acuática a terrestre.
Esto “implicó una transformación extrema y dramática
en las características de sus huevos”. A continuación se
enumeran varias diferencias esenciales entre los huevos terrestres y los
acuáticos: la cáscara, la prominencia endurecida para romper
la cáscara, el almacenamiento del alimento para el embrión y
una bolsa para acumular los residuos del metabolismo. El autor llega fácilmente
a la conclusión de que hubo un proceso controlado: “Estas transformaciones
no pudieron haber sido útiles si no hubiesen estado coordinadas y
sincronizadas”. Pero he aquí la contradicción: la coordinación
implica un objetivo y un plan, “idea totalmente rechazada por la evolución”
que supone mutaciones “accidentales”.
G. Wald, Premio Nobel en fisiología
en el año 1967, resume un artículo en Scientific American donde
detalla numerosas cuestiones sobre la teoría de la evolución,
con palabras de admiración: “solamente hay que contemplar la magnitud
de esta obra para admitir que la generación espontánea de un
organismo viviente es imposible”. Su respuesta resulta muy sor– ¡la
necesidad (?) nos obliga a creer que lo imposible pudo ocurrir!
Muchos cálculos de probabilidades
demostraron que la evolución no tiene probabilidad práctica.
Un ejemplo nos da el famoso científico Fred Hoyle: “La probabilidad
de que se generasen 2.000 de las enzimas conocidas que actúan en
la célula a partir de cadenas nucleotídicas accidentales es
de 10-40.000”. Es decir, incluso para un pequeño “paso”
de la evolución, la probabilidad es prácticamente nula. (Hay
una ley del matemático Emil Borel que determina que un fenómeno
con probabilidad menor que 10-50 no existe).
El renombrado filósofo
de la ciencia, Karl Popper, enumera las exigencias fundamentales de una
teoría científica. Una de ellas determina que la teoría
debe permitir su comprobación o refutación. Su opinión
sobre la teoría de la evolución es categórica: “El darvinismo
no es una teoría científica sino metafísica. Puesto que
la teoría de la evolución no puede hacer predicciones, y por
lo tanto no puede comprobarse si es falsa, no es por consiguiente una
teoría científica.”
Reflexiones
El lector se preguntará,
con razón, si todo esto es posible. Da la impresión de que estaríamos
culpando al conjunto de científicos de una conspiración general,
de intentar engañar a todo el mundo. Que quede claro: la ciencia
y los científicos, se merecen su adecuado respeto. Aquí estamos
presenciando otro tipo de fenómeno social. Para comprenderlo, presentaremos
dos citas más.
Michael Denton explica que
la aceptación de la evolución como una verdad científica,
fue un proceso gradual y espontáneo: “gradualmente los conceptos
darwinianos permearon todo aspecto del pensamiento biológico”.
El uso constante de los conceptos darwinianos está desligado de su
origen metafísico – “actualmente todo fenómeno biológico
es interpretado en términos darwinianos”.
Aldous Huxley, en su libro
“Confesión de un Ateísta Declarado”, ve en la aceptación
de la evolución una debilidad muy humana: “Tuve motivos para desear
que el mundo no tuviese sentido; consecuentemente, supuse que no lo tenía
y no tuve dificultad alguna en encontrar razones satisfactorias para esta
suposición…”. La ciencia no es la causa de nuestra imagen de
la existencia, sino exactamente lo opuesto; las teorías científicas
pueden estar hechas a la medida de nuestros deseos. “La filosofía
de falta de sentido fue esencialmente un instrumento de liberación”.
Son éstos los mismos mecanismos de autodefensa conocidos por la psicología,
que nos hacen justificar nuestras propias ideas.
Con esto volvemos a nuestro
tema: la religión. La religión nos enseña que el motivo
real para rechazar la fe en Dios no se debe a “pruebas” o “dudas”. Éstas
sirven sólo de pretexto, o manifestación de algo mucho más
profundo: la sensación de que la religión y la moral lo limitan.
La Religión
y el Adelanto Científico
En diferentes oportunidades,
nos enteramos de fuertes discordias que surgen entre grupos religiosos
y grupos científicos.
La idea que captamos es que
los religiosos, con sus creencias anticuadas, impiden el avance científico.
Las discrepancias entre grupos
con culturas y valores diferentes son un hecho inevitable. Todo grupo
lucha por aquello que considera estar en lo más alto de su escala
de valores.
El engaño está en
intentar presentar un desacuerdo entre dos puntos de vista como una lucha
por la libertad de la ciencia. Tomando como ejemplo extremo y abominable,
el médico nazi Josef Mengele solía hacer experimentos médicos
con prisioneros judíos. Estos “experimentos” incluían el estudio
del efecto de diferentes venenos y tóxicos sobre el cuerpo humano,
o la capacidad de resistencia del cuerpo a operaciones sin anestesia.
Por más diabólico
que sea este ejemplo, no podemos dejar de aprender la gran moraleja: los
valores morales deben limitar, y a veces detener, el avance científico.
No se puede, en nombre de la
ciencia, derribar las barreras.
La definición del momento
de la muerte o la preservación de cementerios son cuestiones puramente
morales. La medicina no tiene claro aún el momento de la muerte y
es por eso que en diferentes países, o incluso en distintos hospitales,
actúan de manera diferente.
Si no desviaran el tema a una
lucha contra los religiosos, es muy probable que otras personas, no identificadas
con la religión, defendiesen los mismos valores morales.
¡Cuán numerosas son
Tus obras, todas con Sabiduría las Has hecho!
Salmos CIV, 24
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