Rav Shlomo Wiener
Januca

El milagro de las luces

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El milagro de Janucá aconteció un vigésimo quinto día de Kislev. Pero primero debemos referirnos al contexto histórico que llevó a este acontecimiento. En esa época los griegos dominaban el Medio Oriente. Su rey Antíoco quería difundir la cultura griega en la tierra de Israel, y muchos judíos aceptaron gratamente sus exigencias, abandonando su fe judía y adoptando los cultos griegos. La mayoría de los judíos se \'helenizó\', es decir, renegó de todos los principios del judaísmo. Para ser aceptados por los griegos, los judíos tenían que practicar la idolatría, comer cerdo, violar el Shabat, y hacer deportes desnudos. Aquellos que permanecieron fieles a los preceptos del judaísmo fueron perseguidos sin misericordia por los propios judíos helenizados. ¡Muchos rabinos y otras figuras religiosas fueron cruelmente asesinados, y frecuentemente por judíos helenizados!

Viendo esta triste situación, un pequeño grupo de líderes religiosos organizó una rebelión. A su cabeza iba Yehudá Ha Maccabí y es por ello que los historiadores les dieron posteriormente el nombre de "Macabeos". Pelearon contra los griegos, cuyos ejércitos eran entre seis y diez veces más grandes que las fuerzas judías y salieron milagrosamente victoriosos. Su armamento también era mucho mejor y más moderno que el de los judíos. Sin embargo, éstos triunfaron y lograron sacar a los griegos de casi toda la Tierra Santa.

Los Macabeos exigieron la restitución del Templo Sagrado de Jerusalén, que aún estaba en pie en esa época. En un 25 de KIslev de 165 antes de la Era Común, los judíos volvieron a entrar al Templo después de tres años de ausencia y reestablecieron inmediatamente el servicio religioso. Pero, para su pesar, no pudieron encender la Menorá (candelabro) que había en el Templo, quedando impedidos de realizar, así, el servicio completo. Esto se debió a que no había aceite kasher -apto- para prender la Menorá. Al buscar en el Templo, encontraron una pequeña jarra que había sido milagrosamente conservada. Esta sólo contenía suficiente aceite como para arder un día y, sin embargo, el aceite ardió milagrosamente ocho días. Durante esos ocho días, los judíos fabricaron más aceite kasher que utilizarían una vez que se terminara el de la jarra.

En otras palabras, podemos decir que para Janucá celebramos dos milagros: la victoria militar sobre los griegos y el hecho de que el aceite de la pequeña jarra haya durado ocho días ardiendo en el Templo. A primera vista, parecería sin duda que el mayor milagro fue la victoria militar. Sin embargo, en las celebraciones judías, para Janucá, nos centramos en el milagro del aceite. Encendemos velas (o mechas) en nuestros hogares durante ocho noches para conmemorar el milagro del aceite, cantamos canciones alegres y tenemos una comida de fiesta. Mencionamos ciertamente la victoria militar en nuestras oraciones diarias y en el Birkat Hamazón (bendiciones recitadas después de las comidas), pero damos mayor importancia al milagro del aceite.

Nos preguntamos obviamente, entonces, ¿a qué se debe esto? ¿Cómo puede ser más importante una pequeña Jarra de aceite que una gran victoria militar? ¿Qué moraleja podemos sacar de ello?

El gran Maharal de Praga responde a estos interrogantes con una explicación excelente:
Cuando leemos acerca de las victorias de los Macabeos sobre los sirios-griegos nos maravillamos de su fe en D\'s y de su coraje frente a tan grande desventaja numérica. Un grupo de judíos devotos derrotó a una de las superpotencias de la época. Todos podemos sentirnos maravillados. Incluso en los tiempos modernos hemos visto poderosos ejércitos de mercenarios apáticos derrotados por grupos de rebeldes que luchan por sus propios hogares y para defender la dignidad de sus esposas e hijos. Si las guerrillas pueden vencer inmensos ejércitos equipados con armamento del siglo XX, ¿por qué entonces no podría una antigua fuerza judía contra jinetes sirios que llevaban lanzas? El triunfo fue sin duda grandioso, pero ¿fue acaso un milagro? Yehudá, el Macabeo, quien sucedió a su padre, Matityahu como líder de la rebelión, era un experto en tácticas. ¿No podríamos entonces atribuir la victoria a sus tácticas y al valor de sus hombres?

Los Sabios de la época se hicieron las mismas preguntas. La tradición judía no acostumbra a proclamar días festivos a la ligera; las comunidades e individuos tienen el derecho y obligación de agradecer a D\'s y celebrar su salvación del peligro o muerte, pero sólo la Biblia, una profecía o algún mensaje divino nos puede prescribir que un día sea considerado sagrado.

En esa época los Sabios se regocijaban de la liberación y purificación del Templo, pero dudaban de si había realmente sido un acontecimiento milagroso. Pero luego D\'s realizó un milagro inconfundible para probar que todo el proceso había acontecido gracias a Su intervención. Se encontró una sola jarra de aceite puro que aún llevaba intacto el sello del Cohén Gadol (el Gran sacerdote que realizaba el servicio en nuestro Templo Sagrado de Jerusalén).

¿Cómo pudo ser que los sirios-griegos no lo contaminaran? ¿Por qué tenía el sello del Cohén Gadol si no era costumbre en el Templo que éste sellara o incluso revisara las jarras de aceite? Extraño. Extraordinario. Pero no necesariamente un milagro. Luego encendieron el aceite y éste ardió y ardió. Ardió durante ocho días mientras se preparaba y traía aceite fresco.

Esto fue incontrastablemente un milagro.

Para los Sabios judíos, hombres con gran percepción y mente refinada, el esplendor de la Menorá fue la respuesta divina a sus interrogantes. Habían acontecido milagros. No sólo durante los ocho días sino en los tres años en los que el viejo Matityahu y sus hijos, fuertes y leales, pelearon y derrotaron a los mejores generales y a los atemorizadores ejércitos que el Rey Antíoco podía enviarles. Es cierto que el fuerte brazo derecho del hombre podría haber ganado victorias similares, pero esta guerra fue ganada por el Guerrero Supremo.

Las velas de Janucá como símbolo de la Tora

Sin embargo, lo historia del aceite no sólo nos revela que aconteció un milagro sino también por qué Israel lo merecía. Como dijimos anteriormente, el milagro del aceite ocurrió por medio de la Menorá. La Menorá era uno de los símbolos más importantes del judaísmo; representaba la luz de la Tora. Al realizar el milagro a través de la Menorá, D\'s mostró que nos redimía para que pudiésemos estudiar Su Tora y no simplemente para que constituyéramos una nación soberana e independiente. Esto nos indica que nuestra independencia nacional sólo es un medio, no una finalidad en sí. Es un medio para estudiar Tora en paz, sin interferencia ajena ni opresión. La independencia, sin estudio de la Tora, no puede considerarse como valiosa.

Veamos más detalladamente este concepto. Existía en el Templo otro símbolo de la Tora: aparte de la Menorá, el Arca que contenía las dos Tablas de piedra que Moshé recibió de D\'s en el Monte Sinaí. Por lo tanto, nos hacemos obviamente la siguiente pregunta: ¿Por qué era necesario tener dos símbolos de Tora en nuestro Templo Sagrado? ¿No bastaba con uno solo?

Para responder a estas preguntas, debemos primero comprender que nuestro Tora se divide en dos partes: La Ley Escrita y la Ley Oral (comprende la Mishná y la Guemará, ambas conforman el Talmud). La Ley Escrita se conoce como "Ta\'Naj" e incluye el "Jumash" (los cinco libros de Moisés o Pentateuco), "Neviim" (los libros de los profetas como Isaías, Ezequiel, etc.) y "Ketuvim" (escritos de inspiración divina como los Salmos y Proverbios). Esta Ley fue entregada a los judíos en forma escrita y ha permanecido intacta hasta nuestros días. La Ley Oral, por otra parte, fue originalmente dada a los judíos en forma oral y sólo fue transcrita cuando se temió que fuese olvidada.

Es por eso que había dos símbolos de Tora en nuestro Templo Sagrado de Jerusalén. El Arca con sus dos tablas de piedra simboliza la Ley escrita y la Menorá, la Ley Oral. Vemos entonces que el milagro del aceite tenía como finalidad enseñarnos la importancia que tiene el estudio de la Ley Oral, porque es para ello que fuimos redimidos. No basta con que el pueblo judío sea una nación independiente y poderosa; debemos participar activamente en el estudio de nuestra Ley Oral. Esta es la lección que nos enseña la fiesta de Janucá.

Pero muchos de nosotros no hubiéramos soñado nunca con poder estudiar la Mishná y la Guemará (Ley Oral). Muchos judíos creen que el sublime placer de estudiar el Talmud era reservado para nuestros antepasados, más consagrados y espiritualmente más avanzados que nosotros. ¡Están equivocados! Todo judío puede estudiar Talmud, incluso los principiantes. Las ideas contenidas en lo Guemará son las más profundas de todo el judaísmo, y todos pueden tener acceso a ellas tomando clases de Talmud.

Este es, quizás, el verdadero mensaje de Janucá. Cuando todo parece sombrío y muchos de los conceptos de la Tora han sido olvidados, podemos “volver a encender esa luz con una pequeña chispa de pureza". Nunca es tarde para comenzar a estudiar Talmud. Sólo debemos saber aprovechar la oportunidad de hacerlo.

Concluimos esta explicación con una cita de un gran autor, de renombre mundial, Hermán Wouk.


¿POR QUE TALMUD?
Porque ahora tengo el Talmud en la sangre. Su álgebra ética elegante y misteriosa, su carácter judío más recóndito, su capacidad de entretener, su dificultad, su virtud acumulativa (\'aprendí un \'blatt\' hoy, he aprendido cuarenta \'blatt\' este año"), todo esto compensa el tiempo que se requiere para estudiarlo.

Pero me encanta. Eso basta como razón. Mi padre me dijo una vez: "Si sólo me quedasen fuerzas para expresar mi última y única palabra te diría, estudia el Talmud". Recién comienzo a entenderlo. Diría lo mismo a mis propios hijos. Por sobre todos sus otros valores intelectuales y culturales el Talmud es, para gente como nosotros, "identidad", pura y siempre naciente.
Hermán Wouk, diario no publicado
16 de enero de 1972