Rav Yosef Bitton
Tora y Halajá

La apertura del mar Rojo y del estrecho de Ormuz

La apertura del mar Rojo y del estrecho de Ormuz LA ARROGANCIA DEL FARAÓN No cambió nada. Los enemigos de Israel son absolutamente predecibles. Desde el faraón de Egipto hasta el actual gobierno de Irán, pasando por Hezbollah, Hamás y los hutíes, el
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La apertura del mar Rojo y del estrecho de Ormuz

LA ARROGANCIA DEL FARAÓN

No cambió nada. Los enemigos de Israel son absolutamente predecibles.

Desde el faraón de Egipto hasta el actual gobierno de Irán, pasando por Hezbollah, Hamás y los hutíes, el patrón es el mismo: hay una característica de conducta arrogante y autodestructiva común a todos nuestros enemigos, que es parte humana y parte “divina”. Respecto a este segundo aspecto, la Torá afirma que el Todopoderoso interviene en el corazón de nuestros enemigos, agranda su “ego”, los hace sentirse invencibles en sus corazones… y los empuja a cometer errores fatales.

 

Comencemos con el faraón.

Hoy a la noche celebraremos el séptimo día de Pésaj. Ya no recordamos la noche de la salida de Egipto, sino el momento culminante de nuestra libertad: después de unos seis días de travesía, los judíos son perseguidos por el faraón y quedan atrapados en un callejón sin salida. A sus espaldas tienen al poderoso ejército egipcio, listo para exterminarlos. Frente a ellos, el mar. No hay escapatoria. Y entonces sucede el milagro más extraordinario: el mar se abre, los judíos cruzan hacia el otro lado, y los egipcios, que intentan alcanzarlos, se hunden cuando el mar se cierra sobre ellos.

 

LA AUTODESTRUCCIÓN

Quiero detenerme en un par de puntos que reconozco que nunca antes había analizado en profundidad. Lo noto ahora porque, de manera sorprendente, estamos viviendo en el presente eventos similares.

Primero, es precisamente gracias a que Egipto decidió perseguir a los hijos de Israel que ocurrió ese milagro extraordinario. Si el faraón no hubiera cambiado de opinión, si no hubiera decidido salir tras ellos, el pueblo judío probablemente habría sido guiado por una ruta más convencional. Y no habríamos presenciado —ni recordado— uno de los milagros más grandes de la historia: la partición del mar.

Segundo, y aún más inquietante: el faraón no se rinde. No quiere (o no puede) rendirse. A pesar de haber sido derrotado en todos los frentes, a pesar de estar en ruinas, insiste. El monarca egipcio ya había sido derrotado de forma aplastante. Egipto estaba en bancarrota. Tras las diez plagas, su economía estaba destruida, su sociedad quebrada y su poder interno seriamente debilitado.

El ejército egipcio también había sido diezmado: la muerte de sus primogénitos, la pérdida de animales y la destrucción de sus infraestructuras básicas habían dejado al imperio prácticamente sin capacidad operativa. Y todo por rehusarse a rendirse ante el poder del Creador.

Al monarca egipcio le quedaba, esencialmente, una última fuerza de poder: su unidad de élite, una especie de “guardia imperial” o “guardia revolucionaria”. 600 carrozas de guerra —metálicas, a diferencia de las comunes de madera—, tiradas por caballos seleccionados, con al menos tres soldados en cada una: un conductor y dos arqueros especializados.

 Estos carruajes eran, en ese momento, el equivalente a los tanques más avanzados en el campo de batalla. Era la fuerza que convertía a Egipto en una potencia militar dominante e invencible.

Pero ahora, el faraón toma la terrible decisión de perseguir a los judíos hasta el mar con su fuerza de élite… y allí la pierde por completo. Ahora Egipto queda absolutamente debilitado y expuesto a los enemigos que siempre quisieron conquistarlo, pero nunca pudieron.

El historiador y egiptólogo David Rohl sostiene que, después de las diez plagas, Egipto quedó completamente devastado: su economía colapsó, su estructura social se desintegró y su ejército dejó de funcionar. En su opinión, este debilitamiento permitió que un grupo de invasores —los hicsos— invadieran Egipto, vencieran al debilitado ejército y tomaran el control de Egipto durante aproximadamente dos siglos.

 

LA “BIBLIA” TANAJ VERSIÓN 2026

Hoy estamos viendo un escenario que recuerda poderosamente al Egipto bíblico. El portavoz de la nueva coalición militar que domina el Medio Oriente —Estados Unidos e Israel—, el presidente norteamericano Donald J. Trump, ha advertido repetidamente en los últimos días al régimen iraní: “Ríndanse, o Irán será llevado de regreso a la Edad de Piedra.”

El mensaje es directo, y el plazo es inmediato: vence esa misma noche, a las 8 pm de Nueva York (increíblemente, justo cuando comenzamos la celebración del séptimo día de Pésaj).

El dominio que Estados Unidos e Israel han demostrado hasta ahora es abrumador. Irán no tiene defensa: su pérdida del espacio aéreo es total; su capacidad operativa está seriamente comprometida, sus infraestructuras estratégicas están destruidas o completamente expuestas, y sus sistemas defensivos no logran responder eficazmente. Como lo expresó claramente el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en uno de sus últimos discursos, Irán ya ha sufrido “las diez plagas”.

La lógica indicaría que Irán debería rendirse. Lo más razonable sería decir: “Entendimos el mensaje. Nos rendimos. Aceptamos los términos de manera incondicional.”

 

ARROGANCIA SIN LIMITES

¡Pero no! Esto NO VA A PASAR. Al mejor estilo del faraón… Irán no se rinde ni se rendirá. Está dispuesto a continuar hasta el final —aunque eso signifique ver su propio Estado colapsar—, tal como ocurrió con Egipto.

Aquí es donde el paralelismo se vuelve inquietante, porque cuando un liderazgo entra en esa lógica —una mezcla de orgullo, negación y sensación de invencibilidad— deja de actuar racionalmente y comienza a comportarse de manera autodestructiva.

Y es precisamente ese escenario errático el que podría abrir la puerta a un cambio interno.

 Una nueva estructura de poder dentro de Irán podría emerger; un gobierno alternativo —“hicso”, por así decirlo— que reemplace al presente, impulsado quizá por grupos internos, como los kurdos u otras minorías, que podrían jugar un rol decisivo en ese proceso.

Muy pronto, quizás veamos una vez más cómo la historia se repite: que, con la ayuda de Dios, el mar se abra nuevamente para Israel y avance hacia la victoria, mientras sus enemigos se hunden en el océano de su propia arrogancia.

 

Rab Yosef Bitton

 



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