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Vida judía


Por la senda correcta - (En el carro adecuado)
Por. Leah Brown



"¡Todos a bordo!", gritó el recogedor de boletos desde la puerta del tren de las 7:10 que llega a Penn Station. Los viajeros abonados se subieron rápidamente y se sentaron en sus asientos habituales.

Don Samuel Fried cruzó apresuradamente el andén y se deslizó en el vagón por las puertas que estaban cerrándose. "Justo", murmuró buscando un asiento. "Este ritmo me está volviendo loco. Todos los días corro para alcanzar el tren. Trabajo sin descanso el día entero para ganarme la vida. Llego tarde a casa y ceno solo. Ya casi no veo a mi esposa ni a mis hijos. Hasta cuándo podré soportar esto."

Pero estos pensamientos depresivos del señor Fried fueron interrumpidos por la voz del inspector que resonó por el altoparlante mientras el tren se detenía: "Lamentamos molestarlos, pero tenemos problemas con el motor y solicitamos a todos los pasajeros trasladarse a los primeros tres carros."

Mientras esperaba de pie en el tercer vagón le llamó la atención un hombre que estaba sentado con un libro en hebreo abierto sobre sus rodillas.

El Sr. Fried recordó entonces su niñez. "Vamos Shmuel", le dijo su padre un día tomándolo de la mano. "Vayamos al Shilz antes de Minjá para el Shiur del rabino (curso de Tora)". Shmuel se fue brincando feliz al lado de su padre, pero luego decidió que debía caminar como él. "Papá debe pensar que ya soy grande si me lleva al Shiur del rabino. Debo comportarme como tal".

El tren se puso nuevamente en marcha y Sam Fried dejó de pensar en su niñez. Sacudió la cabeza como para borrar esos recuerdos de su memoria. Se dio cuenta entonces que muchos hombres leían un libro en hebreo y se balanceaban levemente mientras escuchaban algo por unos audífonos. El Sr. Fried quedó intrigado. "¡Penn Station! ¡Última parada! ¡Penn Station!"

Sam no pudo seguir meditando al respecto. Comenzaba la carrera del tiempo. Bajarse del carro, abrirse paso entre la multitud, llegara la oficina, tomar el teléfono y trabajar apresuradamente.

A la mañana siguiente el Sr. Fried llegó un poco antes a la estación y esperó el tren frente al tercer carro. Al abrirse las puertas quince hombres se subieron con esos libros que le parecían tan conocidos y se sentaron en los cuatro primeros corredores. Él se instaló en la quinta y observó la escena. Al igual que el día anterior todos tenían sus libros abiertos y los audífonos puestos. Uno de ellos llevaba un pequeño micrófono conectado a su audífono. Comenzó a hablar suavemente. Los otros escuchaban y se balanceaban. Algunos incluso mascullaban conjuntamente con su guía espiritual.

Sam Fried recordó nuevamente la época en que era un niñito llamado Shmuel. Un pequeño grupo de niños amontonados en torno a una mesa vieja. Comparten tres libros. Un hombre alto y con barba se pasea alrededor de la mesa. Indica algo a uno, arregla la kipá de otro, da unas palmaditas en la cabeza a un tercero. Uno de ellos lee la Guemará en voz alta sin equivocarse. Una amplia sonrisa ilumina el rostro del rabino: "¡Hermoso, Shmuel, serás un gran Talmid Jajam (erudito de la Tora) cuando crezcas!" Sam Fried también sonrió al recordar estas palabras.

Las tres mañanas siguientes se sintió irresistiblemente atraído hacia ese tercer vagón. Su gran interés por el grupo era cada vez más obvio. Al quinto día uno de los hombres se le acercó para conversar mientras salían de Penn Station. "Buenos días, soy Abe Klein. Veo que usted está interesado en nuestra pequeña clase en el tren." "Sí", respondió Sam Fried, ansioso. "¡Cuénteme por favor de qué se trata!" "¡Por supuesto! ¿Sabe lo que es el Talmud?" "Recuerdo haberlo estudiado con mi padre cuando era niño. Pero no llegué a profundizar mucho porque la guerra estalló cuando tenía nueve años."

Una vez más pasó ante sus ojos una escena de su juventud. Alemania había ocupado Austria y los Fried habían decidido poner a salvo a sus hijos. "¡Papá, Papá! No me obligues a irme. Quiero quedarme contigo y con Mamá. ¡Por favor, Papá!" El hombre apretó fuertemente a su pequeño hijo en sus brazos. Las lágrimas le corrían por las mejillas. "Shmuel, ojalá pudieras quedarte, pero la guerra es muy peligrosa. Mamá y yo debemos mandarte a ti y a tu hermana con esos otros niños a Inglaterra donde estarán a salvo". "¡Cuándo los veremos de nuevo!" "Pronto, Shmuel. Apenas termine la guerra iremos a buscarlos." "Papá, ya soy grande. ¿No puedo quedarme con ustedes? Me portaré muy bien", les imploró Shmuel. "Yo sé que tú eres bueno, Shmuel. Por eso debes encargarte de tu hermana Jana. Trata de cumplir siempre tus Mitzvot (mandamientos de la Tora) lo mejor posible. Y prométeme que siempre estudiarás la Tora..."

Mientras estas palabras aún resonaban en sus oídos el Sr. Fried intentó volver al presente. "Lo siento, Sr. Klein, no escuché lo último que me dijo". "No importa. Le estaba explicando que el Rabino Meir Shapiro sugirió hace setenta años que todos deberían leer una página del Talmud cada día y así se podría estudiar íntegramente las seis secciones del Talmud en siete años y medio. Decidimos entonces aprovechar nuestra hora en el tren para estudiar y le pedimos al rabino Rosenberg que fuese nuestro profesor." "¡Qué increíble! ¡Qué bien aprovechan el tiempo que se pierde en el viaje!" "Y aunque no lo crea, los Ferrocarriles de Long Island nos prometieron que si reuníamos un grupo de cincuenta personas nos cederían un carro especial." El Sr. Fried miró su reloj. "Debo apurarme. Gracias por la clase".

Antes de que el Sr. Klein pudiese decirle algo se había perdido entre la multitud. Sin embargo, los recuerdos del pasado afluyeron a su mente el día entero. Su padre inclinado ante una Guemará. La mesa para Shabat con loza blanca y cubiertos de plata que brillaban levemente. Su madre encendiendo las velas de Shabat y besándolos a él y a su hermana. Ese día terrible en que lo apartaron de sus padres. Esos años en Inglaterra en que añoraba su hogar y vivía con una familia de campesinos no judíos. Cómo él intentaba no olvidar decir sus berajot (bendiciones) y Shemá en las noches. Finalmente, esa carta fatal que decía que sus padres habían muerto y que no volverían nunca más a buscarlo. Los recuerdos iban surgiendo uno tras otro en su mente.

No pudo soportarlo más. Agarró su abrigo y salió prácticamente corriendo de su oficina. A la pasada le gritó a su sorprendida secretaria que estaría el día ausente.

Se sentía tremendamente arrepentido. "No creo poder observar todos los preceptos de la Tora. Quizás será mejor que me una a ese grupo del tren para volver a estudiar Tora y así cumplir la promesa que le hice a mi padre". Esa noche dio vueltas y vueltas en su cama y no logró quedarse dormido. A la mañana siguiente se levantó lleno de energía. Al subirse al tercer carro se sentó junto a su nuevo amigo. Abe Klein le pasó un par de audífonos y una Guemará. El Sr. Fried se los puso y, sin hablar, intentó seguir la clase. Cuando llegaron a Penn Station, Abe le dijo: "Sam, si quieres podemos juntarnos en las tardes para revisar lo visto en la mañana". Esa noche Sam Fried contó a su amigo parte de su pasado. "Me costó seguir el Shiur (clase) esta mañana. Pero empecé a recordar varias cosas." "Se te hará cada día más fácil", le respondió el Sr. Klein para alentarlo. "Abe, dime, ¿cómo supiste que yo quería unirme al grupo?", le preguntó el Sr. Fried. El Sr. Klein sonrió. "Sam, parecías tan fascinado por nosotros que pensé que valía la pena intentarlo. Comencemos ahora a revisar y rememorar nuestra clase".

En los siete meses que siguieron a este día, Sam Fried empezó a usar kipá y a decir sus berajot. Al principio su esposa y sus hijos se sorprendieron mucho, pero lo comprendieron. Los Fried tuvieron luego una cocina Kasher y se pusieron poco a poco a observar el Shabat con la ayuda de sus nuevos amigos, la familia Klein. Un viernes en la noche que estaban en casa de los Klein, Sam Fried dijo: "Creo que la promesa que había hecho a mi padre me hizo volver al judaísmo", y todos rieron cuando agregó, "¡con una pequeña ayuda de los Ferrocarriles de Long Island!"

Al lector: Si desea encontrarse con gente como los señores Sam Fried y Abe Klein tome el tren que va de Long Island a Nueva York en la estación Far Rockaway cualquier día de semana a las 7:10 de la mañana.

Relato verídico publicado en la revista"El Kolel", transcripto con la autorización de su editor.





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